El cambio tecnológico, las nuevas formas de producción y la concentración de las empresas están transformando las economías de América Latina. En ese escenario Uruguay ha logrado enfrentar “con cierta elegancia” el cambio “estructural” que atraviesa la región, aunque el país mantiene un “problema grave” en materia de educación y enfrenta desafíos vinculados a la exclusión social y la informalidad laboral, afirmó, en diálogo con la diaria, el economista argentino Jorge Katz.

“Dentro del escenario latinoamericano, Uruguay es quizás el que mejor [...]. Ha enfrentado con cierta elegancia este fenómeno de la transformación estructural”, afirmó Katz, especialista en temas de tecnología y reestructuración industrial. El doctor en Economía Política por la Universidad de Oxford atribuyó esa situación a la escala del país y también a factores culturales. “Hay algo en la idiosincrasia uruguaya que lo acerca a escenarios un poco más dialogantes, un poco más cooperativos que los que se encuentran en Argentina, México o Brasil”, dijo.

Pese a la evaluación positiva sobre la adaptación uruguaya, Katz alertó sobre las debilidades del país, en particular en materia educativa. “Ustedes tienen un problema grave con el tema de la educación. Es decir, muchos de los chicos de secundaria abandonan antes de terminar. Como el Estado cumple un papel muy pobre en esta dirección, los grupos ilegales entran a tallar significativamente en los barrios marginales”, sostuvo.

Consultado sobre el bajo crecimiento de Uruguay en la última década, Katz afirmó que es una situación que enfrenta el mundo y sobre todo América Latina, que no logra superar un desempeño económico del 2%.

El académico, que además es profesor universitario en Argentina y Chile, consideró que la región atraviesa cambios profundos en la forma de producir, impulsados por la tecnología y la integración entre agro e industria, pero sin una estrategia clara de largo plazo para afrontar esa transición. Según explicó, en América Latina todavía predomina una visión neoliberal basada en la privatización y la desregulación, a la que definió como una “receta que no funcionó” y que dejó como resultado “fuerte informalidad laboral y exclusión social”.

El economista, que participó en una conferencia internacional sobre transformación productiva y empleo, organizada por el Centro de Investigaciones Económicas (Cinve) y el Departamento de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración el 29 de abril, remarcó que en América Latina “se está borrando el límite” entre agro e industria debido a un nuevo “paradigma biológico digital”.

“No vamos a volver a ser grandes productores de industrias, porque en eso se encuentran China, Corea e India, pero sí podemos volver a modelos interesantes de construcción de competitividad en nichos de la agroindustria que están surgiendo”, sostuvo. En ese marco, mencionó el desarrollo de biocombustibles y nuevas áreas vinculadas a los lácteos y la bioeconomía como oportunidades para Uruguay.

¿Cuáles cree que son las principales limitaciones de la teoría neoclásica del crecimiento para explicar la realidad latinoamericana?

La visión neoclásica es una teoría de equilibrio, en la que se asume que el consumidor tiene toda la información, los mercados se comportan perfectamente, no hay incertidumbre y tanto el consumidor como el productor maximizan beneficios. Es lo que [el economista británico Alfred] Marshall, en 1907, llamaba un mecanismo analógico, es decir, en realidad, no explica el cambio, nada más que describe en estática una situación particular.

En este caso, la teoría neoclásica elimina la heterogeneidad estructural y no hay espacio para el cambio estructural. Una de las cosas fundamentales que ocurren en las sociedades –en todas, pero en las nuestras en particular– es justamente que estamos viviendo una etapa de enorme cambio estructural. O sea, el modelo nos deja sin explicación de por qué va cambiando la estructura.

¿Qué factores es necesario analizar para ser conscientes de ese cambio de estructura?

La teoría neoclásica es un modelo que sigue predominando. Si se analiza la política económica de Argentina, Brasil, México o Colombia a lo largo de estas dos últimas décadas, a la que se ha llamado Consenso de Washington, está inspirada en esa visión. Se basa en la idea de que el mecanismo de precios arregla y funciona, de tal manera que el Estado no debe modificar la estructura. Se concibe que el modelo se encarga de dar una estructura de pleno empleo, de equilibrio a largo plazo.

Esta ha sido la filosofía básica detrás del Consenso de Washington, donde se habla de privatizar y desregular, y con eso el sistema se va a mover solo hacia un escenario de equilibrio. En realidad, no ha ocurrido: hace 20 años que estamos con productividad casi estancada, con la inversión mucho más baja que en la época del boom de los commodities, y con creciente pérdida de competitividad en los mercados internacionales.

Hay muchos países en el mundo que abandonaron esta idea de que el Estado es un ente subsidiario y tienen una estrategia de medio y largo plazo. Esto no ha sucedido solamente en los estados de centroizquierda: Irlanda, Israel y España, por ejemplo, tienen una estrategia nacional que sale de los límites del modelo neoclásico de crecimiento en equilibrio.

En el escenario chileno de los últimos cinco años, en el gobierno de [Gabriel] Boric, se ha tenido una estrategia basada en el litio y en el hidrógeno verde. El problema es que estos gobiernos duran cuatro años y cuando hay un cambio se modifican las estrategias de largo plazo, y los esfuerzos de ir construyendo una estructura productiva más competitiva se dejan de lado.

La teoría neoliberal ha sido superada por lo que llamaríamos la corriente evolucionista, que señala que en la economía hay incertidumbre, información imperfecta y desconocimiento de lo que va a ocurrir en el futuro. Por lo tanto, los empresarios no están todo el tiempo maximizando; toman decisiones, pero lo hacen bajo incertidumbre, y algunas funcionan bien y otras fracasan.

¿Qué consecuencias tiene esa incertidumbre?

Produce un fenómeno de concentración, porque las empresas que tienen éxito van ganando terreno dentro de la industria o de la economía, y las que no, pierden terreno, lo que desemboca en la informalidad laboral. Nuestros países tienen altísima informalidad laboral, de 25%, 30%, 35%; Argentina, Colombia y México tienen cifras mayores. La informalidad laboral no es producto de que los salarios sean muy altos, se produce porque la economía se va concentrando y va eliminando a las pymes [pequeñas y medianas empresas].

Esta situación muestra que la teoría neoclásica no analiza la concentración de las empresas ni la colusión y la evasión impositiva. Además, hay un tercer dato: con el poco acceso del sector público a recursos al haber mucha evasión impositiva, el Estado pierde capacidad de intervenir en lo que llamaríamos bienes colectivos y en los esfuerzos para combatir la exclusión social y la pobreza extrema.

Como se va produciendo la concentración de la economía, empiezan a aparecer grupos nuevos que se hacen cargo de lo que el Estado no puede hacer, que es ocuparse de la exclusión social y de la pobreza. Frente a esta situación, emergen movimientos ilegales, como el narco, e incluso, en algunos casos, grupos que no son ilegales pero que van ganando mucho terreno en intervención social, como, por ejemplo, las iglesias evangélicas. Así se va cambiando la estructura, y los países van hacia un escenario que es muy distinto del que teníamos en la etapa de la posguerra, que era de sustitución de importaciones (una estrategia económica que busca reemplazar bienes importados con producción nacional para fomentar la industrialización).

Jorge Katz.

Jorge Katz.

Foto: FEN UChile

Actualmente no hay nadie en América Latina que pueda competir con la productividad china, india o coreana y fortalecer la industria manufacturera. Estos países han ido ganando espacios en los mercados y es muy difícil o casi imposible para nuestras pymes ponerse a tiro con esos niveles de productividad. Por tanto, tenemos unas economías más concentradas, con informalidad laboral y exclusión social, mientras que el Estado tiene poca capacidad de intervención en construir bienes públicos.

Hay un sector importante que no tiene buen acceso a agua potable, a saneamiento urbano, a medicina, a la conexión digital. Es decir, falta una cantidad de bienes públicos de uso colectivo que el Estado es incapaz de proveer. Por tanto, nos estamos moviendo hacia estructuras que son sumamente distintas de las de posguerra y sin una estrategia nacional para enfrentarlas.

¿Qué sucede en el caso de Uruguay?

Dentro del escenario latinoamericano, Uruguay es quizás el que mejor –también Chile y mucho menos Argentina, Colombia y México– ha enfrentado con cierta elegancia este fenómeno de la transformación estructural, en parte porque es un país más chico y tiene menos necesidad de generar grandes grupos de diálogo.

Por otro lado, porque hay algo en la idiosincrasia uruguaya que nos acerca a escenarios un poco más dialogantes, un poco más cooperativos que los que se encuentran en Argentina, México o Brasil. En ese sentido, la transición de Uruguay hacia este nuevo modelo tiene algo importante y es que no solamente se requiere mayor inversión en lo que hace falta, sino también un espíritu de organización cooperativa, lo cual es algo que este país tiene un poco más que lo que se observa en otros lugares de América Latina.

Si se compara Uruguay con la región, tiene un Estado relativamente fuerte, estabilidad institucional, pero en los últimos diez años ha tenido tasas de crecimiento bastante magras. ¿Cómo interpreta ese resultado?

Tiene razón. Pero [el bajo crecimiento] es un fenómeno generalizado. Toda América Latina está creciendo alrededor del 2% anual. No solo sucede en la región, sino que todo el mundo está creciendo relativamente despacio, salvo China, India o Corea, que tienen una mirada distinta en este tema y tienen estrategias de largo plazo, en las que el Estado toma a su cargo los ámbitos menos rentables. Es decir, cuando los países se mueven hacia sectores como la inteligencia artificial o que son de capital muy intensivo, el rol del Estado es fundamental.

El problema es que eso no se encuentra en América Latina, porque en la región todavía predomina una mirada neoliberal, en la que se privatiza y desregula, pensando que el modelo va a llegar solo a un sendero de equilibrio a largo plazo con mayor equidad social. Pero eso no va a ocurrir. No obstante, es cierto que la teoría neoliberal ha creado islas de modernidad. En todos nuestros países hay islas de modernidad. Uruguay tiene islas de modernidad en el sector digital, en lechería, en lo forestal, pero esa situación convive con una alta informalidad laboral que no puede ser absorbida fácilmente, aunque pretendamos bajar salarios, y también con asentimientos.

Mientras tanto, se está borrando el límite entre las producciones agropecuarias y las industriales, porque esta revolución, este nuevo paradigma biológico digital, lleva a una integración de lo rural con lo industrial. No vamos a volver a ser grandes productores de industrias, porque en eso se encuentran China, Corea e India, pero sí podemos volver a modelos interesantes de construcción, de competitividad, en nichos de la agroindustria que están surgiendo. No quiero decir que con esto se resuelva el problema del empleo: no lo soluciona, pero sí resuelve la competitividad. En todos estos nichos agroindustriales, el agro va proveyendo biomasa y la industria la transforma en bienes mediante procesos de síntesis.

El etanol en Brasil es el caso más claro, pero también Uruguay empieza a ir en esa dirección en biocombustibles y en lácteos. Ya no es solamente la lechería, sino que detrás aparecen una cantidad de nuevas áreas con fermentos y elaboración secundaria. Pero esta situación implica estrategias explícitas. El mercado hace unas poquitas cosas, genera islas de modernidad, pero no se ocupa de la exclusión social, que demanda un Estado proactivo que entregue bienes públicos como atención primaria de salud y educación de calidad.

Uruguay tiene un problema grave con el tema de la educación. Es decir, muchos de los chicos de secundaria abandonan antes de terminar. Como el Estado cumple un papel muy pobre en esta dirección, los grupos ilegales entran a tallar significativamente en los barrios marginales.

En resumen, vivimos en sociedades mucho más complejas que las de hace 20 años, cuando imperaba el Consenso de Washington. Fue una receta teórica que no funcionó y nos dejó estancados, con una fuerte informalidad laboral y exclusión social.

¿Qué debate cree que falta dar en América Latina y, en particular, en Uruguay sobre desarrollo?

No tenemos una teoría del desarrollo. Tenemos mucha capacidad en nuestras universidades, pero el diálogo entre la academia y la sociedad está realmente muy fragmentado. Las principales revistas de economía no se ocupan de los problemas de los países con recursos naturales, prefieren analizar la industria farmacéutica, la biotecnología, la inteligencia artificial. La verdad es que nos falta una teoría de la cual agarrarnos para poder pensar los problemas nuestros, basados en recursos naturales.

Además, los recursos naturales están dejando de ser la tierra, el tractor y el agricultor convencional de hace 20 años. Los recursos naturales hoy se manejan con drones, con celulares. El dueño no tiene ni siquiera que estar en el campo, el tractor puede ser automanejado. Es decir, estamos entrando en un escenario donde no tenemos una teoría fácil a la cual acceder para entender qué pasa con un recurso como este, que es móvil. Si se analiza el cobre, el salmón, los productos de la lechería, tienen una vida propia, porque son un agente biológico. No es lo mismo que una máquina. Este agente biológico tiene ciclos y no hay una teoría fácil para entenderlo cuando simplemente nos basamos en las revistas internacionales, porque hay que hacer investigación en el lugar para entender la especificidad del recurso. El recurso, 30 kilómetros más atrás, tiene un comportamiento biológico genético diferente.

¿Estamos colonizados en el conocimiento económico de nuestra realidad?

Cada vez es mayor la conciencia en nuestras universidades. En la reunión realizada por Cinve se discutía eso. Ni siquiera tenemos un lenguaje: hay que construir uno que mezcle al economista con el biólogo. La impresión que yo me llevo de la reunión del otro día es que hay una comunidad muy significativa en Uruguay que tiene esta concepción en la cabeza. Eso mismo está ocurriendo en Río de Janeiro, San Pablo, Buenos Aires, Bogotá. Esta mirada está embrionariamente avanzando. De aquí a 20 años, seguramente ese va a ser el escenario en el que vamos a vivir.

Hay que mirar estrategias de largo plazo. Es cierto que en el corto plazo vivimos en un desarreglo fenomenal por [el presidente de Estados Unidos] Donald Trump y [el mandatario de Argentina] Javier Milei, pero estos escenarios de disrupción social han ocurrido cada tantas décadas y el mundo ha seguido andando. Hay que pensar a largo plazo, en cómo armar una teoría que se acerque a nuestras necesidades, y no simplemente leer las diez mejores revistas de la profesión, que están escritas por profesionales de universidades de países desarrollados, para los cuales el tema de la transición entre agro e industria no es un fenómeno. Para nosotros sí, es crucial.