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Foto: Rodrigo Viera Amaral

Una pulseada de 150 años: breve historia del reparto entre salarios, beneficios y rentas

8 minutos de lectura
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A pesar de su importancia, la distribución funcional del ingreso ha sido un tema relativamente olvidado por la investigación y, hasta hace muy poco, no se contaba con estimaciones que permitieran analizar cómo ha cambiado el reparto del ingreso en el largo plazo.

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Como cada año, en el marco del 1° de Mayo, las y los trabajadores uruguayos plantean sus reivindicaciones y en la discusión pública vuelven a emerger los temas de siempre: los bajos salarios, la falta de trabajo, la inestabilidad del empleo, las malas condiciones laborales y otras problemáticas asociadas. En una economía como la uruguaya, hay una pregunta que, a mi entender, subyace a todas estas cuestiones, pese a que rara vez se plantea con la claridad que merece: ¿qué porción del ingreso que genera el país va a parar al bolsillo de los trabajadores y qué porción queda en manos de los dueños del capital y la tierra?

En términos un poco más técnicos, esta pregunta refiere a la distribución funcional del ingreso, es decir, a cómo se reparte el valor generado por una economía entre quienes aportan los distintos factores productivos: trabajo, capital y tierra. Si tuviera que plantear este concepto con otras palabras, diría que es la madre de la distribución, en tanto configura el reparto que surge directamente del proceso de producción. En efecto, antes de que actúen los impuestos, las transferencias o las políticas sociales, el ingreso ya se repartió entre salarios, beneficios y rentas de la tierra. Todo lo demás viene después.1

A pesar de su importancia, la distribución funcional del ingreso ha sido, durante varias décadas, un tema relativamente olvidado por la investigación (Lindenboim et al., 2005), tanto a nivel global como en América Latina y, por supuesto, en Uruguay. Cabe señalar que el olvido de la distribución funcional coincide con el auge de las políticas neoliberales y los cambios que esto implicó para la ciencia económica (lo que son las coincidencias...).

Un poco por el olvido y otro poco por la dificultad de reconstruir series históricas, hasta hace muy poco no se contaba con estimaciones de distribución funcional que permitieran analizar cómo ha cambiado el reparto del ingreso en el largo plazo. Apoyándome en varias investigaciones recientes (De Rosa et al., 2018; Marmissolle et al., 2023, entre muchas otras), en mi tesis de doctorado en historia económica busqué construir series anuales de distribución del ingreso para Uruguay entre 1870 y 2019. Esto permite contar la historia de cómo se ha repartido el ingreso en Uruguay a lo largo de los últimos 150 años.

Cambia, todo cambia

Una de las ideas más arraigadas entre quienes estudian el crecimiento económico es que la distribución funcional del ingreso es estable en el largo plazo. Entre los “hechos estilizados” del crecimiento económico, suele decirse que la proporción del ingreso que llega a los trabajadores (y a los dueños del capital) se mantiene prácticamente constante a lo largo del tiempo. Esta supuesta estabilidad caló hondo en la disciplina, y aún hoy las teorías de crecimiento que se enseñan en las universidades de todo el mundo incorporan esa estabilidad como un supuesto básico.2

Sin embargo, la evidencia empírica de las últimas décadas (en particular, del último medio siglo) ha cuestionado fuertemente este “hecho estilizado”. A nivel global, y por distintas causas según el país y el período histórico concreto, la participación de los salarios en el ingreso cambió sustancialmente (Bengtsson & Waldenström, 2018; Piketty & Zucman, 2014, entre otros) y, en la mayoría de los países, tendió a caer (Karabarbounis & Neiman, 2014). La historia de los últimos 150 años en Uruguay aporta evidencia en la misma dirección. Como muestra el gráfico 1,3 lejos de ser estable, la distribución funcional del ingreso ha experimentado cambios profundos a lo largo de la historia.

La larga marcha hacia arriba

En las últimas décadas del siglo XIX Uruguay tenía una economía fuertemente especializada en la producción agropecuaria (vaya sorpresa), orientada a exportar hacia los países que se estaban industrializando rápidamente. Naturalmente, la distribución del ingreso era consistente con esa estructura productiva y con ese modelo de crecimiento. Los salarios representaban menos de un tercio del ingreso total, mientras que las rentas de la tierra (el ingreso de los dueños de la tierra, para simplificar) rondaban entre el 15% y el 20%. Los beneficios, por su parte, oscilaron fuertemente al compás de las crisis y los booms exportadores. Es particularmente significativo el auge especulativo de finales de la década de 1880, cuando la porción del ingreso correspondiente a los beneficios creció fuertemente; al estallar la burbuja en 1890, se desplomaron.

Un primer punto de inflexión en la historia de la distribución llegó a comienzos del siglo XX. Las reformas del batllismo, la expansión industrial, la creciente urbanización, los efectos de la Primera Guerra Mundial y las luchas obreras comenzaron a alterar la correlación de fuerzas entre trabajo y capital, y esto tuvo su efecto sobre la distribución. Aunque pueden destacarse hitos importantes en cuanto al mercado de trabajo, como la Ley de Accidentes de Trabajo (1914) y la jornada laboral de ocho horas (1915), los cambios en la distribución de las primeras décadas del siglo fueron graduales. Con vaivenes, entre 1914 y 1933 la participación de los salarios creció significativamente, llegando a un pico de casi 50% del ingreso en 1926. Mientras tanto, las rentas de la tierra alcanzaron su máxima porción del ingreso durante la Primera Guerra Mundial (llegando al 23%), para iniciar desde allí una larga caída que no se detendría hasta la década de los 60.

La creación de los Consejos de Salarios, en 1943, fue, posiblemente, el cambio institucional más importante para la historia de la distribución en Uruguay, dado que alteraron la correlación de fuerzas entre capital y trabajo en favor de este último. En los años siguientes, el salario real creció significativamente (más de 26% entre 1943 y 1949, según mis estimaciones) y la participación de los salarios en el ingreso continuó con su tendencia creciente hasta llegar a su máximo histórico, de 58%, a comienzos de la década de los 60.

La historia conocida

A partir de los 60 la historia cambió. El estancamiento económico y la inflación crónica erosionaron los acuerdos sociales: en la puja distributiva, los asalariados salieron perdiendo. El decreto de congelación de precios y salarios del gobierno de Pacheco en 1968 consolidó la caída del salario real, y la dictadura militar la profundizó brutalmente. Como plantearía Astori (2001), el Estado dejó de arbitrar en la puja distributiva y pasó a tomar partido en favor del capital; como resultado, entre 1963 y 1979 la participación de los salarios se desplomó de 58% a 33% del ingreso.

Con el retorno de la democracia y la nueva convocatoria de los Consejos de Salarios, el ingreso de los trabajadores recuperó parte del terreno perdido. Pero la historia volvería a repetirse: las políticas neoliberales de los 90 (apertura comercial, apreciación cambiaria, desregulación del mercado de trabajo, entre otras) revirtieron gran parte de esa recuperación. Entre 1994 y 2003 la participación de los salarios en el ingreso cayó más de 12 puntos.

El período posterior a la crisis de 2002 es particularmente interesante. Con la llegada al gobierno del Frente Amplio en 2005 y la reinstauración de los Consejos de Salarios, junto con la fuerte recuperación económica gracias al boom de los commodities, la participación de los salarios volvió a recuperarse. Pero lo destacable de este período es que las participaciones de salarios y beneficios crecieron conjuntamente, rompiendo con el patrón histórico en el que, a grandes rasgos, lo que ganaba uno lo perdía el otro. El acelerado crecimiento, la forma en que se instrumentaron las negociaciones salariales y la caída de la participación en el ingreso de los trabajadores por cuenta propia lo hicieron posible.

En síntesis, desde la década de los 60 la distribución funcional del ingreso ha tenido un movimiento pendular: cada período de ajuste regresivo para los salarios fue seguido por una recuperación parcial, aunque cabe destacar que la participación alcanzada a comienzos de esa década no se recuperó nunca.4

Más allá de la evolución a lo largo del tiempo, algún lector podría estar preguntándose si la participación de los salarios en Uruguay es alta o baja; es decir, si la porción de la torta es chica o grande. El gráfico 2 ayuda a responder esta pregunta: hemos estado en línea con Argentina y, en menor medida, con Brasil; pero estamos lejos de economías desarrolladas.

¿Y por qué importa esta historia?

La distribución funcional importa porque es, como señalé al comienzo, la madre de la distribución. Más allá del vínculo teórico entre distribución funcional y distribución personal, la historia muestra que, tanto a nivel internacional (Bengtsson & Waldenström, 2018) como para el caso uruguayo, ambas distribuciones han evolucionado de la mano.

Distribución funcional y desigualdad personal no son lo mismo ni tienen por qué moverse siempre en la misma dirección; por ejemplo, los salarios podrían ganar participación en el ingreso y al mismo tiempo aumentar la desigualdad entre los propios trabajadores. Dicho esto, en Uruguay ambas han tendido a moverse juntas.

En ese sentido, durante la primera globalización (1870-1914, más o menos), el ratio entre lo que percibían los terratenientes y lo que percibían los trabajadores siguió una evolución muy similar a la del índice de Gini, que es el indicador que usamos para medir la desigualdad personal de ingresos. Si para las décadas siguientes consideramos el ratio entre los excedentes, que en el siglo XX son una mejor aproximación al ingreso de los sectores más acomodados, y los salarios, volvemos a encontrar el mismo paralelismo con la desigualdad personal. En otras palabras, aunque distribución funcional y desigualdad personal no son lo mismo, la historia uruguaya es clara: cuando el ingreso tendió a concentrarse en beneficios y rentas, la sociedad se volvió más desigual; y cuando los salarios aumentaron su porción en la torta, la desigualdad se redujo.

Contar con datos de distribución funcional del ingreso para 150 años de historia uruguaya abre nuevas posibilidades para comprender mejor el pasado (y el presente) de nuestra economía. Queda mucho por investigar. Por lo pronto, la historia muestra que la distribución funcional del ingreso en Uruguay no ha sido estable.

En estas fechas, cuando se plantean las reivindicaciones sobre salarios, empleo y condiciones de trabajo en el marco del 1° de Mayo, vale la pena recordar que esas reivindicaciones son también parte de una discusión más amplia: la de cómo se reparten los frutos de la actividad económica. Ese reparto no es fijo ni natural; es el resultado de una pulseada entre distintos grupos sociales, condicionada por las transformaciones de la estructura productiva, los cambios institucionales en el mercado de trabajo, las políticas y las correlaciones de fuerza de cada momento histórico. La historia de los últimos 150 años lo muestra con claridad.

Las ideas centrales que surgen de la investigación

  • En Uruguay, la distribución funcional del ingreso ha cambiado drásticamente a lo largo de la historia.
  • La década de 1960 marca un antes y un después en la historia distributiva.
  • Los salarios pasaron de representar menos del 30% del ingreso a fines del siglo XIX a casi 60% a comienzos de la década de los 60. Luego, esta participación experimentó fuertes ajustes regresivos y, a pesar de las recuperaciones, la porción de la torta nunca se llegó a recuperar.

Referencias


  1. Este artículo divulga algunos resultados del capítulo 2 de mi tesis de doctorado, defendida en la Universitat de València en marzo de 2026 (Marmissolle, 2026). 

  2. Este “hecho estilizado” está presente como supuesto en las teorías del crecimiento, al menos, desde los trabajos de Kaldor (1961). Entre los manuales sobre teorías del crecimiento cuyos modelos asumen este planteo podría mencionarse Apuntes de crecimiento económico de Sala i Martin (2000), utilizado en la Universidad de la República. 

  3. Sin entrar en detalles técnicos, hay un apunte relevante: en este artículo se considera como variable de ingreso el valor agregado bruto a costo de factores. Esto implica, básicamente, excluir al Estado (y los impuestos) del análisis. 

  4. El lector interesado en saber qué sucedió con la participación de los salarios en el ingreso después de 2019 puede encontrar un análisis en este artículo publicado esta semana en esta misma sección. Cabe aclarar que las variables medidas no son exactamente las mismas y no se utiliza la misma metodología de estimación, aunque las tendencias generales son consistentes. 

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