En Mi país imaginario(2022), última película de Patricio Guzmán, el director entrevista a una mujer que participa en el estallido social chileno de 2019. Ella muestra los implementos que usa para protegerse del gas: una máscara y unos lentes de nieve reflectores. Entre los registros de los momentos de represión, los tanques y los policías dominan la imagen. Guzmán se detiene en el rostro de la mujer. De pronto, le pregunta por unas flores grandes que lleva en la cabeza; quiere saber si se las pone siempre que sale a luchar. Descolocada, responde que sí, que no sabe bien por qué, pero que la identifican. En medio de un enfrentamiento donde todo parece estar relacionado con las consecuencias del abuso de poder, Guzmán se detiene en un elemento que no tiene una función evidente. Sin embargo, las flores son fundamentales.
Esta atención a la belleza dentro del conflicto político, la desviación hacia el gesto amoroso en medio de una entrevista y la llana parsimonia de su voz al narrar son apenas una parte de lo que se lleva el fallecimiento de Guzmán, junto al brillo de un cubo de cuarzo con secretos, la infinita cordillera de los Andes o la heroica hazaña del pueblo chileno contra la represión militar.
Nacido en Santiago, formado en la Universidad de Chile y en la Escuela Oficial de Cinematografía de Madrid, Guzmán construyó, a través del documental, una cartografía que convirtió la historia de su país, las formas de su territorio y a sus desaparecidos en un enorme objeto de estudio al que nunca abandonó. Dedicó toda su vida a mostrar la realidad política inmediata, y cada proceso de filmación fue una investigación sobre los dispositivos que sería necesario crear para denunciar las formas de la colonización.
Así, en La batalla de Chile dirigió la crónica más vasta sobre un proceso dictatorial en nuestro continente. Montó en tres partes, que culminaron en 1979, un mapeo del proceso político presidido por la Unidad Popular, el ascenso del poder militar hacia la dictadura y su ejecución. Décadas más tarde, en la trilogía cosmológica, integrada por Nostalgia de la luz (2010), El botón de nácar (2015) y La cordillera de los sueños (2019), reveló los secretos del territorio para mostrar que la injusticia en la tierra viene de las profundidades del mar y de lo alto del cielo.
Con un lenguaje intrínsecamente ligado a la denuncia, como él mismo definió, el documental de Guzmán hizo mucho más que registrar una parte de la historia de Chile: compartió su pensamiento a lo largo de los años sobre acontecimientos que nunca dejaron de ser su presente, esto es, la llegada de Salvador Allende al gobierno y el posterior golpe de Estado.
La derrota y la esperanza son las emociones que alimentan la fuerza narrativa del Patricio Guzmán que conocemos, del que nos habla en las películas. Desde el que se dispone a hilar los hechos en La batalla de Chile para ponernos en contexto hasta el que termina asegurando que “el agua es un órgano mediador entre las estrellas y nosotros” en El botón de nácar.
Su cine nació de una urgencia política y su desarrollo terminó ampliando su campo de observación hasta incluir aquello que parece estar muy lejos de la política: el agua, las estrellas, los paisajes, la propia fuerza de la naturaleza. El territorio guarda lo que la historia quiere borrar. El desierto, el agua, las montañas, los glaciares: cada elemento puede convertirse en una forma de archivo. Así, la naturaleza pasa a ser una fuente de evidencia. Mientras un telescopio obtiene las imágenes de las estrellas desde Atacama, unas mujeres reclaman que ojalá pudieran atravesar la tierra, como lo hace el telescopio con el cielo, para encontrar los huesos de sus familiares detenidos desaparecidos, asesinados y tirados al desierto. Hay vida y temporalidad en lo que hacemos y esto queda en los objetos que nos rodean. Somos evidencia revelada por algún accidente.
Escritor, docente, fundador de instituciones como el Festival Internacional de Documentales de Santiago, atravesado por el exilio, Guzmán nunca abandonó Chile. Retrató la valentía de su país desde dentro, colocó en las pantallas del mundo los rostros, en primer plano, de sus compatriotas que defendían en la calle a la Unidad Popular en las últimas elecciones de Allende mientras tomaban un helado, y también puso los rostros de sus adversarios que expresaban su asco a los “marxistas”. Entendió que la dialéctica era fundamental para contar la historia que nadie cuenta.
Por eso, mientras su voz recuerda los comienzos de la dictadura sobre un material de archivo de la asunción de Allende, en la siguiente imagen revienta una supernova sobre la galaxia. Guzmán dejó claro que nuestro dolor es material del que estamos hechos y viene de la tierra, de la arena, del agua y de las estrellas. Nuestra composición y la de nuestra memoria habitan en nuestra piel y también en las grietas de los glaciares en la Patagonia.
Además, luchó incansablemente por el lugar del cine documental. Revolvió archivos en todo el mundo buscando las imágenes de su país, dejó como titular que “un país sin cine documental es una familia sin fotografía” y entusiasmó a todos los documentalistas a asociarse, no como una forma de producción, sino de supervivencia.
La obra que lo ha acompañado toda la vida y que ahora sucede a su muerte nos deja esperanza. Libertad para fundir nuestras historias con los recuerdos, con la poesía del sonido del mar y contar nuestro territorio, fundado en las más crueles prácticas de dominación. Aquí han matado, desaparecido, exterminado; sin embargo, seguimos apareciendo en pequeños vestigios. La cordillera guarda lo que no pudieron matar y también perpetúa el silencio de una época de horror político que dejó derrumbada a toda una generación. Contra todo, el cine de Guzmán nos invita a nunca dejar de intentarlo, a ponernos los elementos necesarios para la lucha, sin nunca olvidarnos de incluir las flores, porque no hay nada más bello que luchar por quiénes somos.