Hay partidos de fútbol que no terminan nunca porque se mudan enteros a la memoria popular, con la prepotencia de los mitos que se hamacan entre la trampa y el milagro. El 22 de junio de 1986, en el cemento hirviente del Estadio Azteca, Argentina e Inglaterra jugaron bastante más que un pase a las semifinales de un Mundial. Fue el día del gol más maravilloso del mundo, de la corrida infinita del barrilete cósmico y de la picardía de la mano de Dios. Pero también, en el reverso de la épica de Diego, fue la tarde del descuento de Gary Lineker y de aquella nuca salvadora de Julio Olarticoechea, que se estiró en el aire como un milagro laico para evitar un empate que hubiera cambiado la historia. Es en ese territorio de tensiones humanas, y no en el mero bronce de la pantalla grande, donde el largometraje documental busca desentrañar el pulso dramático de noventa minutos que todavía nos siguen interpelando.
Exactamente antes de que se jugaran las semifinales de la Copa del Mundo de este 2026, ya de regreso en estas tierras, vi una película. Como me suele suceder con estas cosas que escarban tan hondo, terminé llorando con un nudo en la garganta, apenas soportando el peso de los créditos en la pantalla, la música del final y el asalto limpio del recuerdo.
La película era El partido. El documental de este año, basado en el formidable libro de Andrés Burgo, refiere justamente a aquel histórico, épico y para siempre inolvidable enfrentamiento en el Estadio Azteca por los cuartos de final del segundo Mundial mexicano. Me había llegado —pienso que por la mano de Dios— en la madrugada a mi Whatsapp, a través de un reservorio ruso de dudosa procedencia que no logró detener mi acción de descarga, vencido por el enorme imán de aquel partido de Maradona; de aquel encuentro y desencuentro definitivo de los argentinos con los ingleses.
La película es una obra de arte de principio a fin. Encuadrada con seriedad, con emoción y con las voces del tiempo y de los propios protagonistas, coloca aquel partido del Estadio Azteca en el antes y el después de los encuentros y desencuentros entre argentinos e ingleses. Pero tiene su punto culminante, el que marcará una época en ese mediodía de México y, fundamentalmente, en aquellos goles de Diego Armando Maradona: el del barrilete cósmico —la maravilla más grande de la historia del fútbol— y el primero, el de la mano de Dios.
Todo fluye, todo converge. Están las voces, los rostros y las emociones de los compañeros de Maradona y de Bilardo en aquella gesta, pero también están las reacciones, la sensibilidad y los enojos de sus rivales. Aparece el más directo, el más afectado, el más hosco y digno representante de la flema inglesa, Peter Shilton; y también otros mucho más sueltos, que logran conectar con nuestra propia emoción, como el gran goleador Gary Lineker o John Barnes, el hombre que casi cambia el destino de la tarde con sus desbordes. Se trata de un documental cuidado, informado y estudiado, que deja traslucir las emociones del fútbol, de la guerra y de la vida.
Entonces, ¿cuál podría ser la razón por la que termino llorando con la garganta anudada, angustiado frente a la pantalla? Quizás sea porque ese mediodía caluroso del 86, que para nosotros era el invierno de las radios pegadas al oído en el fondo de las casas de Florida o en el patio del liceo, representaba la última frontera de la inocencia. Detrás de la pelota que Diego hamacaba entre los terrones del Azteca, venía empujando el dolor todavía fresco, la llaga viva de una guerra absurda que apenas cuatro años antes se había cobrado la vida de pibes de nuestra misma edad. La película nos devuelve, con una nitidez que lastima, esa reparación simbólica, imposible pero real, que el fútbol inventó para que la muerte no tuviera la última palabra.
Al final, con la garganta anudada, las lágrimas cayendo y reflejándose en la pantalla, entiendo que mis emociones son por recordar aquellos tiempos malos y buenos, por sensibilizarme ante la epopeya de Maradona, Bilardo y sus compañeros, por sentir en la piel también la tragedia griega de los ingleses, absolutamente ajenos a mi vida y a mi forma de ser, pero plasmada en un campo de fútbol que conozco de memoria.
Al final, con el silencio de la casa y el desvelo a cuestas, solo me queda pensar: qué maravilla el partido, qué maravilla la película, qué maravilla Maradona, qué maravilla la vida.
