Para El enojo del gusto, el sexto disco de su carrera solista, Mónica Navarro no solo grabó ocho nuevas canciones “como respuesta a una forma de violencia que anula e invalida toda expresión vital que no se le somete”. Se retrató con un hacha en sus manos para la portada y, además, junto con la cineasta Andrea Treszczan –con quien ya había trabajado en el corto Adiós a mi teta– ideó una pieza audiovisual para cada tema y les puso el cuerpo a los capítulos de “una experiencia escénica donde la música dialoga con lo teatral y lo poético, en un recorrido que pone en tensión sensibilidad y crítica”.
La obra conceptual, de discurso crítico y estética de marca registrada, transcurre en escenarios fabriles y en una Montevideo algo lúgubre que podría recordar los paisajes y los climas de El astillero, de Juan Carlos Onetti. “Cuando el asma de una ausencia se hace cuerpo / nacen hijos de recuerdos”, canta la protagonista en “Mi casa”, y termina su recorrido con “Juana Azurduy”, vestida en homenaje a la líder militar andina y acompañada de un ejército femenino pronto para el combate.
Un martes de mañana, la cantautora, actriz y comunicadora nos recibe en su casa del centro. Prepara un té detox con pimienta y decide si incluir a sus tres perros en la escena. Prueba con una de sus mascotas de apariencia inofensiva y les vuelve a pedir paciencia. En su living-estudio, con herramientas de coach vocal e instrumentos musicales de lo más variados, una repisa sostiene recuerdos de viajes, animales de lana en miniatura, fotos y cerámicas, y en una esquina llama la atención un antiguo contador de fichas de un taxímetro con una manivela de “libre”.
“Era del tío de mi padre, Alberto Mancione, un bandoneonista muy conocido en Argentina, que tenía una orquesta de tango muy tope de gama”, cuenta sobre el objeto de la casa que más la representa. "Como muchos otros músicos, laburaba de taxista. Cuando mi tío murió, mi viejo se quedó con el contadorcito del taxi, y cuando mi viejo murió, me lo traje yo para acá”.
¿Por qué te representa tanto?
El “libre” es un montón, y que mi tío también haya sido músico. Siempre está esa fantasía de que los músicos solo viven de la música. No es algo que sea para todos, y ya no lo era en aquella época. Por ejemplo, el mánager de mi tío era también el mánager de Aníbal Troilo. Y yo, que era re chica y escuchaba a Los Parchís, Camilo Sexto y Ángela Carrasco, escuchaba las conversaciones que tenían y pensaba: “¡Qué viejos de mierda!”. Porque se quejaban de lo costoso que era todo. Ahora me toca vivir lo mismo y digo: “¡Guau! ¡Qué cansancio, amigo! Y qué energía tenían aquellos músicos y hay que tener ahora”.
Por alguna razón los artistas persisten, incluso durante toda una vida, aunque haya días en los que seguramente piensen en dedicarse a otra cosa.
Bueno, yo estuve unos años así, sobre todo pospandemia. Me pasaron cosas físicas. Tuve covid y eso me desanudó una enfermedad autoinmune que se llama síndrome de Sjögren. Me costó mucho nivelar lo autoinmune. Ahora, por suerte, estoy nivelada, pero pasó mucho tiempo. Y estuve en un plan de mandar todo a cagar.
Realmente es mucha la energía y mucho el dinero que hay que gestar fuera de este trabajo para poder sostenerlo. No es una queja, es fáctico. Es algo que converso con pila de compañeras y compañeros. A veces, desde afuera parece todo rimbombante, hacés una nota en la prensa y te ven en el afiche en la calle, pero es nuestro laburo.
Yo reivindico los años. Hay momentos en que viene una persona y te dice: “¡Dale, Mónica, apurate que tenemos que salir ya con algo!”, así exaltada. Ya aprendí que no tiene sentido, y respondo: “Hablemos en un volumen tranquilo. No es una operación a corazón abierto”. Esas urgencias puestas en una teatralidad tan grande no solucionan nada. No lo quiero para mí y lo comparto con mis compañeras y compañeros de laburo. Señalo un círculo en el pecho y digo: “Esto se cuida”. Yo cuido mi cuerpo y también cuido tu cuerpo.
En medio de lo creativo y de todo lo que está buenísimo y de la belleza, también hay mucho cuerpo comido. Porque esos mismos cuerpos son los que están laburando ocho horas en otro lugar para ganar dinero y para, de pronto, tirarle unos mangos a otro que te vino a ayudar con lo que estás haciendo. Entonces, terminamos en una especie de redistribución de la inequidad.
En el teatro yo veo con mis compañeros y compañeras que hay cierto sosiego respecto del dinero, porque como nunca hubo tal vez nunca lo habrá. En cambio, en la música, como vemos que otros lograron cierto estatus, alguien puede pensar que también tiene esa chance. Y yo, que soy una vieja áspera, les digo a mis colegas más jóvenes: “No mientan más”. Si estás dando un curso de producción, no les digas a los otros que si te organizás tenés el éxito asegurado. Organizar tus posteos en Instagram. Por mi experiencia, que ya es dinosáurica, no todo es lineal y todo el tiempo están cambiando las reglas del juego. Aquello de “estoy en un sello y ahora me voy de gira” ya no te asegura nada.
¿En esa filosofía tuviste alguna maestra o maestro?
Sí, yo misma transitando y buscando herramientas para vivir mejor. Hace muchos años que hago terapia. Ahí encontré un espacio alucinante, pero creo que soy yo la que me curto. Eso no quiere decir que no haya un montón de gente que también me ayudó en distintos momentos de mi vida. En definitiva, todas las cosas que van dando vueltas terminan en uno.
El tema “Hormiga en fila (la escena)” podría decirse que habla un poco de esto. Lo que decís sobre salir de ese lugar.
Claro, lo difícil que es correrse a veces de la fila, ¿no? Hay momentos en los que yo tendría ganas de empujar a todos de la fila, en plan “¡salgamos de acá!”, y hay momentos en que meterte en la fila es hasta sano, porque fuera de la fila el dolor es mucho y los sopapos son unos cuantos. Entonces, hay que ir un poco entre lo uno y lo otro, me parece.
¿Cómo surge la canción “Pucarara”?
Estaba buscando alguna palabra que me resonara para esa canción y de repente apareció pucarara y me dije: “¿Qué es esto?”. Pucarara es una culebrita un poco más berreta que una víbora, que parece venenosa pero no lo es. Y para mí coordinó con un momento en el que empecé a ver personas en el área política muy parecidas a este bicho. Hay una leyenda que dice que las pucararas cantan porque les robaron las voces a otros.
¿Te fijaste en algún político en particular?
Ojalá fuese solamente uno, porque hay toda una camada. En estos tiempos los discursos se amplifican de otra manera. Antes era una amplificación puntual, ahora es mundial, porque el mundo es tu casa, es tu celular. “Lo que pasa en otro lado acá nunca va a pasar”, decíamos en Uruguay, y no entiendo por qué seguimos pensando que estamos aislados. Yo tengo una visión un poco punki. Me parece que la burbuja en la que vivíamos está rota. Lo que pasa es que, cuando algo se rompe, uno no se da cuenta rápido: te das cuenta mientras vivís la rotura. Uno hace terapia para rearmarse para vivir mejor, y para aprender que lo que no se soluciona se convierte en herencia.
¿Cuándo aparece la idea de ponerte a hacer un disco nuevo?
Nunca sé cuándo empiezan las cosas. Cuando estábamos haciendo Maldigo [2019], que fue un disco un poco trunco, porque apareció pero enseguida vino la pandemia, ya habían empezado a aparecer algunas cosas con Diego Varela, que fue mi cuate en estas canciones. Después empezamos a grabar y formalizamos un poco la cuestión. En un momento yo no estaba segura de volver a tocar en vivo y por ahí apareció Daniel Báez y me dijo: “Vamos a hacer algo”. Yo seguía recuperándome e intentando buscar soluciones para sentirme mejor. Las palabras de aliento de Daniel fueron fundamentales. Terminé presentando el proyecto al Fonam [Fondo Nacional de la Música] y con ese dinero sacamos el disco.
Por todos los equipos e instrumentos que tenés alrededor, supongo que parte del disco la compusiste acá.
Cuando empecé a hacer tango, dije: “En vez de alquilar una sala de ensayo, que es un goteo y la plata se te va, voy a comprar equipos en 12 cuotas y ensayamos acá”. Y fue la inversión que hice. Acá también doy clases y tomo mis clases online.
¿De qué tomás clases?
De guitarra, por ejemplo. Tengo una profesora chilena. Además, acá puedo tomar mate tranquila y criar a mis perros.
¿Cómo es el espectáculo que vas a presentar en el Solís?
Tiene que ver con todo esto que venimos hablando. Va a tener la dirección escénica de Andrea Treszczan. Pegué re buena onda con ella y un día le dije: “Si hiciste todos los videos, ahora hagamos el Solís”. Sin develar demasiado, mi idea, mi fantasía sería que los conciertos fueran lugares para hablar, que pueda cantar dos, tres canciones y alguien diga “quiero mandar a la concha de la madre a Fulano” y otro diga no sé qué y sigamos con otra canción.
El Solís nos permitió hacer una locura, y el espectáculo va a mezclar lo teatral y lo musical.
Quería preguntarte por Blíster, aquel programa de TV Ciudad del que fuiste una de las conductoras.
Tengo recontra buenos recuerdos de Blíster. Aparte de que tuvo varias temporadas y el formato fue cambiando, me divertí mucho. Cuando Gabriel Peveroni y Javier Hayrabedian me cayeron con la idea de que iba a ser como una serie, me encantó la propuesta. Después me quedé con las ganas de que hubiera más guionistas o de que escribiera alguien más, pero todo no se puede. Fue un programón. Hice una muy linda amistad con Max Capote [otro de los protagonistas]. Nos hicimos muy compinches, al punto de que tengo un vínculo de hermanos con él.
Recuerdo que a los músicos invitados a veces los dejabas desconcertados.
A todo el mundo le encantaba ir. Recuerdo una vez que Fede Julen pensó que era en serio que lo estaba retando. Yo me divertía como loca.
Antes te pregunté por tus maestros. Y la actitud punki, revolucionaria, ¿de dónde sale?
No sé si revolucionaria. Me gusta sostener una postura crítica, pero no crítica al pedo. Yo agradezco mucho los feminismos. Como diría Alejandra Wolff: “Ya le hice el trabajo al patriarcado, ya fui florero, boludo”. Todo eso ya lo hice. Que mis compañeras y compañeres jóvenes me hayan hecho ver otra cosa que yo pensaba que era culpa mía es increíble. Aquello de “soy inútil, no hago nada, nunca podré componer una canción, no sé si podré”. Y de golpe entendí que ese “no sé” no era algo mío, sino que era sistémico. Hay algo que funciona para silenciar. Todo eso se lo debo a mis compañeras y a mis compañeres. “Revolucionaria” es un montón, me parece.
Reivindico tener siempre una postura crítica, preguntar por qué. Eso también lo banco como profesora, ¿viste? Digo, por ejemplo: “Vamos a hacer tal ejercicio”. Y el otro por ahí no pregunta por qué. Yo me pregunto por qué canto, por qué escribo, por qué. Podría estarme dedicando a otra cosa. Se mueven tanto los parámetros de todo que ya no sabés... En algún momento lo que fue pensado como revolucionario se instaló en lugares de poder que terminaron enquistándose como cualquier otro tipo de poder. Entonces ahí es donde está bueno pensar qué hay más allá de lo ideológico y más allá del lugar en el que quieras situarte. El poder tiene un sistema de silenciar y pretende que estés siempre alineado.
Yo siempre pienso que el sistema de alienación más terrible y bello es el amor. Porque ya no va a ser lo mismo si mañana viene alguien y te dice: “Mónica es una hija de puta”. Ni te cuento si tu hijo es violador o mi hija es asesina o corrupta. Creo que pasa lo mismo con las ideas. Uno se enamora de las ideas, se enamora de personas que ejecutan las ideas y, de pronto, no siempre sigue ese mismo camino.
Ayer hablaba con un compañero músico que también está para hacer su show en setiembre y se sentía muy preocupado por las entradas. Le dije: “Tranquilo, amigo. Estamos viviendo el fin”. O sea, se termina una época de ideas: “Estás en el final, chabón”. Yo piro también en esa rosqueta. A veces me tengo que poner un poco de límite y me digo: “Dale, viví un poco más, salí al sol”.
Mónica Navarro. Miércoles 16 a las 20.30 en la sala Zavala Muniz del teatro Solís. Entradas a $ 800 en Tickantel.