la diaria Arte

Juliana Ruiz y Federico Ruiz.

Foto: Rodrigo Viera Amaral

La inteligencia de las flores: padre e hija montan una muestra que desafía las ideas convencionales de fotografía

En Luceros de abril, Federico y Juliana Ruiz recuperan una vieja técnica y ofrecen una exposición mutante.

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Lucero de los abriles, la muestra fotográfica de Federico Ruiz que puede verse en el Centro Cultural de España (CCE), invoca el concepto de jardín multidimensional para confirmar la idea de Bi-Won o “jardín secreto”, propuesta por el filósofo surcoreano Byung-Chul Han: el jardín como espacio de resistencia frente a la hiperproducción, la prisa y la tiranía del mundo digital. A través de la fusión entre fotografía digital y procesos fotográficos alternativos, la exposición resiste la velocidad de la producción sin cuerpo ni materia, al tiempo que propone una mirada ecológica mediante obras impresas con materiales sustentables.

Por otro lado –y quizás sea este el aspecto más sugerente de la propuesta–, la muestra desafía esa misma tiranía digital en el terreno de las relaciones humanas. Lucero de los abriles es el relato del acercamiento entre un padre y su hija de 8 años dentro de un espacio doméstico que se despliega continuamente entre el jardín y la cocina.

“En Lucero de los abriles”, explica el fotógrafo y arquitecto Federico Ruiz, “el jardín fue primero el ámbito en el que entoné, casi intuitivamente, las primeras estrofas de la canción de cuna para Juli. Con el tiempo, además de ser un espacio de encuentro compartido, se fue transformando en un territorio para el juego y la exploración. Que hayamos convertido ese mismo jardín en laboratorio lo entiendo como una continuidad natural de ese andar. Entiendo que ahí también emergen búsquedas y anhelos de cómo vivir la paternidad”.

Ingresar a la sala del subsuelo del CCE evoca de inmediato la noción del ambiente hogareño que articula John Berger en sus escritos sobre la experiencia artística cotidiana: esa atención plena a lo doméstico donde el espacio cotidiano se transforma en terreno de cultivo para la creación. Tal como los pintores del siglo XVII se dedicaban al registro sereno de objetos y rincones hogareños, Federico Ruiz invita a su hija no solo a habitar ese entorno, sino a convertirse en cómplice de sus investigaciones fotográficas y en coautora de la muestra.

Juliana Ruiz, con su voz dulce y firme de niña, me cuenta que lo que más le gusta es revelar usando utensilios de la cocina de la casa paterna, como, por ejemplo, la asadera de su bisabuelo. Está orgullosa de lo que exponen en la sala, ya que los cuadros están dispuestos de forma que sus amigos puedan verlos, es decir, a la altura de las infancias. Es también, por esto, una propuesta inclusiva para personas que visitan la sala en silla de ruedas.

Técnica recuperada

En el centro de la sala pueden verse frascos de vidrio con pigmentos extraídos del jardín y con condimentos de la cocina de Ruiz, mientras que en las paredes lucen fotografías de flores, plantas y pájaros. Fueron realizadas siguiendo un proceso de varias etapas que se aleja completamente del ritmo actual del mundo de las imágenes.

Foto: Rodrigo Viera Amaral

Se trata de fotografías digitales realizadas por el papá arquitecto, impresas utilizando la técnica de antotipia, inventada en torno a 1840 por el inglés Herschel, escaneadas “en un escáner de alta resolución y con un proceso integral empleado habitualmente para la reproducción de obras de fine art”, explica Ruiz, quien también señala que las ampliaciones buscan exacerbar las características de esas piezas: “En el proceso aparecieron y se magnificaron cosas que nos encantan: por ejemplo, nuestras propias huellas dactilares sobre las obras, que en los originales prácticamente no percibíamos”.

La elección de la antotipia para narrar la experiencia entre una niña y su padre tiene la exquisitez y la conciencia de ese tiempo único y maravilloso que toda madre o padre sabe que va a terminar. La noción de lo efímero de la vida se materializa en las obras, ya que las impresiones originales que se exponen cambian de color debido a la técnica misma, que sigue respondiendo a la exposición lumínica. Por eso, a medida que pasan los días, la exposición va mutando, porque las imágenes van cambiando de tonos.

El término antotipia viene del griego anthos: flor. Es una técnica que, gracias a la sensibilidad a los rayos del sol que contienen los jugos vegetales, hace posible la impresión de negativos sobre papeles fotográficos. Al escuchar a Juliana contar su experiencia, se comprende por qué su padre decidió esa técnica para la obra: ella misma es una flor.

“Lo que más me gusta de la fotografía es el revelado, con cosas que hay en la cocina y en el exterior, como la bandeja de mi bisabuelo; no usamos cosas simples ni normales, como hojas amarillas”, dice la niña.

Desde hace poco más de una década, las técnicas fotográficas alternativas florecen luego de casi un siglo de aquello que se podría considerar la hegemonía de las sales de plata. A diferencia de las llamadas técnicas alternativas o no argénticas del siglo XIX (como la cianotipia, la antotipia y la clorotipia), los procesos a base de sales de plata ofrecían una sensibilidad y una durabilidad enormemente superiores. Por esta razón, la industria fotográfica desplazó paulatinamente a las primeras para enfocarse en el desarrollo de la gelatina de plata de alta definición.

El crecimiento de la fotografía digital volvió a cambiarlo todo. Cayó el mercado del blanco y negro, dominado por empresas como Ilford y Agfa, y se volvió cada vez más difícil conseguir insumos. Toda una camada de creadores fotográficos amantes del laboratorio y de la impresión manual comenzó a investigar y así desempolvar aquellas técnicas lentas, que requieren procesos de observación, manualidad y toma de riesgos, porque es posible que no salga nada, a pesar del gran trabajo para preparar cada obra. Nació así una nueva forma de fotografía que fusiona la tecnología digital con las técnicas manuales y experimentales.

Homo digitalis, homo habilis

Lucero de los abriles es un precioso ejemplo de todo lo que nos permiten estas técnicas. El jardín fotográfico que cultiva resiste a la homogeneización de las cámaras de los teléfonos, que transmite la idea de que todos vemos igual. Aquí resuena otra vez el pensamiento de Byung-Chul Han, quien nos define como homo digitalis: seres víctimas de la homogeneización digital. Federico y Juliana, con sus 8 años y su dulzura, nos brindan un salvavidas que se puede encontrar en un jardín y en una cocina.

Foto: Rodrigo Viera Amaral

Ruiz Santesteban, cabe recordar, es un referente de la fotografía experimental. “Varias de las obras que forman parte de la muestra están en constante transformación. Las características de los materiales fotosensibles que utilizamos hacen que tanto los originales expuestos como la instalación audiovisual cambien como consecuencia de la luz de sala y de la propia proyección, que transforma de manera gradual los papeles fotosensibles que funcionan como soporte. Por eso sentimos que la muestra está viva y que es un poco diferente cada vez que la visitamos. Incluso es posible que algunas de las piezas se hayan desvanecido casi por completo al término de la exposición”, explica.

La sala está poblada por fotografías en pared, poemas y la proyección de un video con imágenes del jardín sobre pequeñas antotipias. En el centro de la muestra se instala el laboratorio fotográfico con tintas elaboradas a partir de plantas del jardín y una asadera de cocina que se transforma en bandeja de revelado. Este espacio también es escenario de activaciones abiertas al público en las que se comparten sesiones de revelado junto a quienes visitan la exposición, transformando la sala en un lugar de producción, intercambio y encuentro.

Lucero de los abriles. En el Centro Cultural de España (Rincón 629), de lunes a viernes de 11.00 a 19.00 y sábados de 11.00 a 17.00. Hasta el 3 de octubre.

Próxima activación abierta: sábado a las 11.30.

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