El sol de la mañana cae sobre Chichén Itzá. La pirámide de Kukulkán se levanta como un faro encendido en medio del espacio. Pululan turistas que avanzan como en círculos, como ganado con gorras y botellas de plástico, alrededor de un edificio que fue calendario, templo y amenaza, todo al mismo tiempo. Nadie tiene el mapa completo en la cabeza, apenas saben que la sombra de la cabeza de serpiente emplumada desciende en los equinoccios, que aquí hubo sacrificios, que esto fue alguna vez el corazón de un mundo gigante. Yo también vine así, con la curiosidad encendida y la cámara lista. Sin embargo, me atrae otra cosa. Hay algo en la forma en que las piedras siguen en pie que me hace pensar en otro sitio arqueológico. Uno nuestro, bien nuestro: la selección celeste.
Uruguay también tiene sus pirámides. Están levantadas en fechas: Colombes 1924, Ámsterdam 1928, Uruguay 1930, Brasil 1950. No se pueden tocar, ya fueron, ya están, pero sostienen una identidad con la misma potencia que estos bloques de piedra sostienen el horizonte de la península de Yucatán, donde los mayas fueron grandes, ya fueron, ya están. Cada generación vuelve a ellas buscando una explicación de sí misma. Algunos encuentran orgullo, otros encuentran un peso imposible de cargar. Pero nunca, nunca, nunca pasa desapercibido.
Parado en Chichén Itzá y ante la admiración por todo esto, siento la necesidad de decir que hay una diferencia entre una ruina y un montón de escombros. Los escombros son el resto de un derrumbe. Las ruinas, en cambio, de alguna manera continúan organizando el paisaje –o una forma de organizar la historia–. Aunque hayan perdido su función, todavía ordenan la mirada de quienes llegan después. Chichén Itzá ya no gobierna un imperio, y sin embargo obliga a millones de personas a destinar sus caminos para verla. Nadie cruza medio mundo para visitar un edificio cualquiera.
Con Uruguay pasa algo parecido. Desde hace años escuchamos que vive de recuerdos. Que las cuatro estrellas pesan más que el juego. Que el Maracanazo ya no gana partidos. Todo eso es cierto y, al mismo tiempo, insuficiente. Porque la historia nunca tuvo la obligación de ganar el próximo encuentro. Su función es otra: recordar de qué fue capaz un pueblo.
Hay quienes creen que la historia vence. En realidad, la historia resiste.
Mientras caminaba entre las ruinas mayas pensaba que nadie les exige a estas piedras demostrar que siguen siendo una potencia. Nadie les pide construir otra pirámide para justificar la anterior. Basta con que permanezcan, con estar ahí y ahora. Basta con que desafíen el tiempo. Pero también basta con identificar que esto es fútbol, y en el fútbol somos mucho más crueles. Tratamos el pasado como si tuviera fecha de vencimiento. Cada eliminación parece borrar un Mundial. Cada generación que fracasa parece reescribir la anterior.
Pero la historia no funciona así
Uruguay perdió el prestigio deportivo que tuvo durante muchos períodos. Sería ingenuo negarlo. Hace dos copas del mundo que no pasamos la fase de grupos. Queda lejos, incluso, el proceso de Óscar Washington Tabárez. Se decía que era fácil, que así cualquiera, que con esos jugadores cualquiera. Eso es mirar el árbol. El proceso del Maestro fue más, ordenó la escalera desde la sub 15 a la mayor, clasificó a la mayoría de los mundiales juveniles y mayores, fue cuarta en Sudáfrica 2010, quinta en Rusia 2018, levantó una Copa América que creíamos perdida, devolvió la identidad –bien valorada, no a precio de souvenir símil maya–. Al final, ni fue tan poco ni tan fácil, ¿cierto? Ahí está, como las ruinas mayas. Perenne en el tiempo, por no decir que el camino es la recompensa.
Pasó el Mundial con más selecciones de la historia y nos duchamos antes de tiempo. Duele. A quienes más les duele es a los jugadores. Respetemos a los jugadores. Eso es innegociable. Después sí, podemos analizar que la selección ya no intimida como antes, ya no consigue las buenas actuaciones y los resultados de antes.
Me cuesta comprar ese discurso según el cual Uruguay “ya fue”. Lo dicen como si la grandeza fuera un producto perecedero, como si el calendario pudiera anular los hechos. En Chichén Itzá uno entiende que el tiempo destruye edificios, pero también selecciona cuáles merecen permanecer. De miles de ciudades antiguas no quedó nada. De esta quedaron las pirámides. De miles de selecciones que alguna vez fueron importantes apenas sobreviven estadísticas. Uruguay sigue siendo una referencia inevitable cada vez que se cuenta la historia del fútbol.
No alcanza para ganar un Mundial, es cierto. Ni siquiera alcanza para clasificar a dieciseisavos. La memoria no hace goles. Hay derrotas que duelen por el resultado y otras que duelen porque modifican el espejo que somos. Uruguay no quedó afuera solo porque no ganó un partido. Quedó afuera porque durante el Mundial le costó reconocer(se en) esa costumbre tan nuestra de volver incómodo un partido para cualquiera. La celeste fue correcta cuando históricamente había sido incómoda.
Al salir del predio miré una vez más la pirámide. Seguía rodeada de turistas. Algunos parecían entender lo que estaban viendo, otros sacaban fotos para mirar en el teléfono. La piedra, impoluta, indiferente a esa diferencia. Ha sobrevivido demasiado como para necesitar aprobación.
Uruguay debería hacer lo mismo. Jugar mejor, obvio. Volver a competir, claro. Recuperar el prestigio deportivo perdido. Pero por favor: sin pedir disculpas por nuestra historia. Las civilizaciones no pueden renegar de sus ruinas. Las estudian, las cuidan y construyen desde ellas. Tal vez esa sea la tarea nuestra. No vivir del pasado, tampoco esconderlo, sino entender que hay herencias que no deben ser refugio, sino cimientos.
Porque las ruinas no son el lugar donde una grandeza termina. Son el lugar donde una grandeza demuestra que, incluso después de caer, sigue siendo imposible de ignorar.