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Maximiliano Araujo, de Uruguay, el 26 de junio, en Guadalajara. · Foto: AFP

Maximiliano Araujo, de Uruguay, el 26 de junio, en Guadalajara.

Foto: AFP

Otra eliminación prematura

Redacción al margen.

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Uruguay ya había vivido esto. Y ahora que la eliminación otra vez llegó en fase de grupos, el hincha celeste siente resignación, siente bronca; calentura de la pesada. De esa que mezcla insultos al televisor, silencios largos y la certeza amarga de que la película terminó antes de tiempo una vez más.

En Qatar dolió. En Guadalajara duele distinto porque ya no se puede hablar de excepción. Se cambió de técnico, se cambiaron nombres, se cambió el tono del discurso y la metodología de trabajo, pero el Mundial volvió a cortar de golpe en el mismo sitio, quedando afuera demasiado temprano, con la sensación de que este equipo tenía algo más para dar y nunca terminó de encontrarlo cuando importaba.

Marcelo Bielsa no llegó para clasificar a Uruguay a un Mundial. Eso se daba por descontado. Llegó para ganar -o, en el peor de los casos, para evitar una noche como esta-. Durante un tramo del camino pareció que lo lograba, Uruguay empezó su ciclo jugando formidablemente, ganando acá y allá. Ese relato del cambio se escribió en las Eliminatorias, después tuvo una Copa América llegando a semifinales. Pero cuando creíamos que el futuro ya había empezado, este Mundial vino a recordarnos que la realidad no siempre va al mismo ritmo.

Contra España, Uruguay no fue un desastre. El desastre empezó antes, en los empates con Arabia Saudita y Cabo Verde. Esos eran los partidos para ganar. Y con uno alcanzaba para hoy estar hablando de otra cosa. En las tribunas prácticamente no había cuentas para hacer, ya no hacía falta mirar otros partidos: ganar o morir. Y ya fue: la vuelta a casa empezó mucho antes de subir al avión.

La generación que llegó a 2026 con la espina de Qatar se va con otra más. Son futbolistas acostumbrados a competir en la élite, rodeados de discursos de renovación, de discursos de identidad, de esa frase repetida de que “Uruguay compite siempre”. Dos mundiales seguidos saliendo tan rápido pesan más que los números porque instalan una duda nueva sobre una selección que se creía vacunada contra la irrelevancia.

Bielsa defendió a sus jugadores hablando de situaciones creadas, de matices, de partidos que se pudieron ganar. No mintió. Pero el Mundial tiene una crueldad simple: todo lo que hiciste durante cuatro años entra en el resumen de tres partidos. El resto se queda en las evaluaciones internas y en la memoria de los Funes. Para el resto, el hincha raso como un soldado, el que nunca abandona, solo importa quién sigue y quién se va.

El consuelo es que el hincha uruguayo va a seguir creyendo. No porque sea ingenuo, sino porque no sabe vivir el fútbol de otra manera. Lo que sí empieza a reconocer es que esto ya no sea un accidente aislado, sino una advertencia insistente sobre el lugar que ocupa Uruguay en el fútbol de hoy.

Entre Qatar y Guadalajara hay casi cuatro años de distancia. En un calendario es muchísimo. En la memoria del hincha uruguayo, en cambio, fue apenas un suspiro. Porque los mundiales tienen esa forma extraña de medir el tiempo, pueden pasar 1.460 días y aún así hacer sentir que la misma historia acaba de ocurrir otra vez. Esta vez no dolió solo la eliminación. Dolió descubrir que el recuerdo de Qatar no era un recuerdo. Era un aviso.

Llegamos al Mundial persiguiendo la gloria y terminamos trasquilados. Al salir del estadio las conversaciones eran mínimas, apenas frases cortas que no alcanzaban a sostenerse en el aire, los celestes caminaban mirando el suelo. Muchos llevaban la bandera enrollada en la mano, no al viento.