Hay momentos en que el fútbol deja de ser un juego de hombres de ceño fruncido y vuelve a ser la patria de la infancia. Para Lautaro Martínez, este gol no es una estadística más, sino el desahogo de un niño que juega en el baldío. “Desde que empecé a jugar al fútbol, desde que mi papá me transmitió el amor por este deporte, siento que esto es algo increíble. Jamás imaginé vivir estas sensaciones dentro del cuerpo, jamás”, confiesa el delantero, conmovido, buscando los puntos de referencia más sagrados de su mapa afectivo.
El nacimiento de sus hijos, esos quiebres absolutos que cambian la perspectiva de la vida, son los únicos hitos que le permiten dimensionar la felicidad de este presente. El Mundial de Qatar le dejó enseñanzas duras, de las que se mastican en el silencio del banco de suplentes, pero el nacimiento de su segundo hijo terminó de acomodar las estanterías de su cabeza.
Hoy, Lautaro juega y disfruta con la liviandad del escolar que sale al recreo, pero con la contundencia de un goleador implacable.
Pero la carga dramática de la tarde no era una más. No se trataba únicamente de sellar el pasaporte a otra final del mundo; el destino había puesto enfrente la camiseta de Inglaterra, con toda la carga histórica, cultural y afectiva que ese duelo despierta en la memoria colectiva rioplatense. Aunque el plantel intentó colocarse al abrigo del ruido de la calle, de las especulaciones mediáticas y de la inevitable ebullición política que rodea a este clásico, dentro de la cancha la procesión iba por otro lado.
“Se jugó con el cuchillo entre los dientes, sabiendo que era un partido especial, de esos que se ganan con el temple y el orgullo de pertenecer a una tierra que no olvida. Sin duda, por eso te digo que, más allá de que nosotros nos tratamos de aislar de todo lo que se decía, de todo lo que se hablaba, de todo lo que generaba este partido fuera de la cancha, nosotros lo vivíamos como un partido especial y lo tratamos de jugar de esa manera. Y gracias a Dios, hoy podemos estar festejando la victoria y el pase a otra final del mundo, que es una locura”. El festejo final, desatado sobre el césped, fue el desahogo lógico tras haber superado una barrera que trasciende lo estrictamente deportivo.
Parecería que a este grupo ya no se le puede exigir nada más, que han vaciado el tanque de la gloria y que la vitrina está colmada. Sin embargo, cuando la pelota se detiene y el silencio de la concentración permite pasar raya, ellos mismos se desafían a dar un paso más. No hay conformismo en un vestuario que ha hecho del esfuerzo su principal combustible.
“Es muy fuerte todo esto, sinceramente. Nosotros también, a veces, cuando paramos la pelota, pensamos en qué más podemos dar, y siempre un poquito más. Y ahora queda recuperar las energías, disfrutar todo esto, porque es algo increíble, y preparar la final, que va a ser algo hermoso, nuevamente vivirlo y, bueno, ahí sí, ojalá que podamos terminar con la alegría completa, lo que todos queremos”.
Lisandro y Simeone
Lisandro Martínez, el entrerriano de Gualeguay, bajó la tensión del partido con una frase que captura el momento: “Siento orgullo al vestir esta camiseta. Sabíamos la magnitud de este partido y desde el minuto cero lo fuimos a buscar. Lo que hicimos hoy fue historia y un mimo a cada argentino”.
En Atlanta, la victoria, trabajada con el cuchillo entre los dientes junto con el Cuti Romero, no se quedó en el vestuario. “Somos todos argentinos en este momento; lo que ellos pasan, lo que ellos viven, acá también se siente”, dijo el defensor de Manchester United, borrando de un plumazo los kilómetros que separan el Mercedes-Benz Stadium de las esquinas desbordadas en el país. Ahí aparece la idea de un fútbol que deja de ser táctica para convertirse en estado de ánimo colectivo.
En medio del festejo y la locura por el pasaporte a la final, Lisandro se reservó un segundo para mirar más allá de la euforia: “Les pedimos que se cuiden”. El ex Defensa y Justicia pensó en el pibe que sale a la calle y en las familias que se vuelcan a celebrar, y eligió subrayar responsabilidad y conciencia para que la alegría no se tiña de desgracia. Un llamado a la unión civil en tiempos en que la felicidad compartida funciona como la única tregua posible.
Giuliano Simeone apareció como titular casi de sorpresa en la semifinal, pero condensó en sus palabras el recambio y el legado que atraviesan a esta selección. Hijo del Cholo, nacido en Roma y forjado entre Zaragoza y la primera división española, a sus 23 años camina con luz propia en la celeste y blanca y entiende que el fútbol, antes que vitrina individual, es construcción colectiva sostenida en el esfuerzo silencioso de los que corren cuando las cámaras apuntan a otro lado.
Tras la remontada y el 2-1 que metió a Argentina en la final del mundo, Giuliano eligió alejarse del casete del declarante profesional y poner el foco en los mayores: “Son ellos, los referentes que ya han librado mil batallas, quienes bajan el mensaje a los más jóvenes; a los que recién llegan a los entrenamientos con la ilusión escolar de cumplir el sueño de defender la camiseta de su país. Para los que recién empiezan a desandar este camino, el agradecimiento es eterno”.
La unión aparece como su palabra clave: “Entran cinco cambios, entran mejor que los que salen fatigadísimos porque dejan todo por la camiseta, dejan todo por los colores, por la bandera, y la verdad que eso es un orgullo enorme”, resume el italiano criado en España pero con el alma puramente argentina. Cuenta que todavía no habló con su padre pero ya recibió una foto del Cholo con la camiseta de la selección, gesto silencioso que funciona como traspaso de antorcha y cierra la escena: en Atlanta, la semifinal no solo dejó un resultado, dejó una herencia en movimiento.
