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Ilustración: Ramiro Alonso.

Mundiales, estados y estadios fallidos

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El fútbol y su uso en la historia de la Copa del Mundo.

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El 3 de enero de 2026 el arrebato bélico y beligerante de Estados Unidos atacando e interviniendo Venezuela sacudió a parte del mundo y despertó inquietud, preocupación y expectativa ante semejante situación. Buena parte de nosotros se preocupó y compungió por los venezolanos y por América del Sur toda –fue la primera vez que un país extranjero bombardeó una capital sudamericana–, y después algunos empezamos a pensar qué pasaría con el Mundial que este año tendrá como una de las sedes a Estados Unidos, el país agresor al mando de Donald Trump, el premio FIFA de la paz.

Algunos pensaron que como Rusia quedó fuera de todas las competiciones tras su guerra con Ucrania, no habría Mundial en territorio estadounidense, pero rápidamente esas ideas se descartan con un mero repaso de la historia, que hasta ahora empezó en Uruguay y tuvo su último capítulo en Qatar, con extremos absolutamente disímiles.

Uruguay no llegó a organizar la Copa del Mundo como quien improvisa una fiesta, sino como quien culmina un proceso. Cuando en julio de 1930 el país abrió las puertas del estadio Centenario, José Batlle y Ordóñez llevaba apenas nueve meses muerto. Su ausencia era reciente; su influencia, estructural. Había pensado un Estado que entendía el tiempo libre, el cuerpo, la salud, la educación y el juego como dimensiones centrales de la ciudadanía. Antes de que el mundo descubriera el deporte como espectáculo de masas o herramienta de legitimación política, Uruguay lo había incorporado como pedagogía social.

La historia negra y otras camisas

Cuatro años después, el péndulo se movería bruscamente. Italia 1934 marca el primer gran quiebre: el fútbol deja de ser espejo y pasa a ser escenografía del poder. Benito Mussolini comprendió antes que muchos que una victoria deportiva podía operar como consenso emocional. El Mundial fue organizado, dirigido y celebrado como un acto del régimen fascista. Nada quedó librado al azar: ni los árbitros, ni la retórica, ni los símbolos. Allí el fútbol empezó a decir otra cosa: que podía ser utilizado para naturalizar el autoritarismo, no sólo para ocultarlo.

Francia 1938 ofreció un contraste inquietante. El Mundial se jugó en un país que todavía creía en sus instituciones mientras Europa se incendiaba. El fútbol ya no podía ignorar el ruido de fondo. Después, la guerra.

Brasil 1950 retomó el relato desarrollista. El Maracaná, más que un estadio, fue una promesa. Un país gigantesco, desigual y lleno de contradicciones, quiso mostrarse moderno, unido, proyectado al futuro. El fútbol funcionó como utopía anticipada, como imagen de lo que Brasil quería ser. El Maracanazo, sin proponérselo, rompió el espejo y recordó que los relatos nacionales también se quiebran. Suiza 1954 y Suecia 1958 representan, cada uno a su modo, la normalidad institucional. El Mundial no legitima ni disimula: acompaña. Chile 1962 introdujo otra variable: la adversidad. Un país golpeado por uno de los mayores terremotos del siglo XX decidió seguir adelante con el Mundial. “Porque no tenemos nada, lo haremos todo”: la frase de Carlos Dittborn se transformó en la consigna del pueblo golpeado y fue gesto y convicción. El fútbol apareció como acto de voluntad colectiva, no como cortina de humo autoritaria. Inglaterra jugó su Mundial en 1966 desde la nostalgia imperial. Estado de bienestar, pero también conciencia de un lugar en el mundo que se achicaba. El fútbol funcionó como reafirmación simbólica.

México 1970 es uno de los momentos más incómodos de esta historia. Dos años antes, el Estado había reprimido y asesinado estudiantes en Tlatelolco. El régimen, autoritario aunque constitucional, utilizó el Mundial como anestesia internacional. Colores, transmisión global, alegría; el fútbol mostró su capacidad para desconectar imagen externa y realidad interna. A partir de entonces, la pregunta ya no pudo evitarse: ¿qué tapa un mundial?

Alemania 1974 ofreció otra respuesta, una organización para mostrarse estable, moderna, definitivamente distinta del pasado nazi. No tapa crímenes sistemáticos, pero sí busca relato: eficiencia, democracia, normalidad.

Argentina 1978 es un caso extremo y trágico. Allí el fútbol no acompañó al poder: formó parte del dispositivo. Mientras se jugaban partidos funcionaban centros clandestinos de detención y tortura. La Junta Militar utilizó el Mundial como operación de encubrimiento global. La FIFA miró hacia otro lado. No hay ambigüedad histórica posible: el fútbol fue utilizado para administrar el silencio.

España 1982 mostró otra cara. Democracia frágil, con un intento de golpe de Estado reciente. El fútbol ayudó a normalizar, a integrar, a mostrarse. No ocultó una dictadura; acompañó una transición.

México 1986 volvió a ser sede en un contexto distinto. El Estado estaba debilitado; la sociedad civil en marcha tras el terremoto de 1985. El fútbol ya no podía tapar todo. La ciudadanía había aprendido a mirarse sin intermediarios. Italia 1990 fue el Mundial del fin de una época. El fútbol intentó ser brillo, pero el telón ya estaba roto.

Estados Unidos 1994 introdujo el fútbol como mercancía global. El Mundial fue soft power puro: espectáculo, mercado, expansión. El fútbol ya no sólo servía para legitimar un régimen, sino para vender un modelo. Francia 1998 ofreció una postal integradora: diversidad, inclusión, orgullo multicultural. El Estado abrazó ese relato, pero todo fue efímero.

Desde 2002 en adelante, los mundiales comenzaron a dialogar cada vez más con el mercado que con la política clásica, hasta que Rusia 2018 y Qatar 2022 devolvieron el eje al lugar más crudo. Rusia utilizó el torneo como lavado de imagen; Qatar directamente compró legitimidad. En ambos casos, el fútbol volvió a ser pausa cosmética frente a regímenes autoritarios.

Tal vez haya, además, otra discusión latiendo debajo de esta historia de mundiales, estados y regímenes. Una discusión menos ruidosa, pero decisiva: cómo pensamos. Porque ni el fútbol explica sólo a los gobiernos usándolo para adornar sus desvíos de poder, ni la difusión interesada de algunos insumos presuntamente informativos pueden adormecernos y anular nuestra capacidad crítica para aceptarlos. Nuestras vidas fundidas con el fútbol también nos han permitido acrecentar algunos principios morales y éticos que deberían accionar el freno de mano para no aceptar estos circos montados.

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