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Plantel de Maldonado Liga Mayor, el 14 de marzo, durante el partido por los cuartos de final de la 22ª Copa Nacional de Selecciones.

Foto: Ignacio Dotti

1.200 kilómetros de sueños: Maldonado derrotó a Salto 1-0 en el Dickinson

7 minutos de lectura
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En la primera final de la Copa Nacional de Selecciones, Nuestro Mundial, la visita tomó ventaja mínima; ahora todo se definirá el sábado en San Carlos.

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Aboguemos por la perfección, la organización y hasta la profesionalización del juego, de los espectáculos, de los deportistas, pero en todo ese esfuerzo, en todo ese pienso y esos ejercicios de buscar lo mejor nunca abandonemos la sensibilidad. En Uruguay, el país del fútbol, el país en el que el fútbol fue un elemento fermental de nuestro colectivo social y nuestro entramado como pueblo, hay dos enormes vertientes de fútbol institucionalizado que, por la vía de los hechos y de las leyes y reglamentaciones, se vienen a fundir en una sola. De un lado está el fútbol que conoce el mundo: el de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), el de la tarjeta de presentación de la celeste, el del fútbol profesional y el aficionado reglado como el profesional. Del otro lado está la Organización del Fútbol del Interior (OFI), con sus 61 ligas de 18 departamentos y sus más de 120.000 futbolistas institucionalizados y federados, que cada año desarrollan competencias internas, interligas y a través de todo el país.

El pasado sábado ambas organizaciones asistían a una instancia singular con futbolistas que representaban a Maldonado: por un lado, la Liga Mayor de Maldonado, que después de una veintena de años llegaba a la final de Nuestro Mundial, la Copa Nacional de Selecciones, el campeonato del interior, y jugaba en Salto y en las pantallas de televisión de donde fuera; y, por el otro, en Maldonado, en el Campus, Deportivo Maldonado. El club que surgió como Batacazo en 1928, cuando un grupo de fernandinos, apenas un par de meses después de la conquista de Ámsterdam, decidió fundar un equipo de football en Maldonado y eligió la combinación de colores verde y rojo del entonces campeón uruguayo Rampla Juniors.

Unos años después, en 1932, le cambiaron el nombre a Deportivo Maldonado y pasaron a participar en la liga de fútbol del departamento, la Liga Maldonadense de Football, en la que jugaron hasta 1995, cuando salieron de la OFI y se sumaron a la AUF. Jugaban un partido trascendental ante Nacional, en el que peleaban por seguir en busca del Apertura.

Los bisnietos de los primeros hinchas del Batacazo, los nietos de los que vieron a Maldonado ser por primera vez campeón del Este en 1958 en el Ginés Cairo Medina estaban ahora colmando la tribuna que justamente lleva ese nombre, Campeones del Este de 1958, mirando el fútbol de élite uruguayo. Mientras tanto, sus vecinos, hermanos, primos y lo que corresponda estaban en Salto tratando de dar el golpe en su fútbol de élite y quedarse con Nuestro Mundial.

Los dos partidos se jugaron casi en simultáneo. Miles de maldonadenses querían estar o seguir ambos espectáculos, pero parece que a nadie se le ocurrió resolver, mediar, pedir que no se jugaran casi en simultáneo. Una pena por nosotros y nosotras, los limosneros de las pequeñas y grandes alegrías; una alegría para todos los que querían que el fútbol de Maldonado diera el paso y ganara, como ganó en Salto 1-0 y como ganó 4-2en el Campus frente a Nacional.

La liturgia de la tierra y el grito sagrado del pueblo

Entre Maldonado y Salto hay 600 kilómetros de distancia, por lo que para los viajeros hablamos de 1.200 kilómetros de ida y vuelta. Seis horas de expectativas, ilusiones, nervios y otras cosas, y otras seis horas de vuelta a casa, como si hubieran salvado Matemáticas de quinto en loop.

Lo que se vivió el sábado en el Dickinson no fue solo un partido de fútbol; fue un acto de fe. Porque para nosotros, los que andamos entre el alambrado de cinco hilos y el grito que baja de la tribuna de cemento, esto es Nuestro Mundial. Es el eje cronológico que nos marca las edades, ese túnel del tiempo que nos devuelve al niño frente a la radio y nos sitúa hoy en una cancha que, aunque no tenga el brillo de arena mundialista, vibra con una intensidad humana que es el verdadero andamiaje del Uruguay real.

No es un torneo aficionado o amateur más; es un campeonato sagrado donde se juega por la memoria y el orgullo del pago. Por eso, cuando la panther empezó a rodar en Salto no solo estaban los privilegiados que llegaron a la final, sino también el aliento perdido, la frustración restañada y la familiaridad como conexión real de aquellas otras 33 ligas que arrancaron allá por enero –y de las que quedaron por el camino antes de empezar–, porque para cada pueblo su mundial se juega con el alma en cada clásico regional o cruzando el país.

En el césped no hay contratos de muchos ceros, sino héroes de a pie: el que trabaja en la intendencia, el delivery, el primo de alguien, el flaco de la panadería. Son deportistas que resignaron las vacaciones para defender la bandera del lugar, tipos que se bajan del ómnibus con las piernas entumecidas después de cruzar medio Uruguay, engañando el hambre con una milanesa en dos panes cocinada hace 15 horas, para marcar tarjeta en el laburo sin haber pegado un ojo.

Es la épica del hincha que organiza la vaquita para llenar el tanque del cachilo y sale a la ruta cargado de termos y bizcochos. Es, en definitiva, la síntesis de nuestra geografía humana, donde la pelota se mezcla con el mandado en la vereda y el saludo de cada día.

Naranja amarga

El Dickinson no miente. Hay un silencio que se mastica en el aire de Salto cuando la noche cae y el resultado es un plomo en el pecho. No es solo un partido; es esa vieja tensión de los pueblos que se miden el lomo bajo los focos de una cancha de fútbol, donde la épica se construye entre gente que mañana, a primera hora, va a estar repartiendo el pan o levantando una cortina metálica. La derrota 1-0 ante la Liga Mayor de Maldonado no fue un accidente: fue un golpe seco, de esos que te dejan recalculando mientras caminás de vuelta al centro.

Maldonado llegó al litoral con la autoridad de quien conoce el oficio. No necesitó del brillo mediático ni de la estridencia de las capitales. Se plantó con una solidez que por momentos pareció asfixiar el ímpetu salteño. En este fútbol nuestro, el “Mundial de los pueblos”, la diferencia no está en los contratos millonarios, sino en esa reserva de orgullo que aflora cuando la bandera del departamento pesa más que el cansancio de la jornada laboral.

El equipo fernandino interpretó esa partitura con una frialdad casi quirúrgica, silenciando una tribuna que esperaba el vendaval, y se encontró con un muro. El fútbol tiene esa justicia poética de permitir que la revancha sea el motor de la semana. Mientras en los boliches se analizan los porqués del traspié, el plantel salteño sabe que la serie está abierta, aunque la herida del Dickinson todavía queme.

Maldonado espera en sus calles, en su costa, con la tranquilidad del que dio el primer paso, pero sabiendo que en este territorio nadie se entrega sin dar pelea hasta el último aliento.

Son un penal

Salto llegaba con la chapa del Litoral, esa confederación que muerde desde 1922, y su escisión de capitales, el Litoral Norte, hija de este siglo. Ni un partido habían perdido los naranjeros este año en el Dickinson, pero se encontraron con la Liga Mayor de Maldonado –con jugadores de clubes de Maldonado, Punta del Este y San Carlos–, que impuso su oficio de ajedrez desde el vamos.

El drama se instaló tempranito, a los 11 minutos, cuando el árbitro Gonzalo de León, tras consultar ese sistema del FVS que ahora es parte de la baraja de los técnicos, cobró penal para el local por una mano clara en el área maldonadense. Nicolás Arbiza se paró frente a la guinda cargando la ilusión de todo un departamento, pero se topó con el muro de Juan Manuel Lladó. El golero de la blanca adivinó la intención y le ahogó el grito, metiendo una mano de autoridad que fue una inyección de vida para la visita y el inicio de una ansiedad salteña que se transformó en lagunas ofensivas.

A partir de entonces, la selección albirroja naranjera fue pura voluntad horizontal, un equipo que sabía el qué pero no encontraba el cómo romper el cerrojo de Pablo Polenta y el Sordo Damián Muñiz. Salto dominó las ganas, pero su fútbol se volvió previsible, chocando contra una defensa ordenada que fue creciendo con los minutos. Maldonado, agazapado y firme, administró los tiempos con una conformidad que desesperaba a la tribuna, esperando el momento justo para dar el zarpazo en una cancha siempre difícil y ante una selección que respira localismo en cada rincón del Dickinson. El despropósito de la furia y el botín de los 3 puntos se fueron a San Carlos.

Cuando el partido ya pedía la hora y el empate parecía el destino sellado, ocurrió lo inexplicable, ese horror que empaña cualquier entrega. En el minuto 94, en una jugada en la que la pelota ya estaba en otro sector, Nicolás Cáceres protagonizó una torpeza extrema: un puñetazo desleal y grosero desde atrás contra Gadea. Fue un despropósito innecesario, una agresión al santo botón que el videoarbitraje dejó al desnudo frente a miles de ojos. Cáceres se fue expulsado, dejando a Salto con diez y regalándole a la visita la llave del cofre en el último suspiro.

Facundo Suárez, con nervios de acero y una frialdad que heló la sangre de la tribuna, ejecutó el penal fuerte y abajo a los 96 minutos para sellar el 1-0 definitivo. Maldonado encontró ese inesperado premio en el Dickinson, y ahora la historia rumbea hacia San Carlos, donde los fernandinos se hacen más locales y la cercanía de la gente aprieta más que el cemento frío del Campus.

Salto quedó herido, el molde del que no pudo, y deberá ir a buscar la épica sin sus laterales titulares. Pero, como bien sabemos los que andamos en este fútbol de laburantes y vecinos, la fe en el interior nunca se archiva. La pequeña patria del imaginario vecinal todavía tiene una bala guardada en el cofre de las emociones, porque en Nuestro Mundial la última palabra siempre la tiene el corazón del pueblo.

Detalles

Primera Final Copa Nacional de Selecciones 2026. Estadio Dickinson de Salto
Salto (0): Nicolás Sánchez; Juan de los Santos, Junior Rodríguez Rodríguez, Ignacio Daniel Bueno, Nicolás Cáceres; Facundo Moreira (85' Luciano Araújo), Matías Batista (58' Ariel Rivero), Roney Custodio, Alan Aranda; Javier Vargas (75' Emiliano Rosas), Nicolás Arbiza. DT: Rony Costa. Maldonado (1): Juan Manuel Lladó; Camilo Miraglia, Damián Muñiz, Pablo Polenta, Fernando Martín Manassi; Santiago Pérez, Axel Ripa, Rodrigo Tabárez (46' Gonzalo Gadea); Mateo Schiaffino (72' Alfredo Dinelli), Facundo Suárez (97' Alejandro La Cruz), Andrés Santos (85' Mateo Maresca). DT: Pablo Aníbal de León.
Gol: 96' Facundo Suárez, de penal (M). Expulsado: 94' Nicolás Cáceres (S) por una agresión.
Nota: A los 11' Juan Manuel Lladó (M) le contuvo un penal a Nicolás Arbiza (S).

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