A fines de marzo se hizo pública una investigación de la CNN que dejó al descubierto comunidades virtuales en las que hombres compartían de forma sistemática consejos sobre cómo drogar y agredir sexualmente a sus parejas mientras estaban inconscientes. Nombres de medicamentos, dosis, tips para evitar ser descubiertos y en muchos casos imágenes o livestreams de esos abusos a cambio de algunos dólares o criptomonedas son algunas de las prácticas que circulaban en chats grupales de Telegram y en una página de pornografía. El trabajo periodístico reveló que este sitio web, por sí solo, tuvo más de 62 millones de visualizaciones sólo en febrero, con un público mayoritariamente de Estados Unidos.
El contenido que reveló este trabajo periodístico, que se tituló “Rape Academy” –Academia de Violación–, es siniestro, pero no constituye un caso aislado. De hecho, el modus operandi es el mismo que utilizó Dominique Pelicot, el hombre que durante nueve años drogó y violó a su esposa, Giséle, coordinó encuentros a través de plataformas digitales para que más de 80 hombres también abusaran sexualmente de ella mientras estaba inconsciente, y lo filmó todo.
Han trascendido otros casos de comunidades virtuales de abusadores. En Alemania, el medio ARD y su equipo de investigación STRG_F destapó a fines de 2024 un grupo de Telegram en el que más de 70.000 hombres de distintos países intercambiaban tácticas para someter químicamente y violar a mujeres. Ese mismo año, en Portugal, una investigación del diario publico.pt expuso cómo en un grupo de la misma red social, más de 66.000 hombres intercambiaban imágenes íntimas de mujeres tomadas sin su consentimiento.
Más recientemente, a principios del mes pasado, la organización AI Forensics publicó un informe que dejó al descubierto cómo cerca de 25.000 hombres utilizaban Telegram para difundir y monetizar fotos y videos no consentidos de miles de mujeres, niñas y adolescentes en Italia y España, incluido material de abuso sexual infantil. En el estudio, la asociación fundada en Italia concluye que “lo que comúnmente se describe como mala conducta entre pares es, en realidad, un ecosistema de abuso estructurado, monetizado y en gran medida automatizado que opera a gran escala”.
Y estos son sólo algunos de los que fueron expuestos públicamente.
Los casos mediáticos, generalmente masivos, dejan en evidencia prácticas que se reproducen todo el tiempo, a todas las escalas y que muestran cómo la cultura de la violación, lejos de erradicarse, hoy se adapta y se expande a través de las nuevas tecnologías.
Esto, a su vez, nos obliga a hacernos otras preguntas: ¿Qué pasa con los hombres que integran este tipo de comunidades virtuales en las que lisa y llanamente cometen delitos sexuales? Sabemos que, en el caso de Pelicot, la mayoría de los violadores fueron condenados, y también algunos de los involucrados en la Rape Academy, cuyas víctimas declararon para CNN. ¿Pero qué pasa con todos los demás? ¿Cuántos de ellos enfrentan consecuencias? A nivel general, ¿qué medidas toman los estados para sancionar estas conductas y, sobre todo, prevenirlas? ¿Qué rol deberían jugar las plataformas digitales?
Para analizar todos estos temas, la diaria conversó con Nicolás Sosa Georgieff, docente de filosofía, educador sexual, especialista en masculinidades y fundador del grupo “Varones en Conversa”, y con Valeria Ramos, psicóloga, oficial de Programa en salud sexual y reproductiva y género del Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA), magíster en Género y Políticas Públicas, y especialista en educación sexual.
¿Qué hay detrás del deseo de ejercer violencia sexual contra unas y para otros?
Quizás una de las primeras preguntas que se nos viene a la mente cuando leemos en detalle lo que se conjugaba detrás de la Rape Academy es: ¿Qué genera que millones de hombres sientan el deseo de abusar de sus parejas, registrarlo, compartirlo y ver cómo lo hacen otros? ¿Por qué, además, la necesidad de enseñar, de aprender, de alentarse los unos a los otros? ¿Qué se juega en esas dinámicas tan perversas?
Para Sosa, y en línea con lo que plantea la antropóloga argentina Rita Segato, el ejercicio de estas violencias sexuales “no tienen que ver con un deseo sexual de tener relaciones”, sino que se trata de una “disputa de poder”, una “práctica de dominio” y también una “pedagogía de restitución a un lugar de subordinación”. “El varón de alguna manera está castigando a esa mujer y, en ella, a las mujeres”, agregó.
Cuando a esto se le suma que los abusos se transmiten en vivo o se graban para publicar o incluso vender, lo que se juega, según el educador, es también “una suerte de erótica de la dominación”. “¿Qué quiero decir con esto? Que el deseo se activa respecto a otros varones que están confirmando lo que uno está haciendo. Es también, en el marco de las relaciones de pareja, el dueñazgo respecto del cuerpo del otro: la típica expresión ‘vos sos mía’ no es simplemente ‘vos sos parte de este vínculo, somos uno para el otro’; es simbólica y materialmente un ejercicio de dominación”, reflexionó el especialista.
Al mismo tiempo, consideró que “hay un sentirse vivo, hay un sentirse parte de, y hay una forma también de rellenar un relato identitario y social que está siendo fracturado” –el de la masculinidad hegemónica–. En ese sentido, Sosa dijo que los varones se sientes interpelados no sólo ante los cuestionamientos de los feminismos, sino también en relación al “lugar de la paternidad, las violencias sexuales, el lugar de los varones en el trabajo, el cansancio y la exigencia de productividad; por todos los lados donde lo miremos, esta idea del ser varón, que es más bien un hacerse varón, se ve bordeada por el presente en el que vivimos, no solo por el cuestionamiento, sino por la propia vida material, es decir, por un estado de impotencia, por la cantidad de varones deprimidos que hay en relación a muchas de estas temáticas, la falta de empleo, la dificultad de poder vincularse con alguien”. En este escenario, “¿qué es el cuerpo de la mujer si no un mecanismo de confirmación de mi identidad?”, planteó.
Una violencia que se transforma y agrava en los entornos digitales
Para Sosa, las nuevas tecnologías no sólo transforman y adaptan las violencias machistas de siempre, sino que “agravan muchísimo más esta situación” porque “descorporizan la violencia”. En esa línea, señaló que “cuanta más distancia vos tenés de un hecho, en términos simbólicos y materiales, menos responsable te sentís de eso”. “Entonces, si bien las tecnologías generan la idea de mayor cercanía comunicacional, lo que generan es una brecha y una distancia respecto del cuerpo de los otros”, ahondó.
“Si en realidad yo no conozco a la persona, tomo cierta distancia, la puedo ver en relación a ciertas formas de la pornografía mainstream que promueve determinadas violencias sobre los cuerpos de las mujeres, y además en el anonimato, evidentemente uno se vuelve espectador o consumidor”, puntualizó el docente. Así, “su cualidad moral queda de alguna manera reducida a un estado de consumo que pierde total lazo moral con el sufrimiento del otro”, continuó. Afirmó además que en estos contextos, tal como pasa con la información, “la violencia también se vuelve viral” y “uno aprende que también puede hacerlo”.
Ramos coincidió en que “hay un agravamiento” de las violencias por “la capacidad masiva, la difusión rápida y las características específicas del entorno digital, que habilitan este pseudoanonimato y otras cosas de lo digital”. En este sentido, la psicóloga y oficial de Programa en salud sexual y reproductiva y género de UNFPA aclaró que “no es que los entornos digitales generan desigualdades o violencia por sí solos, sino que están habitados por humanos, insertos en un mundo donde ya existe la violencia, una cultura de la violación, la misoginia, entonces se reproduce todo eso, pero también se agrava por la masividad”.
Además, en el entorno digital “se amplifican” las ideas misóginas, “se potencian”, y eso hace que también “se normalicen”. “Empezás a encontrar que no sos el único, que hay muchos y que se dan estos espacios inclusive de agresores que se juntan, se pasan piques, se dan para adelante”, entonces eso hace que pienses que “si a todos les pasa lo mismo, vos no estás tan mal”, explicó la referente.
En términos más generales, Ramos también advirtió acerca del “continuo online/offline” que, a través de las plataformas, refuerza violencias digitales que después “pueden pasar a nivel físico”. Esto está ligado a lo que hoy conocemos como “manosfera”, un “conglomerado de subculturas digitales misóginas que se caracterizan por el uso de un discurso masculinista y antifeminista”, como explicó el año pasado a la diaria la socióloga española Silvia Díaz, coautora de Jóvenes en la manosfera: influencia de la misoginia digital en la percepción que tienen los jóvenes de la violencia sexual (2022). Ese es el caldo de cultivo para comunidades o grupos de diversa naturaleza, que van desde Varones Unidos –la organización que promueve discursos antifeministas y antigénero en redes, fundada por el doble femicida Pablo Laurta– a los espacios de violadores que destapó la Rape Academy.
Estado, plataformas y sociedad: asumir las responsabilidades
En diciembre de 2025, el comité de expertas del Mecanismo de Seguimiento de la Convención de Belém do Pará (Mesecvi) presentó una ley modelo contra la violencia hacia las mujeres en ámbitos digitales que busca servir de guía para que los países de la región impulsen sus propias reformas legales para abordar este problema, y que dedica todo un capítulo a las obligaciones de las plataformas digitales e intermediarios de internet. A fines de febrero, Uruguay se convirtió en el primer país de la región en empezar a estudiar cómo adaptar esta ley modelo a la normativa nacional. Mientras tanto, nuestro país “la corre de atrás”, dijo Ramos, más allá de que en paralelo a esta ley del Mesecvi hay en el Parlamento algunos proyectos que de alguna forma abordan la problemática.
“El tema de las plataformas es necesario de tomar porque son empresas privadas que tienen que estar reguladas y tienen que colaborar con los estados y ante la Justicia”, en tanto “no son espacios neutrales, tienen sus reglas e influyen directamente”, enfatizó la especialista, y opinó que Uruguay, al ser “un mercado muy chiquito”, es necesario que, “además de regular, dé pasos a mayor escala”.
De todas formas, afirmó que “no todo pasa por regular las plataformas” y que también “faltan campañas y falta concientización” sobre el tema. Una vez más, incluir estos temas en la currícula educativa aparece como central.
En tanto, Sosa concluyó que los varones todavía siguen “sin politizar la violencia masculina”. “Hay cierto movimiento, hay cierta interpelación, es algo que en algunos círculos se habla, pero creo que como varones, en términos generales, seguimos sin sentirnos implicados, porque justamente estas formas generan también cortes en lo que tiene que ver con el reconocimiento de violencia y corta con los lazos de responsabilidad”, profundizó el especialista. Por lo tanto, “hay gente que está muy lejos de poder interpretar esto como un problema de género, lo interpretan más como un tema de salud mental, por eso dicen ‘estos tipos están locos’ y listo, se separan del fenómeno”. Por otra parte, dijo que “hay algunos que tienen intención de cambiar”, pero el problema es que “la intención queda muy menguada por el contexto: no hay dispositivos, espacios o lugares donde los varones pueden hacer otras cosas más que las que hacen, como indignarse individualmente y hablarlo con su pareja”.
“Hay una indignación”, continuó, “pero no un sentido muy claro de lo que se quiere hacer, porque los discursos que están imperando hoy en día están más relacionados a la igualdad de género y no a otros imaginarios respecto de qué masculinidades queremos”.