Ni la garra charrúa ni el tiki-taka. La selección uruguaya parece ser la víctima predilecta de un fútbol que cada vez se ve más afectado por una realidad inmodificable: la modernidad.
Que el mundo ha cambiado es una realidad tan obvia como que el cielo es celeste. Cambió la forma en que trabajamos, en la que consumimos y en la que vivimos. Todo ha cambiado. Y el fútbol no es la excepción.
Los números han pasado a ser protagonistas del deporte: expected goals, PPDA, expected assists pasaron a ser conceptos cotidianos. Podríamos decir, sin miedo a equivocarnos, que el fútbol se modernizó. Los futbolistas –comparados con sus antecesores– parecen ser armamento altamente desarrollado: cada vez más veloces, más técnicos, más potentes. Y si hablamos de modernidad, es imposible ignorar uno de los aspectos más importantes que ha traído el siglo XXI: el aumento de la migración.
Por raro que parezca, los flujos migratorios han traído un fenómeno cuyo impacto está siendo percibido en esta Copa del Mundo. Son 289 los futbolistas “extranjeros” con los que cuenta esta edición del certamen, cerca de un cuarto del total. Hay países que cuentan con tan solo un integrante nacido en su territorio, como Curazao. Nuevas potencias creadas a partir de la diáspora, como Marruecos. Selecciones que supieron ser hegemonías colonialistas viendo cómo nuevos perfiles de futbolistas aparecen en sus filas, como Francia o Inglaterra. Selecciones africanas aprovechando el talento formado en Europa para ser cada vez más competitivas, como Senegal o Costa de Marfil.
Rivales que antes parecían víctimas fáciles, como Cabo Verde o Arabia Saudita, ahora pelean de igual a igual. Ya no existen rivales fáciles. Y entre todo este nuevo fútbol, Uruguay está sufriendo una suerte de “crisis de identidad”. La famosa “garra charrúa”, que sirvió durante décadas como motor de las grandes hazañas, parece haber quedado obsoleta en un deporte para el que cada vez se requieren más virtudes. El estilo que durante más de 100 años caracterizó a nuestra selección es uno que, en los nuevos estándares mundiales, simplemente no es suficiente. Ya no basta con la garra, la fuerza, el tesón y la brutalidad.
Los encuentros contra Cabo Verde y Arabia demostraron que Uruguay no juega ni a aquello ni a esto. No somos ni lo que éramos ni lo que tendríamos que ser. Somos un gris. Un pequeño equipo en una encrucijada entre pasado y presente que tiene una crisis de identidad. No jugamos a lo que jugábamos, al juego directo –sin escalas– para resolver de la manera más eficaz; tampoco jugamos al fútbol moderno, de presión, de un número extenso de toques para llegar al arco rival.
Marcelo Bielsa brindó una bocanada de esperanza en el inicio de su ciclo, cuando –por primera vez– Uruguay se impuso a las dos grandes potencias del continente en una misma eliminatoria. En esos encuentros se vio lo que Uruguay debía hacer: combinar lo mejor de los dos mundos, el fútbol físico, veloz y dinámico de las grandes potencias europeas con el carácter y la “garra” de la historia uruguaya. Sin embargo, el tiempo terminó decantando en un estilo sin estilo, en un fútbol sin carácter.
A los jugadores se les reclamó falta de garra, falta de ganas, falta de carácter, falta de sangre, falta de todo. Y el hincha, con su naturaleza inconformista, reclama y olvida que a los ídolos más grandes se les reclamó lo opuesto hace no más de cuatro años. Tuvimos aquello y reclamamos esto; hoy tenemos esto y reclamamos aquello. Un ciclo sin fin.
Tal vez los reclamos pasen por frustración, por ver cómo pasa el tiempo, por ver cómo lo que éramos no es lo que somos. Por ver cómo la historia cada vez queda más lejos. Por ver que no encajamos en el lenguaje de hoy en día. Y eso duele, porque sabemos que del pasado no se vive.
Tuvimos la calculadora en la mano. Imaginamos. Soñamos. Creímos. Nos decepcionamos. No por el resultado –porque ante el último partido sabíamos que era lo más probable–, sino porque caímos en la cuenta de que el tiempo pasa y que la realidad futbolística que supimos considerar como normal fue la anomalía.
Que un país diminuto luche de igual a igual con potencias económicas y poblacionales es algo ilógico. En una cancha juegan 11 contra 11, sí. Pero la forma en que esos 11 llegan a ser conformados es una de las razones por las que el éxito histórico de Uruguay es un milagro. Un milagro estadístico. Es ilógico. Y la modernidad, con el mayor profesionalismo del deporte, deja menos espacios para los milagros.
Quien sea que tenga que tomar el timón una vez Bielsa dé un paso al costado tendrá la difícil labor de replicar la combinación alcanzada por el autodenominado tóxico argentino o crear un nuevo método uruguayo, porque, sin dudas, las armas del pasado no sirven para la guerra del presente. Y menos lo harán en el futuro.