¿Qué define hoy el poder de un país? Durante décadas, la respuesta estuvo asociada al petróleo, la industria, el comercio o la capacidad militar. Pero en la economía del futuro que comienza a consolidarse, el poder también pasa por quién controla los datos, la inteligencia artificial (IA), la capacidad de cómputo, la energía eléctrica y las infraestructuras digitales que sostienen el funcionamiento de la economía global.
Frente a este cambio, Uruguay busca definir cómo insertarse en un mundo cada vez más dominado por plataformas tecnológicas, centros de datos y sistemas de IA. Desde el gobierno, Bruno Gili, quien lidera el programa Uruguay Innova, sostuvo, en diálogo con la diaria, que el país apuesta a construir “el mayor grado de soberanía posible” frente a las grandes infraestructuras globales de datos y la IA.
Por su parte, los economistas Diego Aboal, Fernando Isabella y Pablo da Rocha advirtieron que Uruguay enfrenta el desafío de insertarse en esta nueva economía sin perder capacidad de decisión frente al creciente poder de las grandes plataformas tecnológicas.
Una nueva revolución
Tanto Gili como el resto de los analistas coincidieron en que la actual transformación tecnológica constituye una nueva etapa de la revolución industrial, caracterizada por el peso creciente de tecnologías intangibles, como la IA, y por una demanda de energía “como nunca antes”.
“La característica de esta revolución es que está sustentada en tecnologías no solo físicas, sino intangibles, como la inteligencia artificial”, afirmó Gili. A su juicio, la creciente autonomía de estos sistemas respecto de las decisiones humanas obliga a pensar nuevas regulaciones y mecanismos de control.
“El valor de la energía eléctrica en general fue asociado al consumo de la ciudadanía [...], pero hoy también se asocia a los data centers, ya que es necesaria para desarrollar algoritmos. Es un cambio radical [...] que también genera nuevas formas de dependencia entre países”, reflexionó.
En la misma línea, Aboal, investigador del Centro de Investigaciones Económicas (Cinve) y doctor en Economía, señaló que el poder económico “ya no se organiza solo alrededor de la industria o del comercio de bienes”, sino también en torno a activos estratégicos como la energía, los datos, la IA y ciertos recursos naturales.
“Hay una nueva geografía del poder, y Uruguay tiene que decidir cómo se inserta”, añadió. En ese contexto, advirtió que la creciente concentración de datos e infraestructura digital puede generar nuevas formas de dependencia económica.
Para el magíster en Economía y director del Centro de Estudios Etcétera, Fernando Isabella, los vínculos entre tecnología, recursos naturales y poder geopolítico no son nuevos, aunque la IA acelera esa dinámica a una velocidad inédita. “La tecnología y los recursos naturales han sido determinantes de la geopolítica desde hace mucho tiempo”, sostuvo. Como ejemplo mencionó el papel del petróleo en Medio Oriente durante el siglo XX, o la superioridad tecnológica británica durante la expansión inglesa del siglo XIX.
A su juicio, la principal diferencia con la actualidad radica en la aceleración tecnológica que introduce la IA. “Quien tenga ventaja en esa tecnología puede tener una superioridad fundamental que se traslade a formas de dominación”, afirmó. Isabella señaló además que la IA ya ocupa un rol central en áreas estratégicas como los sistemas de espionaje y la industria militar.
Desde el Instituto Cuesta Duarte, el economista Pablo da Rocha dijo que la humanidad no está “entrando en una economía poscapitalista ni en una revolución tecnológica neutral”. A su juicio, lo que se observa es una nueva etapa del capitalismo global en la que la IA se convierte en un elemento central de la competencia económica y geopolítica.
Da Rocha, que cuenta con un diplomado en IA por la Escuela de Posgrados de Salamanca, señaló que la cuestión fundamental no es únicamente qué puede hacer la tecnología, sino quién controla los recursos que la sostienen. “Hoy esa capacidad está muy concentrada en pocas empresas y en algunos países, [...] La IA no es solo un tema tecnológico, es, sobre todo, un tema de poder”, resumió.
El economista consideró que la concentración de datos e infraestructura digital ya está generando nuevas formas de “dependencia económica” para los países periféricos. “El riesgo es modernizarse tecnológicamente, pero profundizando la dependencia”, afirmó.
Energía, datos y geopolítica
Esta nueva economía digital genera transformaciones profundas en las relaciones entre países, advirtió Gili. A los tradicionales flujos de bienes, servicios, finanzas y personas se suma ahora el movimiento global de datos, un elemento que consideró central en la disputa geopolítica contemporánea.
“En el mundo de la digitalización y de la IA hay tres factores determinantes: datos, algoritmos y capacidad de cómputo”, señaló. Según explicó, sin acceso a grandes volúmenes de datos resulta imposible desarrollar sistemas avanzados de IA, mientras que la capacidad de procesamiento continúa concentrándose principalmente en países del norte global.
Gili indicó que la localización de los centros de datos, las redes de conectividad y las infraestructuras digitales se convierte así en un asunto estratégico. “La geopolítica es importante porque define dónde se ubican los data centers, cómo se conectan los países y cómo se relacionan con las plataformas globales”, afirmó.
En ese contexto, sostuvo que los países pequeños enfrentan desafíos particulares. En ese marco, Uruguay no tiene capacidad de construir por sí solo las grandes infraestructuras tecnológicas globales ni de competir directamente con países o con las gigantes tecnológicas, señaló. Por eso, consideró que el desafío consiste en definir “inteligentemente” cómo relacionarse con esas plataformas y utilizar sus infraestructuras “con la mayor soberanía posible”. Como ejemplo recordó que Uruguay logró integrarse exitosamente a la red global de internet sin construir sus propios cables submarinos, sino negociando y aprovechando las infraestructuras internacionales existentes.
“El país va a tener que decidir cómo comparte datos, cómo participa y utiliza las infraestructuras que el mundo va construyendo, y qué debería construir Uruguay de infraestructura para poder tener algún papel en ese juego”, agregó.
“Techplomacia” y soberanía digital
El creciente poder de las grandes plataformas tecnológicas también está obligando a repensar las formas tradicionales de regulación, diplomacia y soberanía económica. En ese contexto, Gili sostuvo que incluso la diplomacia debe adaptarse a esta nueva realidad, y mencionó el caso de Dinamarca, que desarrolló una estrategia específica de relacionamiento con las grandes tecnológicas denominada “techplomacia”.
“Las plataformas son casi más grandes o más potentes que la mayoría de los países del mundo”, afirmó. Por eso, sostuvo que es necesario hacer “negociaciones inteligentes”, y Uruguay debe “enfrentar desafíos”. El país necesita desarrollar capacidades para negociar con esos actores globales y definir qué datos comparte, qué infraestructuras construye y cómo participa en las cadenas internacionales de conocimiento y tecnología, agregó.
El líder de Uruguay Innova consideró que el país viene avanzando en esa dirección con “cierto consenso político”, y destacó la importancia de mantener márgenes de autonomía en la toma de decisiones. “Estamos poniendo instrumentos para tratar de tener el mayor grado de libertad posible en la toma de decisiones. Hay que ver cómo evoluciona Brasil, Argentina, Chile, la región, qué acuerdos regionales podemos hacer, qué infraestructura común podemos construir con países que son más grandes. Pero tienen otros problemas distintos, son a veces menos estables en sus políticas y eso dificulta acuerdos a más largo plazo”, agregó.
En la misma línea, Isabella consideró que, para países pequeños como Uruguay, el principal desafío frente al poder creciente de las grandes tecnológicas no es solamente económico, sino político. “La única salida es la cooperación y la institucionalidad internacional”, afirmó. En ese sentido, defendió la necesidad de alcanzar acuerdos internacionales que permitan regular y limitar los alcances de la IA.
“Puede resultar un poco irónico, porque estamos en un momento donde está sucediendo todo lo contrario, ya que los tecnofeudales, los grandes dueños de empresas tecnológicas, están poniendo las reglas a su servicio”, agregó, al mismo tiempo que remarcó que tiene la esperanza de que la sociedad termine limitando el poder de estas empresas. “La pregunta es hasta dónde la democracia le pone límites al poder económico y tecnológico”, reflexionó.
Recursos naturales y conocimiento: una falsa dicotomía
Lejos de perder relevancia en la economía digital, los recursos naturales seguirán ocupando un lugar estratégico en la disputa global por el desarrollo y la tecnología, coincidieron los expertos consultados. Isabella sostuvo que en la economía del futuro seguirán teniendo un papel “clave”. Mencionó el rol del litio, el cobre, el cobalto y las llamadas “tierras raras” como insumos fundamentales para las nuevas tecnologías.
“Uruguay no posee, por lo que sabemos por ahora, ninguno de esos recursos, pero siguen siendo necesarios los alimentos, en particular los que tienen altas proteínas para una población cada vez más envejecida, y sobre todo en un planeta en el que el cambio climático va a poner en riesgo la capacidad de producción de alimento de enormes zonas del planeta. Aparentemente, nuestro país podría tener algunas ventajas al ser menos afectado por el cambio climático”, afirmó. También consideró que el cambio climático puede aumentar el valor de productos derivados de fibras naturales. En ese marco, destacó el potencial de las biorrefinerías y de la producción de biomateriales a partir de la madera.
En el mismo sentido, Aboal argumentó que la digitalización no reduce la relevancia de los recursos naturales, sino que modifica la forma en que generan valor. En el caso uruguayo, consideró que la oportunidad pasa por integrar recursos naturales y conocimiento, combinando agro y tecnología, alimentos y datos, forestación y bioeconomía, así como energías renovables con industria y logística inteligente. “Uruguay no tiene que elegir entre recursos naturales y conocimiento; tiene que integrarlos mejor”, remarcó.
Por su parte, Da Rocha consideró que la cuestión central para Uruguay es determinar quién captura el valor generado a partir de sus recursos naturales. Según explicó, el país puede limitarse a ser proveedor de energía, agua, tierra y estabilidad institucional para cadenas globales controladas desde el exterior, o bien articular esos recursos. “Los recursos naturales de Uruguay van a seguir siendo estratégicos, pero la pregunta clave es quién captura el valor”, afirmó.
Consultados sobre las actividades que sostendrán la economía uruguaya en las próximas décadas, Aboal y Gili plantearon que seguirán siendo relevantes sectores tradicionales como alimentos, forestación, celulosa, carne, lácteos, logística, turismo y servicios, aunque deberán incorporar mayores niveles de sofisticación tecnológica. A su vez, previeron un crecimiento de actividades intensivas en conocimiento, como software, servicios profesionales, biotecnología, industrias creativas, energías renovables, finanzas, análisis de datos, IA aplicada y tecnologías orientadas al agro, la salud, la educación y la logística.
No obstante, Aboal enfatizó que para concretar esa transformación Uruguay necesita atraer inversiones de gran escala. En ese sentido, planteó la necesidad de impulsar “otro shock de inversión”, comparable al que transformó al país a fines del siglo XIX. “Esta vez no vendrá de Londres, pero puede venir de China; fondos globales, empresas tecnológicas o infraestructura”, sostuvo.
El principal reto: la educación
Más allá de las oportunidades económicas que abre la IA, los especialistas coincidieron en que Uruguay enfrenta importantes debilidades estructurales vinculadas a la educación, la productividad y la formación de capital humano.
Gili advirtió que el principal desafío estructural del país sigue siendo el nivel educativo de buena parte de la población. Según señaló, existen cerca de 700.000 trabajadores cuya formación podría resultar suficiente para la nueva economía digital. “Necesitamos aumentar el promedio educativo de ocho años a 13 o 14 años en un plazo relativamente corto”, sostuvo. A su juicio, esto resulta especialmente importante en un país donde la población está envejeciendo y decreciendo.
En la misma sintonía, Aboal fue categórico al afirmar que el país no está preparando adecuadamente a las nuevas generaciones para la transición económica en curso. Señaló que la pobreza infantil alcanza a aproximadamente 30% de los niños y que persisten problemas de desvinculación y bajos niveles de aprendizaje. “Cuando miramos el índice de pobreza multidimensional que publica el INE [Instituto Nacional de Estadística], el indicador que más pesa es la falta de niveles básicos de escolarización, explicando casi un quinto del índice”, agregó.
Más allá de los sectores específicos, Isabella consideró que uno de los desafíos centrales para Uruguay será fortalecer la capacidad prospectiva del Estado. “Es necesario que el Estado tenga capacidad de planificación económica y conocimiento prospectivo”, sostuvo. A su juicio, el país necesita monitorear permanentemente las tendencias tecnológicas para anticiparse a los cambios productivos y acompañar las transformaciones económicas y laborales. Según explicó, esa capacidad de planificación no debería concentrarse en una sola oficina estatal, sino formar parte de una estrategia transversal que involucre distintas áreas del Estado.
Un país pequeño, pero sofisticado
Pese a las restricciones de escala y a la creciente concentración global del poder tecnológico, los expertos consideraron que Uruguay todavía puede construir una inserción internacional sofisticada en la economía del futuro. “Uruguay no va a ser una potencia global, pero puede ser un país pequeño muy sofisticado”, afirmó Aboal.
Advirtió que, para lograrlo, Uruguay debe evitar dos errores: conformarse con administrar las ventajas actuales y asumir que la economía digital vuelve irrelevantes los recursos naturales. “El futuro combina recursos naturales, energía, datos, talento e infraestructura”, resumió. A su entender, si el país logra atraer inversión, fortalecer su capital humano y elevar sostenidamente la productividad, podrá “ocupar un lugar mucho más relevante en el mundo que está llegando”.
