El Mundial te atrapa, te devora, te imanta, te absorbe. De los primeros 24 partidos de este nuevo torneo de 48 selecciones –algo menos de un quinto de las asociaciones nacionales reconocidas por la FIFA– asistí en forma completa a 21 de ellos y, con expectativa y gusto, vi encuentros que en ninguna otra circunstancia captarían mi atención durante dos horas, como Suiza-Qatar, Haití-Escocia o Irán-Nueva Zelanda. De los tres que no completé, dos fueron de madrugada, cuando entendí que irme a acostar más allá de las dos de la mañana ya era algo muy malo para mi vida; el otro lo desatendí cuando Alemania tomó la ventaja suficiente sobre Curazao, por lo que seguí trabajando y orientando mi tarea.
Ninguno de los 24 partidos que abrieron este Mundial se pudo resolver en el primer tiempo. Y aunque no he revisado los números al detalle, seguramente la mayoría de los encuentros llegó a su resolución casi definitiva recién en el último cuarto de hora. Por lo tanto, la hipótesis de quienes denostaban el alto número de participantes, bajo el argumento de que bajaría el nivel y de que estos partidos no serían más que meros calentamientos para que las potencias empezaran el torneo en la fase de 32, queda desbaratada.
Ahí está la dignidad de los países periféricos, los que la aristocracia del fútbol mira de reojo desde el palco de la comodidad. En la cancha, esos que parecían invitados de relleno te clavan un bloque bajo, te muerden en cada rincón y te obligan a masticar el partido hasta el minuto 90. Es la misma rebeldía que conocemos bien en nuestras canchas pobres, donde el favoritismo de los nombres grandes se diluye cuando hay que meter la pata y pelear cada pelota como si fuera –que es– la última.
Hace unos días los invité a discutir y pensar este Mundial de 48 selecciones, sosteniendo la idea de que no había que descalificarlo antes de verlo. Mirándome el ombligo, pero ejerciendo el pensamiento crítico y utilizando la capacidad de cambiar una idea establecida por otra sin que ello implique ser incoherente, los invitaba a dudar y a mirar de frente las hipótesis sobre cómo resultaría este torneo. Como eje esencial, planteaba que era imposible tener una opinión formada sobre este nuevo sistema sin haber tenido ninguna experiencia previa. Me exponía planteando, a riesgo de fallar cuando la pelota empezara a rodar, que esta podía ser una forma justa y ecuánime de darle competencia a buena parte de las naciones reconocidas por la FIFA.
Así ha sido en la cancha y seguramente también fuera de ella. No ya en las tribunas, donde debido a los filtros económicos –los elevados costos de las entradas, los viajes y la ecuación de gastar mucho y no pasarla bien–, de visados y hasta de persecuciones casi xenófobas en la apertura de fronteras para algunas comunidades, ha existido una elitización y una exclusión hacia el grueso de los pueblos, pero sí se ha visto durante dos horas o más en cada una de las naciones que, aunque más no fuera a través de la pantalla o de las radios, conectaron con su camiseta en estos primeros partidos mundialistas, ajenos al gran negocio de los de arriba.
Se normaliza la barbaridad, pero cuando empiezan los partidos estamos ahí porque es lo que nos mueve, lo que nos gusta. Son los reyes del fútbol y la magia del juego, que nos sorprende y nos paraliza mientras, cada cuatro años, la pelota corre por las canchas.
Son años
Hay una sedimentación histórica en la construcción de este espectáculo mundial que tiene como eje central la cancha y los partidos de fútbol, pero que trasciende abiertamente esa delimitación de 100 metros por 70. De no ser así, no quedaríamos imantados por un evento puntual donde prima la injusticia y la impunidad a la vista de quien quiera verlo; un negocio que se disfraza de competencia pura pero que, en el mundo capitalista, lo único que busca son mayores ganancias y un éxito que solamente alcanzará a los poderosos, mientras se refleja apenas como un espejismo en las vidrieras de nosotros, los pobres.
Ese espejismo es una trampa infalible: nos vende una ilusión de pertenencia empaquetada para el consumo masivo, haciéndole creer al hincha de a pie que es parte de un banquete del que, en realidad, solo es testigo remoto. La sociedad capitalista en la que vivimos transforma todo en oportunidad de negocio, donde lo único que vale es el dinero y el poder, y solo se respeta el éxito, que para ellos pasa por ganar.
Mientras los millones se mueven en los escritorios de Zúrich o en los palcos blindados de las potencias, la verdad de esa pertenencia se dirime en otra parte. Se nota en la resistencia de la memoria cotidiana: el niño-muchacho que junta las figuritas sentado en el cordón de la vereda o el veterano que estira la noche frente al aparato aprontando el mate, ajenos por completo a los derechos de televisación. Ellos no compran el negocio; defienden su propia porción de historia a través de una pantalla o una radio, desarmando la lógica del capital con el cuero duro de los que saben que el sentimiento no se cotiza en la bolsa.
Poniendo los zapatitos
Pero ahí estamos. Es una suerte de 5 de enero que se convierte en el día de la marmota durante un mes, esperando por la ilusión y la alegría. Es como que, a pesar de saber la verdad, todos los días ponemos los zapatitos. Y no solo somos quienes estamos cubriendo periodística y críticamente el evento, sino que asumo que somos millones los que día tras día vamos, al decir de Eduardo Galeano, mendigando un buen trato de fútbol por el amor de Dios.
Lo sabemos. Donald Trump está montando un espectáculo del que no es merecedor y que genera controversias, desilusiones y rechazo. Porque, en definitiva, la FIFA de Gianni Infantino le ha montado el circo en su terreno.
Pero mientras acomodo los zapatitos y busco pasto para los camellos de cara a una nueva jornada, vale la pena revisar y subrayar que la competencia ha sido de un altísimo nivel. Hubo por lo menos 44 selecciones que en su primera fecha estuvieron a la altura de una competencia de élite y que, por lo tanto, les cerraron la boca a todos aquellos que pensaban que la irrupción de naciones que la soberbia centralista condena al anonimato iba a bajar el nivel del más grande certamen del fútbol.
De fiesta
Cerremos con un muestreo que, a sabiendas de que no llega al mínimo indispensable como para alcanzar comprobaciones reales, servirá por lo menos por una semana para poner en cuestión los discursos agoreros y descalificadores de la presencia de tantos seleccionados. En particular, de algunos nuevos o no tan conocidos que han podido exponer en el campo expresiones futbolísticas acordes con la capacidad de sus rivales o con la coyuntura del encuentro.
La mayoría de los partidos ha sido de una enorme dinámica, con colectivos a la altura del mejor fútbol, acomodándose a su condición de protagonista o antagonista y dando vuelta, en el correr de los minutos, su rol, pasando de ser un supuesto relleno a transformarse en sorpresa. El partido que le hizo Cabo Verde a España, el de Congo a Portugal, el de Arabia Saudita a nosotros y tantos otros son el renglón a revisar para quienes no presagiaban paridad.
Está lindo el Mundial: el de las canchas, el del juego, el de los pueblos. Lo otro –que sí, también es Mundial– es feo, incómodo y hay que atenderlo, pero por ahora la guinda, la camiseta y los jugadores nos están dando la fiesta.
