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Día internacional de visibilidad de las personas trans: ¡que vivan las, los y les estudiantes!

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Desde 2009, gracias al impulso de la activista Rachel Crandall, cada 31 de marzo se celebra el día internacional de la visibilidad trans, como un llamado a desarticular los estereotipos de género, a reconocer y celebrar las diversidades sexo-genéricas y, especialmente, a reivindicar sus derechos.

Dar visibilidad y respetar la realidad trans implica reconocer que nuestra mirada está condicionada por estereotipos construidos desde un sistema patriarcal y binario, donde no todas las personas se identifican con la construcción de género que les fue asignada al nacer, ya que la identidad de género es la convicción personal e interna de cómo cada persona se autopercibe. Como ya señalaba Simone de Beauvoir hace más de 70 años: no se nace hombre o mujer, se llega a serlo. En este mismo sentido, años más tarde, Judith Butler plantea la categoría teórica de la performatividad. El género es performativo, es decir, son ideas y comportamientos que definen a las mujeres y a los hombres, no es una esencia innata o biológica, sino un conjunto de acciones, comportamientos y normas repetidas constantemente.

Los conceptos que dan forma a la expresión LGTBIQ+ son denominaciones necesarias para visibilizar sectores de la sociedad y formas de vivir la sexualidad que históricamente han sido negadas y reprimidas. Estas expresiones refieren tanto a identidades de género como a orientaciones del deseo erótico-afectivo, que son cuestiones independientes. La sexualidad y el género están en permanente debate y sus límites son cada vez menos marcados, pero, sin dudas, le ponen nombre y le dan entidad a quienes todavía pelean por sus derechos. En este sentido, es importante distinguir el sexo biológico –asignado al nacer–, del género, que puede coincidir o no con el sexo y que puede implicar diferentes identidades y expresiones de género, es decir, distintas formas de percibirse y expresarse. La orientación sexual, por otra parte, refiere al objeto de deseo y es independiente de todos los aspectos antes mencionados.

En Uruguay, la inmensa mayoría de las personas trans son adultas y según el Censo Nacional de Personas Trans, realizado por el Ministerio de Desarrollo Social y la Universidad de la República, solo el 17,6% llega a vivir más de 50 años. Los datos arrojan que, en promedio, las personas trans abandonan su hogar a los 18 años y el principal motivo para ello son los problemas familiares que se generan por el desarrollo de sus identidades de género. 

En lo que refiere a las trayectorias educativas, los datos son reveladores y muestran que esta población tiene bajos logros educativos, encontrándose por debajo de la población en general. El 61,2% tiene ciclo básico incompleto, incluso casi un 12% tiene primaria incompleta. En los niveles más altos de educación hay menor presencia de personas trans: el 2,9% tiene cómo máximo nivel educativo alcanzado el bachillerato completo y un 1,1% universidad –o similar– completa. Estos resultados están asociados a que se registra una desvinculación del sistema educativo a edades tempranas, en gran medida vinculada a la discriminación. La edad promedio de abandono de los estudios formales de esta población es 15,7 años, lo que conlleva consecuencias en la pérdida de vínculos y grupo de pares, así como en las posibilidades de inserción en el mercado de trabajo. La salida del hogar a edades tempranas también influye directamente en el nivel educativo.

Existe un marco legal (Ley N° 19.684 de 2018) que protege los derechos de las personas trans y establece en su primer artículo: “Toda persona tiene derecho al libre desarrollo de su personalidad conforme a su propia identidad de género, con independencia de su sexo biológico, genético, anatómico, morfológico, hormonal, de asignación u otro.”. En ese sentido, para poder cambiar los patrones de discriminación y exclusión que las personas trans viven en los centros educativos y garantizar su derecho a la educación, se hace imprescindible cambiar el enfoque cis-heteronormativo de las políticas educativas y contemplar la diversidad. Por otra parte, si bien en nuestro país está instalada la cuota trans a nivel laboral, debido a los datos expuestos ese cupo no llega a cubrirse, porque la mayoría de la población trans no tiene los requisitos que se piden en los llamados, justamente como consecuencia de la expulsión del sistema educativo.

Las instituciones educativas deben ser el lugar seguro, donde cualquier estudiante pueda expresar su forma de ser y sentir libremente. Es fundamental, entonces, desde las aulas evitar y corregir comentarios basados en la heternormatividad, asumiendo que a la persona la atrae el “sexo opuesto”, oponerse a la utilización de expresiones homofóbicas o transfóbicas, respetar los nombres de preferencia y no invisibilizarles acudiendo al uso exclusivo del apellido para llamarles. También resulta central tener empatía y considerar que quienes están en un proceso de transición de género tienen diversas condicionantes, incluso por algo tan básico como ir al baño en un recreo, si no existe uno inclusivo, y están viviendo un momento muy complejo. En este sentido, es fundamental formar a las comunidades educativas, tanto docentes como no docentes.

La defensa de la diversidad debe desprenderse de la idea de “tolerancia”, que implica aceptar aquello que no es de mi agrado. Se trata, justamente, de lo opuesto, de una forma de empatía en la que los derechos del otro me importan tanto como los míos.

Dentro de las personas trans cabe mencionar en particular a las no binarias, que son invisibilizadas y ni siquiera tienen acceso a cédula de identidad con su género. Cuando logran acceder a puestos laborales, figuran en los registros con el género que les fue asignado al nacer y que sigue apareciendo en su documento. Esta identidad provoca incluso más rechazo en la sociedad que quienes se identifican con el género “opuesto”, ya que se trata de romper con una estructura fuertemente arraigada. Recientemente, algunas dependencias de la Udelar comenzaron a emitir títulos reconociendo esta identidad de género, pero en la amplia mayoría de las instituciones estatales, y en particular de las educativas, el binarismo domina el discurso y las prácticas.

La defensa de la diversidad debe desprenderse de la idea de “tolerancia”, que implica aceptar aquello que no es de mi agrado. Se trata, justamente, de lo opuesto, de una forma de empatía en la que los derechos del otro me importan tanto como los míos. Es, también, un posicionamiento ético y político.

El orden de género global, binario y patriarcal es una forma de continuación de la colonialidad del poder. Muchas sociedades indígenas de América incluyen géneros que no existen dentro del binarismo eurocolonial. Los Quariwarmi, en la civilización inca precolonial, Winkte, en el pueblo lakota o Muxes,el grupo cultural zapoteca, son ejemplos de que las personas trans existieron antes que el binarismo de género. La aceptación indígena y la celebración de las identidades no binarias se extiende por todo el mundo. Las estructuras coloniales han impuesto y perpetuado normas de género que deshumanizan y subyugan a las poblaciones colonizadas. “Decolonizarnos es construir en conjunto el derecho a disentir de los mandatos impuestos sobre nuestros cuerpos bajo un imago de género, que está instaurado en unos regímenes del patriarcado colonial-neoliberal y necropolítico, el cual actualizamos y continuamos a través de nuestras prácticas cotidianas que naturalizan el racismo, el endoracismo, el sexismo, la LGTTTTBIQ-fobia, la misoginia, el capacitismo, la transfobia así como la cultura de la violencia, de la violación y del (trans)feminicidio”1.

En la actualidad, muchas personas trans sufren hostilidad, discriminación y un sin fin de violaciones a sus derechos. Los prejuicios transfóbicos propician la exclusión en diversos ámbitos, como los familiares, educativos y laborales. A su vez, los movimientos antiderechos y antigénero, vinculados a la ultraderecha y fomentados por figuras públicas y retóricas conservadoras que se amplifican en las redes sociales, están ganando espacios inesperados y se fortalecen, manifestándose de manera brutal y violenta. Por ello, es importante que, como sociedad, nos informemos y propiciemos espacios seguros y de respeto para todas las personas. Para esto es necesario deshacer el género, decolonizarlo y revisar nuestros privilegios de género como mujeres y varones cis.

Esta fecha nos debe comprometer con la generación constante de instancias de sensibilización con perspectiva de género que promuevan la despatologización de las identidades trans, el bienestar y los derechos de las personas LGTBIQ+, no solo dentro del sistema educativo, sino en la sociedad en general.

Leticia Tellechea es profesora de Historia egresada del IPA y profesora adscripta, e integra el equipo del Consejero electo Julián Mazzoni en el Codicen.

Bibliografía

Bailar, S. (2024). Él/Ella/Elle: Cómo hablamos de género y por qué es importante (C. Bataller Estruch, Trad.). Editorial Tendencias

Butler, J. (2018). Deshacer el género. Editorial Planeta

Romero, D. (Coord.) (2024). Transfeminismo y decolonialidad del género. Editorial Publicar al Sur.


  1. Valencia, Sayak; “Decolonizar el género”, pág. 99, en Romero, D. (Coord.) (2024). Transfeminismo y decolonialidad del género. Editorial Publicar al Sur. 

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