La existencia de más de 2.000 sectas en Reino Unido presupone numerosas redes subterráneas de control opresivo, sobre todo hacia las mujeres, que el cine ha sabido explotar como una fuente inagotable de tensión y horror psicológico. El auge del género del folk horror y los thrillers que retratan historias sobre regímenes totalitarios y luchas por la supervivencia –películas como The Wicker Man, Midsommar The Witch y series como Silo o El cuento de la criada– refleja al atractivo extraño de esos entornos cerrados y asfixiantes. Para la industria audiovisual, las comunidades claustrofóbicas son el escenario perfecto para explorar la vulnerabilidad humana, el aislamiento y la pérdida de la identidad, y para mostrar la relación paradójica entre refugio espiritual y prisión física.
La brillante miniserie británica Los no elegidos, dirigida por Jim Loach (Lockerbie), es un perturbador thriller que sigue la vida de Rosie (Molly Windsor, ganadora del BAFTA por Three Girls), una joven mujer que cumple con un modelo de devoción: es la amable esposa de Adam (Asa Butterfield, Sex Education) y una madre entregada dentro de la comunidad cerrada Hermandad de los Divinos. Bajo la superficie de esta secta religiosa radical se esconde un sistema de coerción y roles de género estrictos: las mujeres viven confinadas exclusivamente al servicio y la crianza, mientras que los hombres, libres, se dedican a proveer. El frágil equilibrio del mundo de Rosie se fractura con la irrupción de Sam (Fra Fee), un ex convicto fugitivo repleto de secretos.
Lo que empieza como un encuentro casual, se transforma en el catalizador de una revolución interna: un potente viaje de autodescubrimiento en el que Rosie se atreverá a cuestionar su propia fe, a explorar su deseo real y a reclamar una libertad sexual y personal que hasta entonces le resultaba impensada.
La trama, cargada de una impecable tensión sostenida por su banda sonora y locaciones de paisajes rurales que acentúan el aislamiento de la comunidad, devela la fachada apacible de la secta, que esconde un engranaje sistemático de coacción, con líderes pasivo-agresivos, control desmedido sobre mujeres y niños y exigencias de silencio constante. Detrás de esa falsa religiosidad, se perpetúa una mirada acusadora que juzga el rol femenino, anula su sexualidad y lo oprime mediante violencia encubierta.
La llegada de Sam revoluciona todo: destapa en Rosie una atracción inmediata y un despertar sexual, desnuda las profundas fracturas de su matrimonio con Adam y expone a la comunidad, dirigida por el carismático Sr. Phillips (un enorme Christopher Eccleston), en cómo manipula a sus fieles con la idea de que ellos son los “elegidos” y los ajenos y pecadores son estigmatizados, repudiados y obligados a cortar lazos.
La evolución de los personajes es rápida y poco previsible, lo que hace a la miniserie más interesante aún: Rosie pasa de ser una esposa y mamá devota cuya existencia transcurre bajo los límites morales y físicos de una estricta comunidad cristiana a una mujer que se rebela al entender que la influencia de su comunidad pesa mucho más de lo que imaginaba.
La serie logra trasladar al espectador una atmósfera densa e intensa, entre el drama íntimo y el misterio de culto religioso. Transmite con acierto el conflicto interno de una mujer entre el miedo y el deseo respecto al cambio.
Los no elegidos. Seis episodios de 45 minutos. En Netflix.