Es una pavada no decirlo, es como no querer tocar la copa o sentenciar que uno ya tiene encima el peso de los años. Pero es indudable que, por lo menos para el Banco de Previsión Social –este mes tengo hora de nuevo para ver si puedo hacer que me reconozcan una decena de años que no aparecen como trabajados, cuando yo dejaba el cuero en La Hora, La República, Nuevo Tiempo, Alfa FM e Independencia, entre otros–, este será mi último Mundial en el mostrador de los activos.
Sí, ya sé, y me lo digo para mí mismo porque a uno lo ataca la omnipotencia de la senectud: ¿cómo no voy a trabajar en el Mundial del 30? Toda una vida estudiando y consustanciándome, desde todo punto de vista, con la maravilla de la patria poniéndole el cuerpo a la organización de aquella Copa del Mundo y dejando una marca en la historia de la humanidad con la construcción del estadio Centenario, esa épica de cemento que nos grababan a fuego cuando éramos escolares y liceales. ¡No, Alberto, no! ¿Cuántas veces te voy a tener que explicar que no fue el primer Mundial de la historia, sino la primera Copa del Mundo de la FIFA? Pero eso, seguro, podrá ser desde otra figura laboral, como para ahí sí cerrar el ciclo mundialista.
Entonces creo que tiene sentido que este ciclo activo de ocho mundiales masculinos absolutos –porque también tengo en el lomo varios de juveniles masculinos y femeninos– se cierre en el Azteca. Antes, y durante este tiempo, he tratado de saber cómo fueron los dos anteriores mundiales mexicanos y también la historia del Azteca. Aunque este coloso sea muy distante en su concepción casi privada y concebido originalmente como una unidad de negocios, tiene bastantes puntos en común en su nacimiento con el maravilloso Centenario, ese hijo del estatismo batllista, nacido apenas unos meses después de la muerte de don José Batlle y Ordóñez, y símbolo para siempre del fútbol y del pueblo. Porque el cemento, sin importar el origen del capital, siempre termina siendo expropiado por la gente común.
Es cierto que hay que caminar el Zócalo, metiéndose en el gentío y masticando el viaje, para entender a cabalidad al Coloso de Santa Úrsula, ubicado a tantos kilómetros de donde los aztecas establecieron su entramado vital, luego arrebatado por la conquista. Pero no me caben dudas de que hay ahí una vieja conexión con el Centenario, como también con el viejo Maracaná y el viejo Wembley. Cuatro altares que no nacieron para la televisión, sino para albergar multitudes de carne y hueso como templo colectivo. Está dicho: después del Centenario, por esa misma condición de pertenencia popular, el Azteca es el mejor estadio del mundo.
Entonces, al despedirme de este estadio con este partidazo, me estaré despidiendo de mi trabajo mundialista en el corazón del pueblo mexicano, al que elegí para vivir en unos cuantos de sus pinches 13 partidos de los 104 que la FIFA le dio desde la soberbia de sus escritorios en Zúrich.
Ya les contaré cómo han cambiado los mundiales desde aquel primero en el que participé, en España 82. Aún siento la emoción desde subirme al avión de Pluna en el viejo aeropuerto de Carrasco hasta llegar al Centro Internacional de Prensa en el Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid, en La Castellana, cerquita del Bernabéu. Ahí, el tronar de cientos de máquinas de escribir ubicadas en largas mesas tenía la fuerza de la revolución industrial de los modernos mundiales europeos, en el destape del reciente posfranquismo. Nada que ver con estos “no lugares” de lona y plástico que la FIFA planta al lado de los estadios y que llama media center, que no tienen más que unas largas mesas con caballetes, un wifi que a veces no es el mejor, unos macrotermos de café y unos servicios de cantina con precios terriblemente onerosos. ¡Cómo te voy a pagar 15 dólares por un triste refuerzo de cantina!, si por otro precio en Rusia 2018 le dimos de punta al salmón, o en otros nos agasajaban con dulces y bebidas. Es que hay que entender que uno hace de esos lugares sus salas de redacción y te pasas el día ahí trabajando y viendo los partidos que hay en otras ciudades a los que te es imposible llegar.
Antes de volar, me armé la valija y, por una cuestión de convivencia y cortesía, le pregunté a Bettina, mi compañera y CEO de la vida que llevamos, si le parecía bien lo que llevaba. Me cambió un par de prendas, me sacó la camiseta albirroja de Florida –como si en el palco de prensa importara tanto la formalidad– y me reforzó la ropa formal. Le dije que sí a todo, pero que la albirroja la tenía que llevar sí o sí para una foto. Unas horas antes de irme, llegaron mis nietas y mi nieto con una nueva celeste, la de ahora, y la mentí en la mochila. Y acá estoy, en el viejo Azteca, con casi 90.000 personas de fondo, estirando el brazo para sacarme esta foto con esa camiseta que llevo pegada al cuerpo, en el que capaz –por qué no decirlo– sea mi último Mundial como activo. Nunca fue fácil, pero siempre ha sido muy hermoso e inolvidable.
¿Alguien tiene el link de la FIFA para acreditar a este próximo queyala al Mundial de 2030? ¿Hay cupos especiales para jubilados con ocho mundiales encima? Lo lamento, gente, ¡veo que tengo la agenda completa para junio y julio de 2030! Es que tengo que cubrir el Mundial del Centenario.
