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Mundial Fútbol femenino

Ilustración: Ramiro Alonso

La garra no alcanza: el reclamo urgente del fútbol femenino

La realidad de las futbolistas uruguayas choca contra un sistema que les niega transporte, infraestructura, visibilidad y respeto, mientras el relato oficial vende un avance maquillado por el marketing.

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Nadie juega sola al fútbol, nadie escribe sola una obra. Es una verdad de perogrullo que, en el contexto del fútbol femenino uruguayo, adquiere la fuerza de un manifiesto insoslayable. El césped, cuando lo hay, y el barro, cuando la infraestructura cede ante la desidia, son testigos mudos de un esfuerzo que trasciende lo puramente deportivo para convertirse en un acto de resistencia colectiva. En el Uruguay contemporáneo, en este 2026 en el que se cumplen 30 años del fútbol femenino alojado en la Asociación Uruguaya de Fútbol (el 27 de octubre de 1996 comenzó el primer campeonato de fútbol femenino organizado por la AUF), a un año de la primera Copa del Mundo Femenina de la FIFA en territorio latinoamericano (se jugará en 2027 en Brasil), la pelota rueda invariablemente para las mujeres, pero el terreno de juego sigue estando dolorosamente inclinado, exigiendo de las jugadoras, cuerpos técnicos, comisiones del femenino, comisiones de género, hinchas y familias un equilibrio constante que roza el milagro y propone desesperanza.

Mientras la población futbolera abandonó ya sus expectativas nacionales volcadas al mega evento del Mundial de fútbol de varones que se juega, ahora, en tres países distintos del norte, asistimos a un retroceso del desarrollo del fútbol femenino en nuestro país. Lejos de los flashes, las luces, los millones de dólares que mencionan las autoridades relacionadas a este deporte invertidas en un sueño mundialista que ya no fue, cada noche, cada semana, las jugadoras y su entorno pasan un frío de novela en las canchas alejadas e incómodas que les dejan para su juego.

Las últimas y recientes campeonas del Apertura fueron las de Nacional. Jugaron su último partido (ganaron 7-0) contra Wanderers, un equipo que usó la camiseta al revés (con los números en el pecho y el escudo del club en la espalda) en símbolo de protesta porque la directiva les retiró, sin previo aviso y entre otras cosas, el transporte que las llevaba hasta el Complejo Devoto, cancha que utilizan para su entrenamiento semanal y los encuentros oficiales de campeonato. Ellas igual siguieron yendo, practicando, jugando.

La protesta parece haber pasado de largo. Los medios masivos de comunicación sin registro de este suceso y la incomodidad planteada en el vestuario que destila desaliento e injusticia. El único eco de estos reclamos parece volver siempre en forma de una indignación que usualmente nos tilda de revoltosas, atrevidas, quejosas y aguafiestas. Es hora de que estos esfuerzos personales y colectivos tengan un momento de silencio y otro de escucha activa. Por respeto a todas las futbolistas que, con sus cuerpos, se sobreponen a los malestares de un sistema que las ningunea.

No podemos expresarnos ni analizar el presente sin mirar con detenimiento las grietas del andamiaje que lo sostiene. El Campeonato Uruguayo nos ha regalado este año postales de contrastes contundentes que invitan a la reflexión profunda. Por un lado, somos testigos de la brillantez técnica de las jugadoras, de los clásicos vibrantes donde instituciones como los clubes con mayores presupuestos locales, infraestructura e hinchada proponen su jerarquía, y de figuras locales que despuntan con una rebeldía táctica destacable.

Por el otro lado, la sombra helada del abandono institucional y la desidia. “No pedimos salarios, pedimos un transporte para llegar hasta el lugar alejado en que nos indican la práctica”, comenta una jugadora en un vestuario improvisado en un contenedor helado, una noche de jueves en junio de 2026. Vemos clubes históricos que retiran sus categorías femeninas o desarman sus proyectos por asfixia económica (a modo de ejemplo, en el Campeonato femenino B solo compiten seis equipos); formatos de torneos que deben enmendarse a contrarreloj en escritorios que, a menudo, parecen acordarse demasiado tarde de que las jóvenes y mujeres también compiten y requieren previsibilidad. Cuando un cuerpo técnico da un paso al costado denunciando públicamente la falta de apoyo de su directiva –una postal que hemos visto repetirse y que ya parece parte del paisaje habitual–, no estamos frente a una simple anécdota de fin de semana. Estamos diagnosticando un síntoma claro de un amateurismo sistémico que parece no ser abordado con seriedad. Esta grieta también encuentra su réplica en nuestra selección nacional. El talento charrúa se abre paso y es un bien preciado que brilla con luz propia en marquesinas ajenas. Vemos a Esperanza Pizarro destilando clase y goles en España, a Belén Aquino compitiendo en la cima de América con la camiseta de Corinthians en Brasil y a referentes como Pamela González jugando en Europa desde hace muchos años, demostrando el buen pie y la conciencia de la unión para luchar por las desigualdades. Podríamos mencionar a muchas otras que están en la selección actual y las que no han sido citadas y podrían. Son cada vez más las jugadoras destacadas que deberíamos mencionar. E incluso, pensar en cómo las desigualdades que atraviesan a nuestro fútbol vedan la posibilidad de que muchas formen parte de los procesos de selección.

Figuras y referentes deportivas, frutos de un fútbol que las formó a puro pulmón, pero que llegan a la selección y deben negociar viáticos insuficientes, aceptar no ocupar el amplio espacio creado para las selecciones (Complejo Celeste) y ser parte de procesos que solo se sostienen sobre la base de favores políticos, que terminan pagando quienes no son parte de las decisiones del fútbol organizado.

Síntoma de esto es el reciente desenlace de la Liga de Naciones de la Conmebol, que funcionó, por primera vez, como un exigente trampolín clasificatorio para el próximo Mundial. No podemos analizar los resultados deportivos sin entender el contexto en el que estos se dan. Tampoco deberíamos romantizar el esfuerzo de las futbolistas, y pedirles que, con este, suplan la inacción de quienes no otorgan (y deberían) las condiciones requeridas. Y menos aún, olvidarnos de que estas condiciones han sido reivindicadas por las propias futbolistas en muchas ocasiones. En este contexto, los clubes, la AUF, la Mutual de Futbolistas, los medios de comunicación, hinchas, socias y socios continuamos asistiendo a la improvisación, al atraso, a la falta de seriedad en los planteos y a la subestimación de la actividad protagonizada por mujeres. ¿Qué nos revela el fútbol femenino sobre las relaciones entre poder, dinero y derechos? ¿No será hora de poner en discusión en el fútbol las estructuras de un sistema que reparte privilegios entre los mismos de siempre? ¿Cuándo vamos a reflexionar sobre la real transformación de un espacio que perpetúa y legitima violencias hacia mujeres y disidencias? Si seguimos permitiendo que se juegue en estas condiciones, ¿somos también cómplices en silencio de este triste estancamiento que a veces se nos disfraza de avance marketinero?

Hace un par de años estaba en discusión la posibilidad de la profesionalización del fútbol femenino, el desafío de ganar visibilidad a través de la televisación y repartir los beneficios que este negocio genera. Hoy estamos “atando con alambre” las roturas que nos ha dejado un desinterés, que camina de la mano con la jerarquización del fútbol practicado por varones. Anda sonando por ahí que “el futuro llegó hace rato...”. Quizás sea hora de revisarlo todo y no seguir postergando lo que se nos expone como necesario.

Graciana Ravelo y Patricia Pujol son integrantes de Refuleras.