Eran la una y pico de la mañana y ahí me enteré y dejé todo, revolví las redes y lo encontré. Parece una relación tóxica, según una definición contemporánea, pero veo el fierrazo impresionante, la jugada, sus caderas y el gol, el de siempre, el de nunca acabar, y sé lo que se viene.
Y dale con Pernía
Lo mío con Luis, lo reconozco, ya tiene ese tinte del sketch de Mario Sapag. Es un “y dale con Suárez” que se cuela entre los análisis de la presión alta y las transiciones rápidas. Es la insistencia del que sabe que, por más que el sistema funcione, siempre va a faltar ese “Pernía” que nos cuide el rancho o, en este caso, ese camión que nos meta el gol cuando las papas quemen.
Hace días, meses, que estoy con esa idea impracticable en mi cabeza: #LuisSuarez. Siempre único, interminable. Diez minutos le alcanzan. Siempre una le va a quedar. 39 años, ancho y con la rodilla en la mano. A un mes y pico del Mundial, el tipo entra, después de haber estado 170 minutos calentando el banco como si fuera el último de la fila, el que está ahí nada más que para completar el formulario, y hace ese terrible golazo de colección. Un fierrazo rudo pero, a su vez, hermoso. Con su carrocería pesada, los amortiguadores vencidos, sin arranque; te lo tiran por la bajada y es un camión que nunca te deja de a pie.
¿Cuál es la razón moral o ética –no técnica– que impide pensar en él para tenerlo ahí, con el número 26 de la lista, sentado en el banco con cara seria o haciéndoles chistes a los más jovencitos? Asumir la propia existencia y responsabilidad, en lugar de seguir ciegamente normas establecidas, es uno de los principios del existencialismo, pero Jean-Paul Sartre nunca fue seleccionador nacional.
El pedido tiene la insistencia como identidad: no es solo pedir a un jugador, es convertir ese pedido en un mantra que ignora la lógica del técnico. Tiene el absurdo del hincha y, además, la impertinencia recurrente. Es el derecho asumido del liceal o del veterano del mostrador, de clavar un nombre en la mesa y no sacarlo hasta que el tipo pise la cancha.
Es intentar dar en el clavo con la mecánica del hartazgo. Lo de Sapag fue magistral porque despojó al nombre del futbolista de su contexto deportivo para convertirlo en una herramienta de resistencia gramatical. Aquel “Pernía” dejó de ser el lateral de Boca para ser cualquier idea fija que te taladra la oreja. Es reconocer que uno se volvió ese personaje pesado, el que, en medio de un análisis serio sobre cómo se desenvuelve la gestión de Marcelo Bielsa de cara al Mundial, salta indisimuladamente para que todos lo escuchen y lo vean con cara de amargura existencial: “¿Y el Luis? ¿Lo vas a llevar al Luis?”.
El gran DT
El fútbol es parte de mi forja. El juego, los jugadores, los clubes, las canchas, las historias: todo se fue cargando en mi vida. Y todo empezó muy temprano, en mi etapa de crecimiento, cuando la vida me puso en el centro geográfico del fútbol. Desde Diego Lamas y Feliciano Rodríguez estaba a una cuadra del Parque Palermo, a dos del Méndez Piana, a tres del Centenario, en la capital más austral del mundo, Montevideo. La vida era fútbol y entonces no había partido que nos pasara por delante en el que no estuviéramos: pagando entrada, entrando como menores, colándonos, yendo los últimos 15 minutos cuando se abrían las puertas del estadio. Estábamos allí, viendo desde la selección uruguaya hasta el Iriarte, desde el Cabrera a Peñarol, desde Canillitas a Nacional. Y ahí, a unos pasos, siempre estaba Central.
Sé que me estoy excediendo. Sé que nada de lo que estudié, ni los 40 años de profesión, ni las horas de radio, ni las miles de crónicas masticadas me habilitan a demandar, así de pesado, la nominación de un futbolista. Me reconozco en falta: estoy fogoneando una citación como si fuera un liceal que, en pleno cenit de su omnipotencia adolescente, cree que, con un mínimo de conocimiento, puede proponer y deshacer cualquier cosa. Tenía 15 años cuando, para mí, en la selección, Juan Ramón Carrasco y Julio César Giménez debían jugar juntos sí o sí; era una verdad revelada que me permitía discutirle a cualquiera desde la ignorancia más absoluta y apasionada.
Esa misma impertinencia me asalta hoy. La formación y el rigor profesional me dicen que el director técnico manda y que los procesos se respetan, pero con Luis la estantería se me viene abajo. Es una neuralgia que no se cura con lógica deportiva. Es que Luis es nuestro Maradona –aunque el Diego jamás hubiese andado haciendo caritas con Donald Trump–; es ese pedazo de identidad que nos queda, el tipo que se barre con las dos gambas en el área de la vulnerabilidad y –no me pregunten cómo– siempre la saca redonda.
Es ahí donde la figura de Luis entra en tensión con la lógica del sistema. Suárez es la inmensidad, la fe y el gol que sobrevive al natural ocaso de las destrezas. Es el que puede resolver en un parpadeo lo que a otros, con toda la juventud del mundo, les lleva meses de manual. Es parte de ese elenco casi estable que se sabe los libretos, ese cerno que se va modificando por la biología pero que no debería rifar su espíritu. Mientras juegue, mientras sus gambas le permitan hacer algo de su juego, él tiene que estar en el plantel. Por único e inexplicable, porque habrá y hay otros mejores en el momento, como Darwin Núñez, pero ninguno como él. Mientras juegue en el fútbol de FIFA tiene que estar en la lista de cuanta competencia oficial pretenda disputar Uruguay.
Más allá de todas las razones, mis, nuestras razones y argumentos –discutibles, sí, pero irrefutables también–, siendo que la lista es de 26 y que, según comentan los “me dicen que”, Bielsa solo quería llevar 23, no cuesta nada anotar a nuestro más grande crack contemporáneo y del siglo XXI.
No sé si ustedes conocen la historia de Eduardo Martínez, de Misiones, en 1928: fue anotado en la lista de viajeros a Ámsterdam para los Juegos Olímpicos y mundiales de ese año porque José Leandro Andrade, la Maravilla Negra, no quería viajar si no le daban unos pesos. El vapor Eubbé salió rumbo a Europa con el Martínez de Misiones, pero después de que el barco ya estaba en alta mar Andrade dijo que iba y en Río de Janeiro se incorporó al Eubbé. Solo se podían anotar 22 jugadores y Andrade entró en la lista; Martínez viajó para no jugar y quedarse sin medalla de oro, pero campeón igual.
A un paso del Mundial, con la lista quemando en las manos del seleccionador, vuelvo a mi impertinente lista del liceo. Pero esta vez no es por estrangular el alambrado, es por la certeza de que en este viaje, aunque el camino sea la recompensa, siempre es mejor viajar con el que sabe cómo prender el fuego cuando la noche se pone fría.
Mientras el Gordo esté en la cancha –o aunque más no sea en el formulario–, su presencia es un seguro contra la desolación y una verdad revelada que supera cualquier sistema táctico.