El caso de Ricardo Barreda, el odontólogo que en 1992 asesinó a su esposa, a sus dos hijas y a su suegra en La Plata, es uno de los fenómenos más oscuros y llamativos de la cultura popular argentina. El contraste entre la atrocidad y la respuesta mediática que recibió es digno de estudio social y criminológico.
Los mecanismos que explican por qué un cuádruple femicida llegó a ser objeto de humor y mitificación popular tienen también que ver con la imagen que él mismo (y su hábil defensa) construyeron: se expuso el crimen como un relato de víctima de humillaciones domésticas. Barreda y sus abogados alegaron que las mujeres de su familia lo maltrataban y que por eso el pobre señor, un día, explotó.
En la década de 1990, por otra parte, la figura de femicidio no existía ni legal ni socialmente y los crímenes de género se llamaban “tragedia familiar” o “crimen pasional”, lo que atenuaba su gravedad y permitía hasta cierta empatía con el agresor.
El caso Barreda transformó a un asesino en ídolo popular, que durante años motivó pintadas, canciones y chistes que lo elevaban a un estatus de justiciero por mano propia (“San Barreda”), al tiempo que se deshumanizaba por completo a las cuatro víctimas para sostener la narrativa del “pobre hombre arrinconado”.
La película Barreda, filmada en Montevideo, está dirigida por Daniela Goggi (Abzurdah, El hilo rojo) y protagonizada por Luis Machín (Barreda), Mercedes Morán (Elena, suegra), Carla Peterson (Gladys, esposa), Maite Lanata (Cecilia, hija), Margarita Páez (Adriana, hija), Alberto Ajaka (fiscal), Marcelo Subiotto (abogado defensor) y la participación de los uruguayos Ornella Cattáneo, Cecilia Sánchez, Christian Font, Ernesto Liotti y Gustaf, más Luciano Supervielle en la música.
Hay un prolijo y pormenorizado relato de los hechos previos y de aquella fatídica mañana, pero sobre todo de la construcción de un falso relato de maltrato hacia él, de la influencia de los medios y de cómo esa imagen de “abusado” de Barreda se infiltró en el inconsciente colectivo.
La historia refleja la enorme cobertura periodística de la época y cómo, con los años y el avance del movimiento feminista, la irrupción de la prensa con perspectiva de género impulsó un giro radical en la percepción del caso: sacó a la luz la crueldad metódica del ataque –con premeditación, ejecución a sangre fría, coartadas y ocultamiento de pruebas–, lo que destruyó la fachada del “hombre común agotado y desbordado” para revelar a un femicida masivo.
La película utiliza herramientas como flashbacks entre los hechos y el momento del juicio para mostrar la verdadera cara de Barreda, lejos de las habituales romantizaciones que se le dieron a su figura, y es mostrado como un hombre apático, violento, manipulador y que instalaba el miedo de formas silenciosas. Luis Machín nunca falla y logra transmitir una sensación de incomodidad constante, un perfecto péndulo entre lo desagradable y lo violento.
La historia avanza sin impactar demasiado, pero firme; muchas veces la violencia no es explícita, pero familias funcionales terminan siendo grandes recintos de atrocidades. Aparecen la decadencia familiar y un entramado de relaciones asfixiadas por la costumbre, el maltrato, las microviolencias, el desprecio y el resentimiento mutuo. El femicidio no es un acto impulsivo ni un “brote aislado”, sino el eslabón final de un proceso gradual, y esa construcción del agresor es lo que Barreda sabe transmitir a la perfección. El mito del “hombre bueno que un día explotó” en el caso Barreda fue una construcción narrativa para tapar este proceso gradual. Ricardo Barreda no cometió una masacre en un ataque de furia; planificó la desaparición total de su familia.
Esta es una película a la que hay que darle su tiempo, esperarla; no es explosiva ni morbosa, aun tratándose de uno de los casos policiales más impactantes de la historia argentina. Tiene una recreación de época y una fotografía impecables, y expone la evolución cultural de la percepción de la violencia de género. Así, deja en claro la peligrosa facilidad con la que una sociedad pudo romantizar a un monstruo.
Barreda. 105 minutos. En Amazon Prime.
