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Celebraciones tras la victoria de Argentina contra Inglaterra, el 15 de julio, en Buenos Aires. · Foto: Luis Robayo, AFP

Celebraciones tras la victoria de Argentina contra Inglaterra, el 15 de julio, en Buenos Aires.

Foto: Luis Robayo, AFP

Argentina finalista vista desde Argentina

En la mezcla de sudor, memoria y las Malvinas, un hincha le da las gracias a una selección que le recordó por qué el fútbol sigue valiendo la pena.

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El tipo se saca el corazón y lo deja. Lo deja en el suelo de su barrio, lo deja en los cabellos de su nietería, lo deja en la frente de Lautaro Martínez; lo deja en las gotitas de sudor infinitas y argentinas que van a regar, para todos los porvenires, el césped hermoso de un estadio yanqui. Lo deja en las medias inspiradas de Enzo Fernández. Lo deja para que moje la palabra coraje.

Lo deja, sobre todo, ahí, en la palabra coraje, en el corazón, en la conmoción que le hierve en los huesos, que le recuerda que ser valiente en el fútbol es atreverse a jugar, a combinar la inteligencia con la imaginación y con la técnica para no rendirse, que le confirma que ser excelente en la victoria es difícil, pero ser excelente en la adversidad es más difícil, es sublime, es mitológico, es hermoso.

Lo deja, el tipo, al corazón, pobre corazón agotado. Rico corazón por este día entre los días, corazón que viaja al pasado que nunca se esfuma y se llama Diego, más que nunca Diego, porque enfrente andaba Inglaterra. Corazón que entiende que lo que acaba de ocurrir es exactamente la historia.

Lo deja el tipo al corazón, pero lo deja desbordado porque un grupo de muchachos le entregó a su patria, esa patria con frecuencia castigada pero dulcemente labrada a pelotazos, una alegría que no hay modo de romper, de olvidar.

Lo deja al corazón mientras interpreta que su estremecimiento es de fútbol pero, en el suelo barrial y en la cara de sus amistades en grito, hay una bandera con el sustantivo Malvinas.

Lo deja al corazón en cuanto advierte que también deben estar dejando sus corazones tirados los papás y las mamás que llevaron a estos pibes campeones a latir en una cancha anónima y a construir sus corazones gigantes. Gigantes como el corazón deportivo de Messi.

Lo deja al corazón el tipo, ya que a un corazón, a un buen corazón, al corazón futbolero que el tipo ahora deja, no le puede pasar nada que le dé más orgullo, que le recuerde por qué el fútbol.

Y, cuando lo deja, les dice gracias a esos muchachos, gracias, corazón.