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De Narcisos rotos y trampas de sentido

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Weber ya lo intuía hace más de un siglo, pero nosotros lo vivimos en carne propia: necesitamos que las cosas tengan sentido para funcionar, pero esos mismos sistemas de significado terminan volviéndose jaulas. Una paradoja que hoy –con las redes, la fragmentación digital, la crisis de todo lo que antes dábamos por sentado– nos pega de lleno.

La neurociencia ahora lo confirma con datos duros. Estamos hechos para buscar patrones, coherencia, sentido. Cuando encontramos marcos estables de significado funcionamos mejor: aprendemos más, vivimos más tiempo, nos recuperamos más rápido de las crisis. Weber ya sabía esto. Y sabía algo más complejo: que esos marcos que nos salvan también pueden aplastarnos.

El cerebro conservador y sus trampas

Nuestro cerebro no busca la verdad. Busca sobrevivir gastando la menor energía posible. Este diseño no es un error; es una adaptación evolutiva que nos permitió llegar hasta acá. Durante millones de años, nuestros ancestros enfrentaron un ambiente donde las amenazas eran inmediatas y los recursos escasos.

Un homínido que se detenía ante cada señal de peligro terminaba devorado; uno que reaccionaba rápido basándose en patrones reconocibles –ese movimiento entre los arbustos probablemente sea un depredador– sobrevivía para transmitir sus genes. La selección natural favoreció cerebros que priorizaran la velocidad sobre la precisión, la coherencia sobre la complejidad. Y especialmente, cerebros que pudieran aprender, es decir, reconocer patrones de peligro y recompensa y, por lo tanto, desconfiaran de lo extraño y se aferraran a lo reconocible.

En la sabana africana del Pleistoceno, estos atajos cognitivos eran adaptaciones brillantes que maximizaban las probabilidades de supervivencia con el mínimo gasto metabólico. El cerebro humano, que representa apenas el 2% de nuestra masa corporal, pero consume el 20% de nuestra energía, evolucionó bajo una presión selectiva brutal: economizar recursos cognitivos era literalmente una cuestión de vida o muerte.

Pero hoy, en nuestra sociedad compleja y saturada de información y desinformación, estos mismos atajos se volvieron vulnerabilidades que nos mantienen atrapados en sistemas de significado rígidos. El ambiente cambió radicalmente en los últimos 10.000 años –y explosivamente en los últimos 50–, pero nuestro cerebro sigue operando con el mismo sistema operativo adaptado para sobrevivir en la sabana. Las amenazas ya no son depredadores físicos, sino virus informativos; los recursos escasos ya no son calorías, sino atención. Y nuestros mecanismos de economía cognitiva, tan efectivos para esquivar leones, nos hacen vulnerables a narrativas simplistas que explotan esos atajos evolutivos. Esta economía cognitiva que heredamos del Pleistoceno tiene un nombre en la neurociencia contemporánea.

El psicólogo Daniel Kahneman lo explicó con claridad mediante los dos sistemas: el sistema rápido –opera de forma rápida, automática y eficiente y se activa en situaciones de alerta– y el sistema lento, ese que tenemos que activar cuando necesitamos (y podemos) pensar despacio porque es deliberativo y consume una gran cantidad de energía. ¿Cuál usamos más? El rápido, por supuesto. Nuestro cerebro es un conservador energético. El pensamiento crítico requiere del sistema lento, pero es caro. Entonces vamos por los atajos.

El panorama se complica. León Festinger demostró con la disonancia cognitiva que priorizamos ser coherentes antes que precisos: preferimos una mentira coherente a una verdad contradictoria. Nuestras mentes buscan la tranquilidad de la certeza antes que el caos de la incertidumbre. Además –y esto es clave– confundimos lo familiar con lo creíble. Robert Zajonc lo llamó “efecto de mera exposición”: cuanto más escuchamos algo, más creíble nos parece, aunque sea falso. Y acá está el problema fundamental: la verdad es un valor que no compite con las trampas del sentido. Cuando nuestro sistema rápido debe elegir entre una verdad incómoda y una mentira familiar, elegirá la mentira sin dudar. Por eso funcionan tan bien las noticias falsas y los dogmas repetidos hasta el cansancio.

Acá hay un problema más profundo, que tiene que ver con cómo entendemos el significado mismo. En Occidente tendemos a tratar el significado como si fuera un sustantivo: una cosa fija que se tiene o no se tiene, que es correcta o incorrecta. Si fuera el correcto, funcionaría perfectamente al conectarlo con otro adecuado.

Pero la evidencia científica muestra algo distinto: el significado no es una cosa que se posee, es un proceso activo de construcción que requiere esfuerzo constante. Todos somos capaces de construir significado en nuestras vidas, pero no existe un consenso acerca de cuál pueda ser. Y acá está el truco evolutivo que nos complica: construir y mantener sistemas de significado consume recursos cognitivos.

Entonces, nuestro cerebro busca atajos: prefiere adoptar sistemas prefabricados –políticos, religiosos, ideológicos– antes que hacer el trabajo incómodo de construir significado propio. Y una vez que adoptamos un sistema, nuestros sesgos cognitivos lo protegen ferozmente, porque desarmarlo y reconstruirlo por completo es metabólicamente costoso y psicológicamente doloroso.

Del cerebro individual a las estructuras sociales

Lo que Weber no podía saber, pero nosotros estamos pagando caro: el cerebro no sólo busca sentido por comodidad, lo necesita para funcionar. Sin marcos que organicen la experiencia, entra en cortocircuito. No podemos procesar el caos; necesitamos patrones, categorías, narrativas que lo conviertan en algo manejable. Entonces, cuando un sistema de legitimación se desmorona, no experimentamos liberación, sino pánico cognitivo. La mente busca desesperadamente otro marco que restaure el orden, aunque sea más rígido o más falso que el anterior.

Estos mecanismos cerebrales no andan sueltos por ahí. Se enganchan con las estructuras sociales que organizan el sentido colectivo. Weber identificó hace más de un siglo tres formas básicas en que las sociedades legitiman el poder y los marcos de sentido colectivo. Lo genial de Weber (y que nos debería preocupar) es que anticipó cómo estas estructuras pueden convertirse en las mismas jaulas, especialmente cuando se combinan con esos sesgos cognitivos.

Las tres patas del poder según Weber

Weber identificó tres tipos puros de autoridad. Tres maneras de organizar el sentido colectivo que, cuando funcionan, nos coordinan; cuando se rompen, nos fragmentan:

Autoridad racional-legal. Se basa en reglas formales, en procedimientos, en el derecho de quienes ejercen el poder bajo esas reglas. Es la confianza en las instituciones democráticas, en el método científico, en los procedimientos burocráticos que –cuando funcionan– nos permiten coordinar acciones complejas sin necesidad de conocernos personalmente.

Autoridad tradicional. Encuentra su legitimidad en lo sagrado de las tradiciones, en quienes ejercen el poder por designio de esa tradición. No hablamos sólo de monarquías; pensá en estructuras familiares, tradiciones académicas, organizaciones religiosas que derivan su autoridad de una continuidad histórica.

Autoridad carismática. Se sustenta en la devoción hacia el carácter extraordinario de una persona y hacia las normas que ella revela. Hoy los vemos por todos lados: líderes populistas, gurús tecnológicos, influencers, toda suerte de figuras que prometen transformaciones radicales basándose en su supuesta excepcionalidad.

Las trampas de sentido: cuando el significado nos aprisiona

Weber vio venir algo que hoy nos está matando. Cada tipo de legitimidad, cuando funciona bien, nos da marcos para coordinar la acción colectiva y construir sentido compartido. Pero cuando se vuelve incapaz de dialogar con otros marcos de sentido genera lo que Jonathan Ellerby llama trampas de sentido: sistemas de significado que nos aprisionan en vez de liberarnos, que excluyen en vez de incluir, por lo que logran lo opuesto de lo que se supone que un sistema de ese tipo debe hacer.

Las trampas de sentido operan así: la autoridad racional-legal deriva en un tecnocratismo que deshumaniza la experiencia y reduce todo a algoritmos. La autoridad tradicional se cristaliza en fundamentalismos que niegan cualquier posibilidad de cambio. La autoridad carismática degenera en cultos de personalidad que suspenden el pensamiento crítico. Lo que eran herramientas de cohesión social se transforman en mecanismos de exclusión y rigidez.

Cómo se perpetúan: el círculo vicioso

La perversidad del asunto radica en esto: las trampas de sentido no sólo emergen de los sistemas de legitimación, sino que activamente los protegen y perpetúan. Forma un circuito que se retroalimenta y profundiza el daño. Nuestro sistema rápido –ese mecanismo de ahorro energético– ya invirtió recursos cognitivos en construir y defender un sistema de significado. Abandonarlo o cuestionarlo significa activar el costoso sistema lento, enfrentar la disonancia cognitiva, renunciar a la familiaridad reconfortante de nuestras certezas. Como la novia de Joaquín Sabina, nos vamos a refugiar en las mentiras piadosas, aun teniendo que fabricarlas nosotros mismos o yendo a mendigarlas a las redes.

Los sistemas de legitimación se perpetúan incluso cuando perdieron toda correspondencia con la realidad: cambiarlos requiere un gasto energético que nuestro cerebro resiste con todas sus fuerzas. Las trampas de sentido funcionan como sistema inmunológico de las estructuras de legitimación, protegiéndolas de la crítica y la transformación.

Vale decir: una institución democrática que perdió representatividad se mantiene porque cuestionar la autoridad racional-legal implicaría enfrentar la incertidumbre sobre qué la reemplazaría. Una tradición familiar opresiva persiste porque romperla activaría la disonancia entre nuestra identidad heredada y nuestros valores actuales. Un líder carismático evidentemente incompetente retiene seguidores porque admitir el error significaría reconocer que fuimos engañados, y eso es algo que nuestro sistema rápido va a rechazar para proteger nuestra autoestima.

La paradoja más perversa es esta: el dolor que genera la ruptura de un sistema de legitimación hace que la gente sea más propensa a aceptar falsedades que refuercen la trampa, antes que ser honestos y pensar críticamente. Porque el pensamiento crítico contradice la economía mental. Cuando un sistema se agrieta, cuando la evidencia contradice nuestras certezas, el cerebro no busca la verdad: busca alivio. Y lo encuentra en narrativas –por absurdas que sean– que restauren la coherencia perdida, que eliminen la disonancia, que nos permitan seguir creyendo sin el esfuerzo agotador de replantearlo radicalmente.

La crisis de hoy: cuando todo se cae a pedazos

Estamos viviendo algo que Weber no vio: los tres tipos de legitimidad en crisis simultánea.

Empecemos por lo racional-legal. Las instituciones democráticas enfrentan una desconfianza masiva. Sectores enteros acusan al sistema político de corrupto sin prueba alguna. La comunidad científica desarrolló vacunas en tiempo récord durante la pandemia, pero fue denunciada como cómplice de un supuesto genocidio. Los procedimientos parlamentarios que garantizan la deliberación democrática son percibidos como “circo político” por ciudadanos que prefieren la eficiencia de un líder providencial.

Pensá ahora en lo tradicional. Cuando el Senado aprueba el matrimonio igualitario, cuando se reconoce legalmente la identidad de género autopercibida, cuando se permite la eutanasia, hay sectores que viven cada avance como una amenaza existencial. No es capricho: su sistema de sentido deriva de la continuidad con el pasado, de valores que durante siglos organizaron la experiencia colectiva. Desmantelar eso implica reconstruir toda una estructura de significado sobre la vida, la familia, el sufrimiento, la trascendencia.

Pero lo carismático también colapsó. O mejor dicho: explotó en miles de fragmentos digitales. Los gurús del coaching, los influencers con sus verdades reveladas, los líderes de comunidades virtuales que prometen transformaciones sin el tedioso trabajo institucional compiten en un mercado saturado donde el carisma ya no unifica nada, sólo multiplica las tribus.

Las teorías conspirativas florecen en este paisaje. La conspiración ofrece algo neurológicamente irresistible: una explicación simple que restaura el sentido sin activar el sistema lento. “Ellos” –una élite siniestra que nos oculta la verdad– resulta más digerible que aceptar la complejidad de un mundo donde nuestros viejos marcos dejaron de funcionar.

En Uruguay no tenemos un Gustavo Salle en el Parlamento sino dos: padre e hija convertidos en representantes gracias a narrativas conspirativas sobre fraudes electorales que ningún análisis serio respalda, pero que ofrecen coherencia emocional a quienes desconfían de la autoridad racional-legal de las instituciones democráticas.

Pero el mecanismo no opera sólo en las teorías conspirativas explícitas. Tomemos la ley de eutanasia en Uruguay. Cuando el Senado aprobó la normativa que permite “transcurrir dignamente el proceso de morir” (20 votos a favor, 11 en contra), el cardenal Daniel Sturla expresó su rechazo desde la autoridad tradicional de la Iglesia católica –“Dios es el dueño de la vida”–, defendió el cuidado “desde la concepción hasta la muerte natural” y lamentó este avance de lo que llamó (citando a Juan Pablo II) la “cultura de la muerte”. Para quienes viven en el sistema católico, aceptar la eutanasia implicaría desmantelar toda una estructura de significado sobre la vida, el sufrimiento, la redención y la trascendencia. Rechazar la ley resulta menos costoso cognitivamente que reconstruir el sistema completo. Y el mismo patrón se repite en el espectro opuesto: sectores conservadores laicos que abrazan narrativas de pendiente resbaladiza donde la eutanasia conduciría inevitablemente al exterminio de personas vulnerables. No importa que la evidencia empírica de países con décadas de regulación demuestre lo contrario: el miedo conocido siempre vence al análisis que desestabiliza.

Esta crisis genera una “anarquía del sentido”. Cada grupo, cada tribu digital desarrolla sus propios marcos de legitimación, incompatibles entre sí. Sociedad fragmentada donde la conversación democrática se vuelve casi imposible porque no compartimos criterios básicos sobre qué constituye una fuente legítima de autoridad o conocimiento.

¿Quién decide qué es legítimo? ¿La Corte Electoral, que certifica resultados, o los líderes carismáticos que gritan “fraude”? La autonomía individual para decidir sobre la propia muerte ¿debe someterse a la doctrina religiosa de la Iglesia? Cuando hablamos de vacunas, ¿confiamos en décadas de investigación científica o en el testimonio viral de un influencer?

Nadie quiere ejercitar el pensamiento crítico. Demasiado doloroso para la población infantilizada de los homi rete –los habitantes de las redes sociales que rivalizan con los de los jardines de infantes en tolerancia a la frustración– cuestionar las propias certezas cuando las rutas rápidas de procesamiento ofrecen la ilusión reconfortante de que ya tenemos razón. Cada tipo de autoridad en crisis genera sus propias trampas de sentido, y todas comparten la misma economía mental: aferrarse a certezas falsas resulta menos doloroso que enfrentar la ausencia de significado.

Bernardo Borkenztain es comunicador y crítico de arte.

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