Deporte Literarias de deporte

Ilustración: Ramiro Alonso

La hazaña de Faustino Oro frente al gigante Magnus Carlsen

El ajedrecista argentino de 12 años le ganó una partida de tres minutos al noruego; un eslabón en la historia.

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Faustino Oro, 12 años en los documentos, 12 años en la carita, 12 años de genio, atrapa las piezas con una firmeza idéntica a la que se ejerce para darles la mano a los amigos. Magnus Carlsen, que es noruego, campeón del mundo y juega ese juego como nadie, lo enfoca desparramando una mirada de siete asombros. Esa criatura argentina acaba de vencerlo en una partida de tres minutos. La serie es más larga y termina con un global de 4-1 para el único adulto de ese desafío. Faustino podría oír a Jaime Roos, que, como todo artista grande, ya cantó lo que sucede en esa batalla de inteligencias a través de “Carbón y sal”: “Respirando el futuro placer, / torre y alfil, / como siempre, torre y alfil”. Pero solo sonríe.

Oro es un fenómeno. Un niño que enderezó sus rutas hacia los tableros mientras el mundo se dolía y se pasmaba con la pandemia del coronavirus. De golpe, un tendal de veteranos vencidos. Más de golpe, el más joven Maestro Internacional de cualquier época. De golpísimo, el segundo Gran Maestro más precoz que registren los expertos en archivos de reyes y de peones. “El Messi del ajedrez”, en el inevitable rótulo de la argentinidad. Hay una simetría: si Messi es el heredero de los herederos de una tierra de fútbol, esa tierra también es de mucho ajedrez.

El ajedrecista argentino más famoso de cualquier era no se hizo célebre por el ajedrez, pero lo practicaba con devoción. Era Ernesto Guevara, que aprendió los misterios iniciales que caben en cada una de las 64 casillas cuando residía en Alta Gracia, Córdoba, en 1939. Se lo enseñó una familia de refugiados españoles y republicanos. Tanto le interesó que, ese mismo año, siguió con fervor el match por el título mundial entre Alexander Alekhine y José Raúl Capablanca, que se disputaba en Buenos Aires. Capablanca (un supercrack mencionado por Mario Benedetti en Primavera con una esquina rota) fascinaba y había venido desde una isla de la que ese chico no tenía registro. Gracias al ajedrez, el Che se enteró de la existencia de Cuba.

Nadie surge de la nada, y Faustino tampoco. Al vigor del ajedrez argentino lo verifica que 21 clubes especializados, de actividad intensa, fundaron en 1922 la federación nacional. Si el salteño Horacio Quiroga desplegaba su imaginación entrecruzando jaques con sus amigos, uno fraternal, Ezequiel Martínez Estrada, ensayista y narrador, alguien que trató al Che en Cuba, fue jugador federado, vocal de esa naciente federación y autor de una suma de artículos que ahora están condensados en el libro Filosofía del ajedrez, que ofrece, aún hoy, múltiples herramientas para entender qué genera que un chico como Oro puede destartalar la sabiduría de los más grandes. Martínez Estrada frecuentó a Jorge Luis Borges, quien apeló al ajedrez en diversos rincones de su obra. “Ajedrez”, exactamente, se llama uno de sus sonetos, muy Borges y muy ajedrez: “En su grave rincón, los jugadores / rigen las lentas piezas. El tablero / los demora hasta el alba en su severo / ámbito en que se odian dos colores”. Igual que si contara a cualquiera frente a cualquiera y a Oro frente a Carlsen.

Aquellos fulgores por las 32 piezas también conmovieron a Julio Cortázar, quien asumió que se distanció de las partidas porque le quitaban tiempo para la literatura. Compensó, por ejemplo, en Libro de Manuel, donde dice: “¿Sería cierto que Capablanca había previsto todas las posibilidades de una partida, y que en una noche había anunciado a su contrincante en la cuarta jugada que le daría jaque mate en la veintitrés, y que lo hizo y no solamente lo hizo, sino que después demostró analíticamente cómo no había otra posibilidad?”. Cosas del destino: la tumba de Cortázar se llena de flores cada mañana en el cementerio parisino de Montparnasse. Allí, no tan lejos, no está enterrado ese Capablanca que lo encandilaba igual que al Che, sino Alekhine, justo el gran rival del cubano.

Los lazos infinitos del ajedrez con la patria de Faustino hacen cumbre en Rodolfo Walsh, uno de los 30.000 desaparecidos, el escritor y periodista que develó como nadie los crímenes de sucesivas dictaduras. De algunos se enteró mientras despuntaba su pasión sistemática por el ajedrez en la ciudad de La Plata. Quedaron narrados, en 1957, en Operación Masacre, un libro que cautivó, entre otros, a Pep Guardiola. En su joven y breve relato El ajedrez y los dioses, Walsh estampa una maravilla eterna: “Se ha dicho pobremente que las fuerzas de un bando simbolizan el bien; las otras el mal. Cualquiera puede comprobar la estúpida mentira de esa creencia”.

Ocurre que una historia es una historia. Desde ahí llega el pibe Oro. Que –atento, Carlsen–, con o sin la ayuda de Borges, del Che, de Cortázar o de Walsh, ya debe de andar preparando la próxima hazaña.