Darse la cabeza contra la pared: así es el sinsentido de los sinsentidos.
Uruguay perdió el partido, la clasificación y la esperanza.
Perdió contra España 1-0 y nos sumió a todos en la más absoluta desesperanza de la que va a ser difícil salir.
Perdió cuando solo empatando por el resultado final de Cabo Verde y Arabia Saudita hubiese sido segundo; aunque, por lo expuesto en todo el campeonato, seguramente no le iba a dar para mucho más.
Hubo claramente errores de procedimiento, en el partido decisivo y en el campeonato, y aún así nos creímos que era posible, porque jugando al mango estuvimos al nivel del campeón de Europa, pero no alcanza solo con eso.
Como otras tantas veces a fines del siglo pasado y en los primeros años de este, la caída se veía venir y, entonces, claro, esa sensación de crónica de una muerte anunciada es devastadora, por más que pensemos que no es más que fútbol, que son partidos y que dentro de cuatro años habrá revancha. El campo quedó arrasado y habrá que esperar nuevos brotes con el temor y el desequilibrio de que nos costará volver a florecer.
Los cimientos, el sedimento y la caída
Hay algo que los uruguayos y las uruguayas que vivimos hoy se lo debemos, sin la menor duda, a los que ya no están y que construyeron los cimientos de la épica que ya no será modificable por el resto de los días: que haya una nación que se llame Uruguay y una representación en el deporte o en la acción que sea que esté teñida de celeste.
Todo el camino al estadio me cruzaba con terceros que al identificarme como uruguayo, me decían “hoy ganan, hoy clasifican”. Esa era la sensación externa, incluso conociendo la alta calificación futbolística de los españoles, su juego, su saber hacer. No, no ganamos, quedamos duramente eliminados y habrá que erguirse de nuevo.
Lo complejo de la situación, la tensión, el ambiente, la respuesta ante una situación muy pesada y compleja, la condición humana resolviendo un galimatías en un rectángulo de 105 por 68 y con una nación sobre sus espaldas. No siempre se puede.
El dolor
Había que ganar, y por lo menos no perder.
De los tres posibles caminos al protagonismo, Uruguay pareció que al principio se inclinó por la presión, en tanto la posesión era algo bastante descartable para el tipo de fútbol de los orientales; basar el protagonismo en contragolpes o transiciones no parece lo más lógico dada la calidad y la enjundia futbolística del rival jugando cerca del área celeste.
Cumplida la pausa de hidratación comercial para un primer balancete de las acciones del equipo de Bielsa, se puede decir que quiso presionar pero no pudo, y entonces debió pasar por oposición a la instancia de defender en su campo y salir de contragolpe.
Fuerza, concentración, entrega, espíritu: todo de parte de los futbolistas uruguayos, pero hay veces que eso alcanza y otras que no; la más mínima pérdida de concentración en una acción y la falta de perfección en su neutralización generaron el gol de Álex Baena para España cuando iban 40 minutos del primer tiempo. Claro que la macaneó Muslera, pero eso no era todo. Encima la lesión de Manuel Ugarte y un cambio obligado, una ventana cerrada para el futuro, en lo que después sería una clara mala gestión de las posibilidades de variantes, dejando un equipo asfixiado por la responsabilidad y al límite de sus fuerzas.
El árbol y no el bosque
Solucionar un problema inmediato, en condiciones de absoluta tensión y falta de tranquilidad para por lo menos atarlo con alambre o ponerle un corcho al caño que está perdiendo, no es para nada fácil. Porque el tema central era lo que había pasado en los dos partidos anteriores, en los que aun jugando mal se pudo haber ganado, y nos hubiésemos cruzado ante esta circunstancia de altísima complejidad por el rival, y por situación en tabla en otras condiciones.
El histórico cambio de golero en mundiales para Uruguay en el entretiempo fue un meteorito que dejó su marca. El ingreso de Sergio Rochet en el arco no le iba a dar el empate a Uruguay, ¿era entonces poniendo una curita en nuestro arco que podríamos haber encontrado el empate?
Uruguay se jugó, sin luces, sin desequilibrio, claro que con ganas, pero falto de casi todo, y hasta de Federico Valverde, a quien vaya a saber por qué razón Bielsa decidió sacar cuando debía entrar Federico Viñas a enriquecer el ataque. Y después nada, la nada, intentos, claro que sí, actitud, claro que sí, pero no juego, y no juego referido a jugar lindo, sino a desarrollar una estrategia colectiva para llegar a ese empate que nos hubiera dado la clasificación.
Duele, lastima, perturba, pero ya pasó y ahora hay que empezar de nuevo.