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Archivo, noviembre de 2023.

Foto: Ernesto Ryan

Schrödinger nunca vio a Racing campeón

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La paradoja de Mariscala y el histórico título de los de Sayago: campeones en la ruta | Deportivo Sentimiento.

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Ser campeón por primera vez en la historia del fútbol uruguayo arriba de un ómnibus que transita por la ruta 8 tiene algo de física cuántica o de la paradoja del gato de Schrödinger. Eso es lo que le sucedió de manera gloriosa a Racing Club de Montevideo, desde hace unos años sociedad anónima deportiva y conectado económica y deportivamente al club alemán Bayern Múnich. Hace ya más de un siglo, el 6 de abril de 1919, nació como Yuyito, y en 1920 registró su afiliación a la Asociación Uruguaya de Fútbol para que amigos y conocidos jugaran midiéndose con otros vecinos.

En estos 107 años de historia en la competencia institucionalizada, Racing –siempre con sus colores blanco y verde, aunque con más de 20 combinaciones distintas de camisas primero y camisetas después– había sido campeón de la Extra, la Intermedia y la B; había jugado Libertadores y Sudamericana. Había tenido jugadores campeones del mundo, pero nunca lo había logrado en la A.

Fue recién este domingo 26 de abril, una semana después de su aniversario, que pudo alcanzar la cima, pero no fue en el Reducto, donde nació, ni en Sayago, donde creció y se hizo para siempre, ni siquiera en algún lugar de Montevideo o de la zona metropolitana. Fue campeón en un Marcopolo de EGA en la ruta 8 Brigadier General Juan Antonio Lavalleja, poco antes de llegar a Mariscala y unos ataques después de Pirarajá.

El plantel, el cuerpo técnico y el staff deben haber salido de Melo después del triunfo con el gol impresionante de Guillermo Cotugno, a eso de las 19.00, sabiendo que lo suyo ya estaba hecho. Ahora, como si fuesen la caja del gato, debían esperar lo que sucediera con los átomos cuánticos en el Centenario. Algunos la fueron llevando a lo Erwin Schrödinger, sentados en el doble piso rodando entre un pueblo y otro, sin utilizar la interpretación de Copenhague que dice que si no hay observador, no hay valor definido; lo que a lo gaucho se decodifica en que, mientras no miraran el partido que Wanderers jugaba ante Peñarol, eran campeones y no campeones a la vez.

El gato de Schrödinger en un Marcopolo

Otros, mejor acomodados en sus asientos, orientaban los celulares para compartir el streaming que se congelaba cuando las antenas no alcanzaban la señal. A las 20.15, los futuros campeones iban tranquilos. Había charla, pero aún no cantarola. Había tensión en los que miraban el teléfono cuando, llegando a la entrada de Treinta y Tres, el mendocino Facundo Labandeira vencía al artiguense Washington Aguerre para poner el 1-0 que les daba el título.

¡Qué cosa ser campeón en Pirarajá y festejar en Mariscala, tan lejos de Sayago y del Reducto! Esperar más de un siglo para ganar en la A y dar una falsa vuelta olímpica en la ruta, en un pueblo de mil y pico de habitantes, donde la probabilidad de encontrar hinchas de la escuelita es escasa.

La vuelta olímpica es un invento uruguayo del 9 de junio de 1924, la misma que dio en bicicleta el floridense José Rulo Varela en Mariscala. Pero antes, la celebración en el ómnibus ya había empezado con el “dale campeón”, ese invento de las canchas argentinas que data de los años 50, con la tonada de la marcha peronista. Dicen que Perón era hincha del Racing de Avellaneda, y este, el de Sayago, tomó su nombre por aquellos cracks argentinos de la época. En fin: campeones en Mariscala y en un Marcopolo.

Nadie de los medios masivos estaba allí. Ni las empresas ni quienes se ocupan de la difusión entendieron o pudieron estar cerca de los punteros. No hay clics, no hay retorno; pero también debe saberse que falta información, análisis y reconocimiento. Hay que hacer algo al respecto, aunque no sea más que decirlo.

El dato no le quita trascendencia al triunfo augural de Sayago con una campaña espectacular que le permitió ser campeón dos fechas antes de terminar el torneo. Un equipo sin estrellas, con un entrenador como Cristian Chambian y su alterno Gonzalo Lalo Aguilar, quien desde los 14 años solo ha estado en Racing. Un cuerpo técnico que sabe a lo que juega, con una altísima capacidad en la pelota quieta y una figura táctica capaz de amoldarse para defender la diferencia o ir a buscar el gol.

De La Nueva Esmeralda al grito de Pirarajá

No sé si realmente habrá sido como lo cuento, pero si no, pega en el palo. Me enamoré de Racing en 1969, con un equipo que empezaba en Walter Corbo, el arquero, y terminaba en Rubén Romeo Corbo, el puntero izquierdo. Aquel Racing usaba camisa de acrocel sin botones, verde con una banda blanca a la derecha. Yo estaba en tercero de escuela y tenía unos zapatos Incalcuer negros de difícil manejo. Mis padres ya compraban en la panadería La Nueva Esmeralda, como después lo haríamos sus hijos y nietas. Aquel viernes de 1969, mi padre me prometió que, si resolvía el complejo recurso de la doble moña en los cordones, me llevaría al Centenario a ver a Racing. Para asegurar la jugada, esa noche me los saqué puestos y el sábado me sometí a esos duros contrafuertes en el talón para que nada saliera mal.

Hace años que no vivo en el barrio –que no es Sayago, sino Parque Batlle–, pero sigo yendo a La Nueva Esmeralda. Allí conocí a Daniel, que se planta con una amabilidad envidiable y deja su agradable atención a cuanto vecino y forastero pasa por ese mostrador. Daniel es de Racing, lo supe hace tiempo, y cada vez que negocio pan con grasa, corazanes –no te llevo, RAE, la de “cruasán”– u ojitos, hablamos del albiverde. Hace unos días, mientras hacía la cuenta de los gramos y los pesos, la llevamos a puntos y goles. Ahí le solté mi epifanía: sentía que aquel gol de Nico Sosa ante Wanderers no solo había sido de victoria, sino de campeonato. Fue la misma sensación que tuve años atrás con el gol de Marcelo Meli para Liverpool ante Cerro en el Tróccoli: era un gol de campeonato. Y lo fue, como, sin la menor duda, lo fue el de Cotugno en Melo ante Cerro Largo.

Y entonces, con lo del Marcopolo en Mariscala, con el golazo de Cotugno, con que después de tanto esfuerzo el floridense Rulo Varela volvió para ponerse la cinta de capitán del campeón, sentí que, mucho menos que los García, que los Caula, que los Ceretta, que los Vidal, que los Pollero, que los Martini, que los Bergara, que los Larrosa, que los Buela, que los miles de nombres y apellidos que han abonado la vida del Yuyito, yo era un poco de Racing y tenía derecho a, en mi casa, lejos de Melo, de la ruta 8 de Mariscala y hasta de La Nueva Esmeralda, entonar solo, al lado de mi teclado y con los compases de la marcha peronista, un merecido “dale campeón”.

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