El delantero francés Kylian Mbappé, durante la pausa de hidratación en el partido del Grupo I del Mundial de 2026 entre Francia y Senegal en el estadio New York/New Jersey en East Rutherford el 16 de junio de 2026.

Foto: Franck Fife, AFP

Pausas de hidratación en el Mundial 2026: ¿cuidar a los futbolistas o vender más anuncios?

La FIFA justificó el cooling break como una forma de cuidar a los futbolistas, pero esos tres minutos exactos por tiempo se convirtieron en el lugar ideal para que la televisión haga lo suyo: interrumpir el juego vendiendo autos híbridos, casas de apuestas, bebidas energéticas y televisores más grandes para la próxima pausa | Redacción al margen.

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El partido llega a los 22 minutos, el árbitro pita, levanta las manos y corta el mambo. Los futbolistas se dirigen al banco de suplentes, buscan botellas de agua; los entrenadores forman un círculo de conspiración táctica y, en algún lugar del planeta, un gerente de programación sonríe: sabe que tendrá tres minutos para vender.

El agua es la parte más fácil de esta discusión. Nadie en su sano juicio puede estar en contra de que un futbolista que corre de promedio más de diez kilómetros por partido bajo el calor del verano norteamericano tenga un momento para recuperarse. El problema empieza cuando uno descubre que hacen trampa y esa pausa ocurre dentro de un estadio climatizado —o, peor, en partidos de Libertadores en pleno invierno sudamericano—.

Estamos todos tomados. Durante décadas, el negocio ha ido conquistando los alrededores del juego. Se mete en las camisetas y sus mil variantes, rebautiza estadios con impunidad verde dólar, llena las conferencias de prensa de patrocinadores y transformó las redes sociales en una góndola de ofertas. Pero había una frontera que parecía inviolable: los 90 minutos.

La televisión podía esperar. Esperar un saque de banda, el entretiempo, el pitazo final. La pelota era la mandamás que marcaba el ritmo y el resto obedecía. Hasta ahora. Por primera vez en la historia de una Copa del Mundo, el fútbol tiene una ventana oficial pensada para que la televisión haga lo que mejor sabe hacer: vender. Mientras el 5 se hidrata y el DT corrige algo, las pantallas se llenan de anuncios. Los genios del marketing tienen una expresión elegante para esto, “inventario de atención”, pero la frase suena a oficina con aire acondicionado y no a un deporte que durante un siglo se jugó en campitos, calles y canchas donde la gente iba a olvidarse de su mundo por un rato.

El cambio, además, modifica algo más íntimo, si se quiere, que es la propia naturaleza del partido. No es para justificarlo, pero el fútbol siempre fue cruel y cuando un equipo estaba jugando mal, debía encontrarle la vuelta por su cuenta. El DT podía gritar, hacer señas desesperadas desde la línea, pero no tenía el derecho de detener el presente. Ahora, el técnico tiene una reunión de emergencia en medio del incendio.

No todos miran esta novedad con entusiasmo. Jürgen Klopp fue uno de los más duros: acusó a la FIFA de convertir al fútbol en rehén de intereses comerciales y sostuvo que las pausas se parecen más a una concesión para patrocinadores que a una verdadera medida sanitaria. Mauricio Pochettino, actual DT de Estados Unidos, fue menos drástico, pero igual de claro. El argentino comentó que si el calor es extremo, la pausa es necesaria; si se juega a 21 o 22 grados dentro de un estadio acondicionado, detener el partido deja de tener sentido. En una línea similar se expresaron otros entrenadores como Ståle Solbakken, técnico de Noruega, que cuestionó que estas interrupciones alteren el ritmo natural del juego.

Los defensores del cooling break, en cambio, tienen sus argumentos. El fútbol siempre cambió. En ese devenir fue aceptando los cambios de jugadores, las tarjetas, la tecnología de gol y el VAR. Los futbolistas corren más, juegan más partidos y son sometidos a exigencias físicas que hace 50 o 100 años parecían imposibles. Pretender que el deporte permanezca congelado en una fotografía antigua también es una forma de nostalgia. Pero no todos los cambios responden a la misma pregunta. Algunos aparecen para mejorar el juego. Otros aparecen porque alguien encontró una manera de vender un espacio que hasta ese momento pertenecía exclusivamente a la pelota. Ahí está el verdadero debate.

No es una pelea entre románticos que añoran el fútbol de antes y modernos que aceptan cualquier transformación. La cuestión es otra: cuando se para el partido en el minuto 22, ¿el fútbol está cuidando a sus jugadores o está descubriendo que hasta el tiempo puede tener precio? ¿Hasta dónde se puede cortar un partido para venderlo de a 250 gramos? ¿Qué dicen los jugadores, lo seguirán permitiendo? ¿Cuánto falta para que alguien se pregunte si todavía estamos viendo fútbol? ¿Los hinchas ya no son los dueños del fútbol? Y vos, ¿ya cambiaste el televisor para ver el próximo cooling break?