Deporte Ingresá
Deporte

Ilustración: Ramiro Alonso

Un brindis en el bar

2 minutos de lectura
Contenido exclusivo con tu suscripción de pago

El fútbol como cuestión de celebración | Literarias de deporte.

Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta
Registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

Aunque era casi un militante de la informalidad, el Gordo se ponía solemne dos veces al año. La primera ocurría el tercer domingo de cada junio, cuando prolongaba una enorme tradición de familia y, con sus hermanos, sus primos segundos y sus tíos envejecidos, visitaba la tumba de su abuelo, un hombre de los buenos hombres. La segunda ocasión se producía en una jornada como esa, durante el anteúltimo sábado de todos los años, y en el Bar de los Sábados, su reducto semanal para conversar la existencia y el fútbol. Al llegar la fecha, el Gordo irrumpía en la tarde, perseguía la mejor de las cuerdas de su voz, pedía bastante café y bastante silencio, y explicaba que los rituales valen la pena sólo cuando los estimula el amor. Después de eso, con los compañeros de bar palpitando y atentos, ejecutaba su segunda solemnidad del año: un brindis.

“Queridos compañeros –arrancó esa vez, como de costumbre, casi quebrándose cuando moduló la segunda sílaba de la palabra queridos–, los invito a brindar por alguna gente que con sus conductas no sólo honra al fútbol, sino también al don de respirar y al arte de vivir. Hablo de los defensores que resisten las oscuridades de un gol en contra y resuelven luchar hasta encontrar la luz, y hablo, además, de los hinchas que perciben el fin del mundo luego de cada derrota pero son capaces de imaginar un mundo nuevo cinco minutos después, y hablo, desde luego, de los desconocidos de todas partes que descubrieron que el fútbol es una casa llena de puertas detrás de las que se encuentra la condición humana”.

Tomó aire el Gordo, el mismo aire que compartía los sábados de todo el año en esa patria de paredes descascaradas que era el Bar de los Sábados. Y junto con el aire, tomó fuerza y tomó inspiración: “Quiero que brindemos por los que no se resignan a que el fútbol esté lleno de miserables, sobre todo porque despreciar a los miserables del fútbol es despreciar a los miserables que están fuera de él. Y por los músicos que saben que un gol es una canción que muchos desafinan felices junto a muchos. Y por un sobrino mío que en esos mismos goles acaricia la panza de su mujer embarazada. Y por los que miran partidos porque les entusiasma contemplar el universo”.

El Gordo nunca elegía discursos largos. Por eso, con el Bar de los Sábados vuelto un templo en comunión, encaró el cierre: “Aunque a veces nos avance el desaliento y aunque demasiadas mañanas nos sintamos definitivamente vencidos, brindemos. Lo justifican los que entienden que merece ser el mejor jugador del año aquel que hizo muchas gambetas, pero más lo merece ese que hizo muchas noblezas. Lo merecen los que se empecinan cada día en jugar bien porque querer jugar bien cada día es un humilde aporte para dignificar la vida. Y lo merecen los que tienen ilusiones porque tener ilusiones siempre es un acto de victoria”.

Ya sin aire, ya sin fuerza, ya sin más inspiración, el Gordo alzó su copa, la rozó jubiloso con todas las otras copas y, en medio de risas y de abrazos, se sumó a un debate flamante sobre el ritmo de los volantes centrales en las tardes de vientos duros. En el Bar de los Sábados, el anteúltimo sábado del año empezaba a esfumarse mientras todavía resonaban los ecos del brindis y, entre las paredes descascaradas, el aire llevaba y traía una mansa felicidad.

¿Tenés algún aporte para hacer?

Valoramos cualquier aporte aclaratorio que quieras realizar sobre el artículo que acabás de leer, podés hacerlo completando este formulario.

¿Te interesa el deporte?
Suscribite y recibí en tu email la newsletter de deporte.
Suscribite
¿Te interesa el deporte?
Recibí la newsletter de deporte en tu email todos los domingos.
Recibir
Este artículo está guardado para leer después en tu lista de lectura
¿Terminaste de leerlo?
Guardaste este artículo como favorito en tu lista de lectura