Tener empleo, recibir aumentos salariales y poder comprar más no significa necesariamente que los trabajadores estén recibiendo los beneficios del crecimiento y la generación de riqueza en la misma proporción. En otras palabras, una economía puede producir más, expandirse y mejorar sus indicadores sin que los ingresos laborales acompañen ese avance al mismo ritmo. Este es uno de los hallazgos que revela un estudio recientemente divulgado por el Instituto Cuesta Duarte, que analiza la evolución de la economía uruguaya desde 1998 y captura de qué manera se repartieron los frutos del crecimiento entre los distintos factores productivos que forman parte del proceso de producción (en particular, el capital y el trabajo). Concretamente, la investigación concluye que, mientras el producto interno bruto (PIB) aumentó un 74%, la masa salarial se incrementó en un 54%.
Desde esta perspectiva, esta brecha puede interpretarse como otra forma de medir la desigualdad. A pesar de que puede parecer un tema teórico, los resultados tienen implicancias prácticas, en la medida en que impactan en las condiciones de vida de los ciudadanos, en cómo se organiza el poder y en cómo se estipula la integración social, señalaron, en diálogo con la diaria, los economistas del instituto Alejandra Picco y Julián Rapetti.
“La mirada de la participación de la masa salarial en el producto es una visión distributiva que es importante poner arriba de la mesa, porque habla de la desigualdad. En este caso, evidencia la desigualdad de ingresos entre quienes participan en el proceso productivo, pero que va bastante de la mano de la distribución personal de los ingresos, que se vincula con las posibilidades de las personas de acceder a la mayor parte de los bienes en una economía capitalista, es decir, a determinada calidad de vida”, afirmó Picco, que se desempeña como coordinadora técnica del Cuesta Duarte.
Por su parte, Rapetti sostuvo que, a pesar de que la participación de los salarios se encuentra actualmente en un nivel inferior al de 1998, no ha existido un deterioro continuo en el indicador, sino que se dieron momentos de “caída fuerte” –como en 2002 y en la pandemia del covid-19– e instancias de recuperación. El economista señaló que estamos atravesando un “período de estabilidad” en lo que refiere a la distribución funcional del ingreso. “Si queremos parecernos a las economías desarrolladas, si aspiramos a recorrer el mismo camino, tenemos que seguir ese sendero de crecimiento con mejor distribución de los ingresos. Para eso, tenemos que apuntar a la recuperación de la participación de la masa salarial en el PIB. Esto es algo no tan tangible en el día a día, pero hace la diferencia”, afirmó.
Rapetti señaló que las desigualdades económicas también se reflejan en la forma en que se organizan las sociedades y en las condiciones de vida de la población. En los países más desiguales, las diferencias se manifiestan en cómo y dónde vive la gente, e incluso en la tendencia de los sectores de mayores ingresos a residir en barrios privados, alejados del resto de la población, explicó.
El economista aclaró que el informe sobre la participación de la masa salarial en el PIB muestra solo una parte de esa realidad, vinculada a la distribución funcional del ingreso, pero consideró que aporta elementos para comprender un fenómeno más amplio, que también se expresa en la distribución personal de los ingresos y en las formas de integración social.
Las cifras detrás de la distribución del ingreso
Según el informe del Instituto Cuesta Duarte, titulado “La participación de la masa salarial en el producto. Una mirada complementaria de la distribución de los ingresos en la sociedad”, la cantidad de trabajadores pasó de unos 970.000 en 1998 a 1.250.000 en 2025, es decir, tuvo un incremento del 29%. Sin embargo, en ese mismo período el PIB creció 74%, mientras que la masa salarial aumentó 54%. La diferencia refleja que, aunque creció el número de asalariados y aumentaron los ingresos laborales en términos agregados, estos perdieron participación en la riqueza generada por la economía.
La evolución, sin embargo, no fue lineal. Entre 2003 y 2014, la masa salarial “creció a un ritmo superior” al del PIB, lo que permitió recuperar participación en el ingreso, señala la investigación. Desde 2019, la tendencia volvió a invertirse y, después de la pandemia, el indicador mostró señales de estabilización en torno a los valores actuales.
En 2025, la economía creció 1,8% en términos reales, mientras que la masa salarial aumentó 0,7%, por lo que su participación en el PIB volvió a disminuir. En comparación con 1998, el indicador se ubicó 12% por debajo de su nivel inicial.
Para este año, el Instituto Cuesta Duarte proyectó una pequeña recuperación de la participación salarial a partir de las estimaciones incluidas en la Rendición de Cuentas. “En principio lo que vemos es que va a haber una pequeña mejora en 2026, que se debe más a un crecimiento bajo del PIB que a cambios en la participación de la masa salarial”, afirmó.
Otra visión
Para Picco, el dato permite observar una dimensión de la distribución del ingreso que suele quedar fuera del debate público. Habitualmente, cuando se habla de desigualdad, se comparan los ingresos de los hogares, considerando los salarios, las rentas, las transferencias y otras fuentes de recursos. El enfoque del Instituto Cuesta Duarte para este estudio plantea otra pregunta: ¿qué proporción de la riqueza que genera la economía queda en manos de los trabajadores asalariados? Este grupo tiene un peso central en la economía uruguaya: reúne a unas 1.200.000 personas y representa cerca del 70% de la población ocupada.
“La participación salarial ayuda a comprender por qué el crecimiento del país no siempre se traduce en una mejora equivalente para quienes viven de su trabajo”, explicó Picco. Cuando aumenta la masa salarial, también mejora la distribución personal de los ingresos entre los hogares, indicó.
Por su parte, Rapetti señaló que la comparación internacional ofrece una referencia para pensar cómo se distribuye la riqueza en Uruguay. “En las economías más avanzadas o desarrolladas, la masa salarial tiene una participación más alta en el PIB”, afirmó.
El experto planteó que, si el país aspira a acercarse a esos modelos, debería procurar que una proporción mayor de lo que produce quede en manos de los trabajadores. Esto no involucra únicamente el poder adquisitivo, sino también el lugar que ocupan los trabajadores en la distribución de los ingresos y las relaciones de poder dentro de la economía.
Para Rapetti, mejorar esa distribución requiere mirar más allá de los salarios y considerar las decisiones que definen el rumbo de la actividad económica. “Depende de qué decidimos producir”, explicó. Las distintas actividades económicas requieren proporciones diferentes de capital y trabajo, por lo que la estructura productiva también incide en cómo se reparte el ingreso generado.
En ese proceso, las políticas públicas tienen un papel relevante: los gobiernos pueden orientar o estimular determinadas actividades y modificar sus incentivos mediante los impuestos y las subvenciones a la producción y a los productos, señaló.
Julián Rapetti en la sede del PITCNT (archivo). Foto: Gianni Schiaffarino
Ganar más no siempre significa mejorar en la misma medida
La diferencia entre el crecimiento de la economía y los ingresos laborales puede resultar poco tangible en la vida cotidiana. Una persona puede recibir un aumento salarial, conservar su empleo e incluso mejorar su poder adquisitivo, pero quedar rezagada si la riqueza que genera el conjunto de la economía aumenta más rápidamente.
“La masa salarial creció con respecto a 1998. No es que estemos peor; lo que pasa es que perdió participación en el PIB, es decir, en el reparto de los ingresos ahora le corresponde una parte menor”, explicó Rapetti.
Mientras tanto, Picco señaló que en Uruguay el peso del trabajo asalariado dentro de los ingresos de los hogares hace que esa distribución tenga consecuencias que van más allá de las cifras macroeconómicas. En nuestro país, donde el peso de los ingresos por trabajo en el total de los ingresos de los hogares es importante, lo que tiende a suceder es que cuando la participación de la masa salarial en el producto baja es porque la distribución del ingreso empeora, afirmó.
En ese sentido, remarcó que “la pobreza es una de las caras de la mala distribución del ingreso”, pero señaló que se pueden mejorar los indicadores en ese tema e igualmente empeorar en materia de desigualdad.
Quién recibe la riqueza que no va a los salarios
Si los trabajadores se apropian de una porción menor del PIB, la pregunta que surge es quién recibe la diferencia. Sin embargo, los economistas advirtieron que el informe no permite atribuir toda esa pérdida a los empresarios ni afirmar que el capital haya captado automáticamente todo lo que dejaron de recibir los asalariados.
La distribución del ingreso generado por la producción incluye las remuneraciones laborales, los ingresos vinculados al capital y a la tierra, y los recursos que recibe el Estado en concepto de impuestos, descontadas las subvenciones correspondientes. También existen los ingresos de los trabajadores independientes, que el instituto no incorpora a la masa salarial porque no es posible separar con precisión qué parte remunera el trabajo y cuál corresponde al capital invertido.
“Lo que no tenemos es la otra parte de la torta, cómo se distribuye”, explicó Picco. El estudio permite reconstruir la evolución de los ingresos de los asalariados, pero no determinar qué ocurrió año a año con todos los demás componentes. Por eso, aunque la pérdida de participación salarial evidencia un cambio en el reparto de la riqueza, no es posible establecer, a partir de esos datos, qué proporción fue captada por los empresarios, cuál correspondió al Estado o cómo evolucionaron los ingresos de los trabajadores por cuenta propia.
Menos horas de trabajo
Otro elemento que aparece en el informe es la reducción de las horas trabajadas. Desde 1998 la cantidad de asalariados aumentó, pero el promedio de horas semanales descendió. El instituto señala que esa evolución debe analizarse junto con los cambios en el empleo y los salarios para comprender cómo se comportó la masa salarial.
Cantidad de horas de trabajo asalariado
Para Picco, una de las cuestiones relevantes es que la disminución de las horas puede estar vinculada, en parte, a cambios tecnológicos y la sustitución de trabajo por maquinaria en algunos sectores, en los que la productividad aumenta sin que necesariamente se requiera más trabajo para mantener la producción. “Son horas de trabajo que vienen cayendo, seguramente por la sustitución de trabajo por maquinaria, porque en algunos sectores ha aumentado la productividad y se mantiene la producción. Por distintas razones, las horas de trabajo han ido disminuyendo, pero ese descenso no ha sido conversado, negociado, regulado y no ha venido acompañado con que el salario siga valiendo lo mismo que antes o crezca en la misma proporción que crece la economía”, afirmó.
La cuestión adquiere relevancia ante la incorporación de nuevas tecnologías, incluida la inteligencia artificial, que puede modificar tareas, procesos productivos y necesidades de empleo. Para Picco, los cambios refuerzan la necesidad de que los trabajadores cuenten con información sobre lo que ocurre en su sector y en el conjunto de la economía. De esa manera, la negociación salarial podría contemplar no solo la inflación y el poder adquisitivo, sino también el crecimiento de la actividad y las mejoras de productividad.
Dificultades para la negociación
Ambos economistas destacaron la importancia de la negociación colectiva. Rapetti vinculó el aumento de la participación salarial observado desde 2005 con el papel de los Consejos de Salarios y la posibilidad de que los trabajadores tuvieran mayor peso para plantear sus demandas.
Por su parte, Picco sostuvo que incorporar indicadores sobre el crecimiento de la economía y de los distintos sectores a las negociaciones permitiría discutir los salarios con una perspectiva más amplia. No se trata únicamente de preservar el poder adquisitivo, sino también de observar si las remuneraciones acompañan la evolución de la riqueza que se genera.
La experta señaló que el informe busca aportar elementos para la discusión de las políticas de empleo y salariales, así como para la elaboración de propuestas del movimiento sindical. “Cuando el movimiento sindical se sienta en las mesas de negociación colectiva o en las mesas de discusión de temas laborales, todos estos insumos son importantes”, sostuvo.
En ese sentido, planteó que las negociaciones deberían incorporar indicadores sobre el crecimiento de la economía y de cada sector de actividad. Esto permitiría evaluar la evolución de los salarios no solo en términos de poder adquisitivo, sino también en relación con el conjunto de la riqueza generada. “De repente mejora sus condiciones, su poder adquisitivo, pero en términos relativos o distributivos está peor”, advirtió. Por eso, consideró que conocer cuánto crece la economía y cómo se desempeña cada sector es clave para discutir cómo se distribuyen los ingresos.
Mientras tanto, Rapetti señaló que la forma en que se distribuye el ingreso también está vinculada a las relaciones de poder dentro de la economía. Uno de los problemas que identificó es la dificultad de los trabajadores para negociar en condiciones de igualdad cuando no conocen los resultados económicos de las empresas en las que trabajan. “Las empresas donde trabajan no tienen los balances. Entonces, es muy difícil negociar un reparto justo cuando uno no sabe cuánto ganó la otra parte”, planteó.
La falta de información sobre la facturación y los resultados de las empresas puede limitar la discusión sobre cómo se distribuyen las ganancias. Si la negociación se concentra únicamente en cuánto aumentan los salarios frente a la inflación, puede quedar fuera de la conversación la evolución de la actividad económica y del valor que genera cada sector.
Para Rapetti, esa asimetría ayuda a explicar por qué la distribución del crecimiento no depende solamente de que los salarios aumenten, sino también de las condiciones en que los trabajadores pueden discutir su participación en los ingresos.