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Selección uruguaya de básquetbol, en el gimnasio de Waston, en Montevideo (archivo, agosto de 2025).

Foto: Guillermo Legaria

Uruguay vuelve a estar cerca de clasificar a un Mundial

4 minutos de lectura
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La selección celeste lidera invicta su grupo en la clasificatoria de América rumbo a la Copa del Mundo FIBA 2027 y se ganó el derecho a ilusionarse con cortar una sequía de cuatro décadas.

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Existen rendimientos que se ven desde el principio y otros que se van construyendo en silencio, paso a paso. Lo que está haciendo Uruguay en la clasificatoria rumbo al Mundial de básquetbol es, claramente, un ejemplo de la segunda categoría. Sin disonancias ni pronósticos grandilocuentes, la celeste ha ido hilvanando victorias hasta encontrarse cuatro juegos, cuatro triunfos y una señal clara para propios y ajenos: no es casualidad el liderazgo del equipo que dirige Gerardo Jauri.

Uruguay está haciendo una de sus mejores clasificatorias recientes en torneos FIBA; no solo porque ha ganado todo lo que ha jugado, sino porque logró puntos que trascienden el marcador. Sin ir más lejos, el triunfo como visitante ante Argentina, dejando a los albicelestes con menos de 50 puntos, victoria que luego ratificó al imponerse a Cuba en Panamá. Todo cimentado en lo que parece ser su nueva identidad: defensa con mucha intensidad, un juego perimetral con variantes para castigar tanto como con el tiro exterior como jugando desde el pick and roll.

En perspectiva

Para dar contexto, en el camino al Mundial 2027 hay 16 selecciones compitiendo en América, primera fase que las ordena en cuatro grupos de cuatro países. De las 16, siete irán a la copa del mundo. Además de Argentina y Cuba, la celeste comparte la serie D con Panamá –al que ya le ganó los dos partidos–. De los cuatro, los tres primeros pasarán a la segunda fase acarreando los puntos conseguidos.

Con el 4-0 que tiene, Uruguay ya se metió matemáticamente en la siguiente etapa de la clasificatoria. Pero como los puntos de ahora seguirán valiendo después, seguir sumando le dará un mejor posicionamiento a la celeste de cara al futuro grupo de seis –donde estarán los tres mejores del grupo B, donde están Canadá (4-0), Jamaica (2-2), Puerto Rico y Bahamas (ambos 1-3)–. Acá la historia será jugar ida y vuelta contra los tres nuevos clasificados –es decir, no se volverá a enfrentar a Argentina y Panamá o Cuba–, sumando seis partidos más para un total de 12 juegos en todo el camino.

El reglamento dice que los tres primeros de cada grupo de seis se clasifican directo al Mundial y la séptima plaza se la queda el mejor cuarto entre ambas zonas; históricamente, las matemáticas estiman que ganando nueve o diez partidos se va seguro al Mundial y que alcanzar ocho triunfos puede asegurar un mínimo de pelear por ese mejor cuarto puesto.

Con el 4-0 como estampita, Uruguay se perfila bien para lo que viene. Hay que tener en cuenta que los partidos ante Argentina y Cuba serán ambos en Montevideo (los primeros días de julio), por lo que podría conseguir dos victorias más. Un 6-0 sería soñado para la segunda fase, un 5-1 no sería menor. Si pierde los dos, pasará de fase con una marca 4-2.

Según el caso, estaría a dos, tres o cuatro victorias de una marca que le asegurara la calificación mundialista. Hasta con un escenario realista, que bien podría ser de tres triunfos y tres derrotas (ganando en casa y perdiendo afuera), la celeste podría alcanzar números de clasificación. La diferencia con procesos anteriores es que, mientras que antes Uruguay miraba la tabla desde abajo –en algunos casos buscando milagros–, ahora está en posición de privilegio y con cuentas a la mano.

El plus de la cancha

Uruguay tiene una muy buena selección, sin una gran estrella pero con jugadores que están jugando o han pasado por ligas fuertes, como la española, la brasileña y el básquetbol universitario de Estados Unidos. La mayoría de ellos –por no decir todos– son jugadores perimetrales, y en ese aspecto del juego el plantel tiene buenas posibilidades. Además, el alto nivel que consiguen en sus respectivas ligas luego lo trasladan al juego de Uruguay, con excelente pick and roll –insisto–, con correcta distribución y ocupación del espacio en ofensiva para abrir defensas, ya sea creando líneas de pases o generando ventajas individuales o colectivas, lo que lleva a jugar a un buen ritmo –alto, podría decirse–. Y otra insistencia: es muy buena la tarea defensiva de la celeste, identidad agresiva que construyó Jauri.

Llevado a nombres propios, entre Bruno Fitipaldo, Luciano Parodi, Joaquín Rodríguez, Santiago Véscovi y Lucas Capalbo hay buenas alternativas de conducción y generación de juego; con Emiliano Serres, Nicola Pomoli, Gonzalo Iglesias, Nicolás Martínez y Martín Rojas –podríamos citar a Agustín Ubal, aunque no es tenido en cuenta por el director técnico ya que priorizó su consolidación en el básquetbol español– hay aleros versátiles para dañar desde el juego interno o con el tiro exterior.

Papá, cuéntame otra vez

El libro de la historia de nuestro básquetbol tiene grandes páginas. Las inmensas son las dos medallas de bronce en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952 y Melbourne 1956, además del sexto puesto en Los Ángeles 1984; no menores fueron sus participaciones en siete mundiales; y no pueden quedar en el tintero los 11 campeonatos sudamericanos, el subcampeonato FIBA Américas (de 1984, con buena parte de la generación que fue al Mundial 1986) y la medalla panamericana de bronce en 2007. Ahora bien: salvo excepciones, como esta última medalla citada y los títulos sudamericanos de 1995 y 1997, la rica historia sucedió entre las décadas del 30 y del 80 del siglo XX. Por eso este panorama actual contrasta con el larguísimo silencio mundialista que arrastra Uruguay.

Hay que situarse en España 1986 para encontrar la última vez que la celeste jugó una Copa del Mundo de básquetbol. Aquel torneo significó el cierre de una era en la que Uruguay estuvo más presente en la élite FIBA: venía de disputar el Mundial de 1982 y de terminar sexto en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984.

Los nombres propios también son de los grandes: Horacio Tato López, Carlos Peinado, Wilfredo Ruiz, Álvaro Tito, Horacio Perdomo, Luis Pierri, Hebert Núñez y Gustavo Sczygielski. Otro básquetbol, desde luego, otra época: juego de media cancha, posteos, lectura más bien lenta o paciencia, defensa hombre a hombre y rebote como bandera.

No es momento de comparar talentos ni de mirar el currículum como lastre, sino como proyección. La nueva selección de Uruguay es muy difícil que hilvane grandes torneos consecutivos, Mundial, Juegos Olímpicos, Mundial, pero sí puede empezar a construir su nuevo estatus, entre otras cosas, sosteniendo el camino que tiene en la clasificatoria americana y metiéndose al Mundial 2027. O sea, llevar al país a una nueva Copa del Mundo. O sea, volver al escenario que creímos perdido.

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