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Emilia y Marcos Sarraute en La Diaria Radio.

Foto: Rodrigo Viera Amaral

Los Sarraute: un bote, una barra, la misma sangre

Marcos rema desde los 12, Emilia levanta pesas desde hace dos años y medio; antes de los Juegos Odesur se sentaron juntos a contar cómo se acompañan desde una misma casa.

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Es raro ver a dos deportistas de alto rendimiento que sean hermanos. Sin embargo, ambos se preparan para los próximos Juegos Odesur. Marcos Sarraute tiene 28 años, rema desde los 12 y tiene una medalla panamericana que le costó cuatro años de duelo; Emilia Sarraute tiene menos rodaje –empezó a competir después de la pandemia– pero la misma contundencia a la hora de, por ejemplo, tener las mejores marcas a nivel nacional. Él rema, ella levanta pesas. Y, sin embargo, apenas arranca la charla, queda claro que se sienten cómodos compartiendo el micrófono mientras se completan las frases, se joroban, se corrigen la cronología del otro con el desparpajo de quien lleva toda la vida discutiendo en la misma mesa. Eso que llaman hermandad.

Emilia jugó al vóleibol “la mitad de su vida”, desde chica hasta que se mudó a Montevideo. Ahí, en pandemia, empezó a hacer crossfit desde su casa. No era buena en la parte gimnástica –lo admite sin drama–, pero en los levantamientos de peso encontró algo. Habló con gente del ambiente de la halterofilia, probó, le gustó, se quedó. “No volví más al crossfit”, cuenta. Empezó a competir a fines de 2022, debutó a nivel internacional en un Sudamericano en 2024 y este año llegó al Panamericano.

Marcos llegó al remo por descarte. Antes probó karate, fútbol, atletismo. “Yo creo que era como un escape también, era el único lugar en donde me sentía cómodo”, dice. En su casa y en el liceo no la pasaba bien –tiene trastorno de déficit de atención con hiperactividad (TDAH), aunque en aquel entonces nadie lo llamaba así–. A los 11, 12 años, ya medía más de 1,70. Cayó en el club justo cuando la federación estaba lanzando una apuesta ambiciosa, el Objetivo 2020: que Uruguay tuviera un bote en la final de unos Juegos Olímpicos. Sonaba a delirio. Todos se reían. Sin embargo, pasó en Tokio 2020, con Bruno Cetraro y con Felipe Klüver. De aquella camada de 70 y pico de chiquilines captados por el programa, quedó Marcos Sarraute.

El Chevette hasta Asunción

La hermandad, en los Sarraute, tiene anécdotas concretas. Como la vez que Marcos compitió en Paraguay y toda la familia se subió a un Chevette para ir a Asunción a verlo. O las madrugadas: si había que levantarse a las cinco para ver una regata, se levantaban. “En casa siempre el deportista fue Marcos”, dice Emilia, con la sencillez de a quien no le pesa la comparación. Lo que cambió, dice ella, es que ahora es mutuo.

Fue él, de hecho, quien le dio manija cuando ella dudaba si meterse de lleno en el levantamiento. Hoy hablan de sus disciplinas casi sin darse cuenta, como quien habla del clima: “Cómo estoy con el peso”, “¿querés venir a entrenar conmigo después de la nota?”. Comparten también la moda –se pasan piques de ropa todo el tiempo– y la charla de familia: son cuatro mujeres y Marcos, el único varón, y esa mezcla los mantiene, dicen, siempre atentos el uno al otro.

Mirar al costado

Hay un tramo de la charla en el que Marcos se explaya sobre su TDAH. Dice que la repetitividad del remo “enloquece”, que rara vez logra concentrarse del todo, salvo en esos momentos de hiperfoco que no se pueden programar. “Cuando lo hacés está genial, es algo que te da adrenalina”, explica, y menciona a Franco Colapinto –a quien también le diagnosticaron TDAH– y su capacidad de manejar a 300 kilómetros por hora con “visión de túnel”.

A él el foco se le va para el costado, literalmente. Cuenta que en 2014 un entrenador le ató con cinta unas tablas en la cabeza, como a un caballo, para que no pudiera girar la vista mientras remaba, porque él, en lugar de mirar hacia adelante como el resto, miraba siempre hacia los costados, y eso desequilibraba el bote. Sus compañeros lo retaron por eso durante años. Hasta que, dice, “ya como que lo aceptaron, que es parte mía”, y hasta llegó a narrar la regata –“Holanda medio bote, fundió Australia, es ahora”– y sus compañeros se enteraban de lo que pasaba alrededor gracias a su costumbre de mirar para todos lados.

Otra historia

Emilia explica las reglas de su deporte con la paciencia de quien lo hizo mil veces: en el levantamiento se compite en dos movimientos, arranque y envión, y en cada uno hay tres intentos. Si fallás los tres, “blanqueás”, la marca queda en cero. Le pasó una vez, con público invitado especialmente a verla: su familia. “No me viene más nadie a ver, chau”, bromea. La barra solo sube de peso –nunca baja– y ahí aparece la estrategia, quién pelea kilo a kilo, cómo se administran los descansos, sabiendo que, tarde o temprano, hay que volver a levantarla.

El nivel sudamericano en su disciplina, dice, es “increíble”. Mucho de eso es lo que se va a encontrar en los Odesur. Hoy en día un podio olímpico puede tener a Ecuador, Venezuela y Colombia peleando arriba. Emilia va a competir contra mujeres que llevan media vida entrenando.

Ahí aparece uno de los temas que más entusiasmo generan entre los dos: el peso. Emilia compite entre dos categorías porque su peso cae justo en el medio, y en cada torneo decide a cuál apuntar. Bajar de categoría mejora el coeficiente, pero también puede jugarle en contra si no llega bien. Y a diferencia del boxeo –donde el pesaje puede ser un día o dos antes, lo cual da tiempo a recuperar–, en el levantamiento se pesan apenas dos horas antes de competir. “No podés bajar mucho de peso muy rápido”, explica ella, porque el levantamiento es puro pico de potencia.

Marcos, que además de remero es magíster en Nutrición Deportiva, hace de nutricionista de su hermana. “Yo puedo saber lo que dice el libro y experimentar con eso, pero al final el cuerpo del deportista es el que manda”, dice. Cuenta que en el último Panamericano a Emilia no le cerró el peso hasta el último momento, y que lo más difícil no fue el kilaje de más, sino el estrés mental de no saber si iba a poder competir. “A ella siempre le pasa que la última semana está re nerviosa, y yo le digo tranquila, tranquila”, cuenta él. Y remata, con la sorna de hermano mayor: “Mi parte favorita es que si no llega es culpa de ella y si llega es gracias a mí”.

La medalla que fue y no fue

Hay un antes y un después en la carrera de Marcos, y tiene nombre y año: Lima 2019. Uruguay ganaba una medalla de oro que no se conseguía desde hacía 32 años –la última había sido en 1987, con Jesús Posse–. La ganaron por 0,7 centésimas. Al mes, llegó el mail del control antidopaje.

“Cuando hacen antidopaje, si te cae un mail, es un problema; si no hay mail, no pasa nada”, explica Marcos. El mail era por metilfenidato, la droga que él toma desde los 7 años por su déficit de atención –Ritalina, ritalin, Concerta, según el nombre comercial–. Es una sustancia prohibida solo en competencia, salvo autorización de uso terapéutico. A él le correspondía esa autorización. El problema fue que nadie la tramitó a tiempo, pese a que, revisando hacia atrás, la medicación ya figuraba declarada en formularios de competencias anteriores sin que nunca hubiera pasado nada.

El fallo determinó que no hubo intención de hacer trampa ni de ocultar la sustancia –estaba anotada–, pero igual lo descalificaron por negligencia. Marcos todavía lo señala como una inconsistencia: al año siguiente, un futbolista uruguayo dio positivo por una sustancia mucho más compleja y, tras comprobarse que se había contaminado comiendo pollo con la delegación, la resolución fue que siguiera jugando. “Está perfecto que así haya sido. En mi caso tendría que haber sido lo mismo, y no pasó”.

Lo que vino después fue una depresión. “Yo lo único que era era Marcos Remo. Sacás el remo, soy solo Marcos, nada”, confiesa, sin dramatismo, como quien ya lo procesó muchas veces. Le pidió a su entrenador de entonces, Rodolfo Collazo, que lo sacara del single porque ahí se ponía a llorar; necesitaba remar acompañado. El estudio, dice, terminó de salvarlo: una oportunidad del programa Uruguay Estudia le permitió terminar las materias de liceo que le quedaban pendientes desde que había repetido tres años seguidos, dedicado por completo al deporte. “El deporte me salvó la vida literalmente”, repite dos veces, como si necesitara decirlo de nuevo para creérselo del todo.

En 2023 llegó la revancha. Fue histórico. Y, sin embargo, admite, no lo disfrutó tanto. “Pasé cuatro años enroscado en que tenía que recuperar la medalla y cuando la recuperé fueron seis minutos que no sirvieron para nada”. Había culpa de por medio –“sentir que todo el país perdió por tu culpa”– y un peso que, sostiene muy firme, debería haber caído sobre otra persona.

El deporte más allá de las medallas

Hacia el final la charla se vuelve más íntima. Emilia habla de la disciplina como algo que trasciende el gimnasio: hoy no falta nunca a entrenar, ni siquiera de viaje, y esa costumbre se le filtró a otras áreas de su vida. Habla también de sorprenderse con lo que una es capaz de lograr: “Empecé en este deporte hace pocos años y hoy estoy clasificando a los Juegos Odesur, que es un montón”.

Marcos, que además de remar colabora con el programa Alimentando Sueños dando charlas a chicos en escuelas, cuenta que siempre les habla de disciplina y de cómo el deporte ordena también el estudio. En ese momento se permite una confesión más. Cuenta que de chico fue “bastante desastroso” en el liceo, mientras su hermana era la exitosa de la familia. Repitió varios años. Se dedicó solo al deporte, algo que hoy define como “un error grande”, porque cuando llegó la descalificación de Lima no tenía nada más a lo que aferrarse.

Emilia, que vivió esa depresión de cerca –todavía recuerda el llamado de Marcos, “Emi, estoy en el club, vení ya”, sin saber qué había pasado– dice que la historia de su hermano es un ejemplo, no tanto por la medalla recuperada, sino por lo que vino después: aprender a disfrutar el deporte en el día a día y no solo esperar a saldar una cuenta pendiente.

El deporte de alto rendimiento se suele sostener en varios pilares. Uno, como lo es en este caso, es la familia, los afectos, quienes aguantan el mostrador. Desde el Chevette que marcó el inicio de una historia hasta el podio más alto. Marcos se despidió contando una intimidad sin que se lo pidieran: cuando recuperó la medalla de oro su familia estaba ahí. Ganó, bajó del cuádruple, corrió hacia donde estaba y se abrazaron. “Eso fue brutal. Ese recuerdo es algo hermoso”.

La entrevista fue realizada en el programa Las ganas y puede verse completa en el canal de Youtube de la diaria.