Federico Viñas el 13 de junio en conferencia.

Foto: José Luis López Soto

“Uruguay es cuatro veces campeón del mundo”

Viñas y la vieja verdad celeste en un mundo lleno de bla bla bla | Redacción al margen.

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Hay preguntas ambiciosas y hay respuestas que sirven para abrir puertas. Federico Viñas encontró una de esas cuando un periodista mexicano le preguntó por qué Uruguay debía ilusionarse con este Mundial. A la pregunta, grande, inmensa, Viñas respondió como si no hubiera ninguna pregunta. A Viñas le pidieron un motivo para ilusionarse con Uruguay en este Mundial, no habló de mapas de calor, ni de presiones coordinadas; lejos de este fútbol moderno que presume de un vocabulario de laboratorio que ahora parecen decirlo todo, Viñas se puso pillo. Ojitos chinos, mueca cómplice, frente levantada, mucho vestuario. Viñas habló desde la tribuna, como se contesta en el alambrado de un club de barrio, sin pizarras ni modelos de juego, una respuesta tan simple como categórica: “Porque Uruguay es cuatro veces campeón del mundo”. Después sonrió, un gesto entre pícaro y orgulloso, como quien sabe que acaba de tirar una verdad antigua en un mundo lleno de bla bla bla.

Hay algo casi ingenuo y, al mismo tiempo, ferozmente lúcido. Un jugador que nació hace nada, que creció viendo mundiales en televisores planos y smartphones, invoca títulos que conoce por relatos. Y, sin embargo, cuando se le pide que explique la fe de un equipo —que bien puede ser la de un país—, no saca el cassette ni la jerga higienizada de los galanes . Dice “cuatro veces campeón del mundo”, como si bastara con escribir una línea en el cielo. No es una trampa semántica ni un capricho de vestuario: en Montevideo, en París y tantos lados, ya se escribió, se discutió y se documentó hasta el cansancio que París 1924 y Ámsterdam 1928 también fueron mundiales organizados por la misma FIFA que hoy vende parches dorados. Pero Viñas, tan lúcido como ingenuo, no cita bibliografía: lo dice con todas las letras.

Luego, como en un ejercicio de obediencia, completa la frase con el presente que buscaba el periodista —Francisco Paco Arredondo—, porque el delantero tiene tanta habilidad emocional que se pone pillo pero a la vez respeta el micrófono: “Hay una camada muy importante de jugadores, jugadores que juegan en los mejores equipos del mundo, y también hay una unión en todo lo que es el grupo”.

Me gusta. Primero el altar, después el vestuario; primero el mito, después el currículum. En esa superposición conviven, como caras de una misma moneda, dos países que a veces parecen no hablarse, el Uruguay que se mira al espejo de las estrellas bordadas y el Uruguay que arma listas de convocados con futbolistas dispersos por Inglaterra, España, Italia, México, Brasil. Viñas, sin saberlo, es un punto de sutura entre esas dos verdades —aunque parezcan mitologías—.

Y me pega en el pecho. Porque escucharlo en Playa del Carmen me regocija, primero, y a la vez me da una tranquilidad casi doméstica, afectiva. “Ta loco”, pienso enseguida; “ta hermoso”, me dice el diablito del otro lado. Y me quedo marcando ocupado tratando de digerir todo lo que quiso decir, y aunque sé que despierto porque me veo preguntándole qué sé yo de lo que le pide el entrenador en las prácticas, estoy ido, confundido por maravillado, porque lo que acaba de hacer Viñas es una demostración de puro carácter.

Cuando dice que hay que ilusionarse “porque Uruguay es cuatro veces campeón del mundo”, no está debatiendo con la FIFA ni con los revisionistas de turno; está diciéndose a sí mismo, y a quienes lo escuchan, que forma parte de una historia que empezó mucho antes y que, cree él, seguirá después. Porque la ilusión de Uruguay es eso: un juramento íntimo de continuidad, una forma de prometer que, mientras haya once celestes en cancha, todo puede volver a pasar.