A mediados de mayo, un equipo internacional de investigadoras e investigadores anunció que el síndrome de ovario poliquístico cambiará de nombre y pasará a llamarse síndrome ovárico metabólico poliendócrino porque, contra lo que se suponía hasta ahora, la enfermedad se caracteriza por alteraciones hormonales y metabólicas mucho más complejas que pueden no involucrar en absoluto la existencia de quistes. Esto hizo que durante años muchas mujeres no dieran con un diagnóstico correcto y, por lo tanto, tampoco pudieran recibir el tratamiento adecuado. De hecho, la Organización Mundial de la Salud estima que 70% de los casos siguen sin diagnosticarse.
Un mes antes, expertas de la Universidad de Ámsterdam publicaron el primer mapa 3D del clítoris, que muestra no solo que este órgano tiene una estructura nerviosa más compleja de lo que creíamos, sino que expone cómo durante años los manuales médicos ignoraron o directamente ocultaron la evidencia que había en torno a este órgano que existe para el placer sexual de las mujeres.
Estos dos casos, que son solo los más recientes, ilustran los sesgos de género que todavía existen en la investigación científica y en la evidencia médica, y cómo repercuten directamente en la salud y el bienestar de las mujeres cuando llevan a diagnósticos tardíos o directamente erróneos.
Detrás de estos sesgos, hay una visión histórica, que atravesó las investigaciones en salud al menos hasta principios de los 90, de que las diferencias entre hombres y mujeres no eran lo suficientemente significativas como para incluirlas en las pruebas médicas. Ni hablar de las disidencias sexuales. Así, asistimos a un modelo de medicina que se presenta como “neutro” pero que, en realidad, no es neutro sino masculino o, mejor dicho, androcéntrico: de hombres, para hombres.
“Venimos de una historia muy larga de infrarrepresentación o de poca consideración del género en las investigaciones. Históricamente, se han desarrollado estudios de investigación, por ejemplo, sin tener en consideración muchas veces a mujeres en determinadas condiciones, en edad reproductiva o potencialmente por algún efecto específico vinculado con el proceso reproductivo o por la variabilidad hormonal, etcétera. Eso hace que hayan quedado excluidas durante años en algunos procesos de investigación, como el desarrollo de fármacos o de medicamentos”, reflexionó en diálogo con la diaria Fernanda Nozar, ginecóloga y flamante profesora titular grado 5 de la Cátedra de Ginecotocología B del Hospital de Clínicas. Esto derivó en que “en resultados específicos de estudios haya un sesgo en las consideraciones y en las consecuencias, que se subestimen las reacciones generadas por algunos medicamentos –porque no es lo mismo el efecto en varones que en mujeres– o que se subestimen los efectos secundarios vinculados con las diferentes etapas de la vida reproductiva de la mujer”, ejemplificó.
Por eso, para la especialista hay una “necesidad de incorporar la perspectiva de género desde el diseño metodológico de los estudios, es decir, desde la proyección, desde la programación de cualquier estudio de investigación”. En ese sentido, señaló que una forma de empezar a “inclinar la balanza” en materia de salud es “teniendo en cuenta las diferencias entre varones y mujeres cuando interpretamos o damos los indicadores de resultados en salud”. “Por ejemplo, determinar cuáles son las principales causas de mortalidad en mujeres en nuestro país, las principales determinantes de patologías, y, a partir de allí, recorriendo el camino inverso, también nos guía para definir qué estudios y con qué consideraciones tenemos que llevar adelante las investigaciones”, continuó.
Los sesgos en género en la evidencia científica, en la clínica y en la gestión en salud fue uno de los temas abordados el jueves pasado por docentes y médicas especialistas en distintas áreas durante el coloquio “Calidad, equidad y derechos en la atención integral de la salud de las mujeres”, organizado por la Unidad Académica de la Clínica Ginecotocológica B del Hospital de Clínicas, en el marco del Día Internacional de la Acción por la Salud de las Mujeres.
Salud cardiovascular de las mujeres: uno de los terrenos más sesgados
Nozar dijo que un ejemplo “muy característico” son las enfermedades cardiovasculares, como los infartos, que “se relacionan muy frecuentemente más con el sexo masculino”, pese a que son la primera causa de muerte en las mujeres uruguayas: se estima que representan el 24% de las muertes de mujeres, según datos del Ministerio de Salud Pública presentados en 2025. Sin embargo, “los estudios desarrollados específicamente para mejorar la calidad de atención en mujeres y sus enfermedades cardiovasculares no están claramente definidos aún”, aseguró la académica. “Allí tenemos una manera de, en forma retrospectiva, a partir de indicadores en salud, definir qué deberíamos estudiar y hacer para ver resultados y modificar nuestras prácticas”, enfatizó.
Una de las consecuencias que tiene esto es que el infarto en las mujeres puede pasar desapercibido, ya que los síntomas que experimentan son diferentes a los que presentan los hombres, pero tomamos estos últimos como estándar. En el caso de las mujeres, el síntoma más frecuente es el dolor en el pecho, al igual que en los hombres, pero además tenemos más probabilidades de presentar síntomas que no suelen asociarse con un ataque cardíaco, como náuseas, dolor en el cuello o en la espalda, un cansancio extremo e inusual, dolor en el brazo o en los dos brazos y acidez estomacal, según describe una publicación de la Mayo Clinic actualizada este mes.
Una de las profesionales que intervinieron durante el coloquio fue Lucía Florio, profesora titular de Cardiología de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República (Udelar), quien aseguró que “hay un tremendo sesgo de información respecto de cómo se construyó el conocimiento en patología, en epidemiología, en terapéutica y en el pronóstico de la salud cardiovascular”. La experta dijo que este sesgo “amenaza la equidad en la asistencia en la salud cardiovascular” y que “no es solo un sesgo estadístico, sino que tiene connotaciones científicas, culturales y en cómo asistimos y generamos acción en pos de la salud cardiovascular”.
Florio insistió en que hay “muchísima información” sobre el tema, pero “la población representada de esos trabajos es mayoritariamente masculina”, por lo que “la información de la patología o las propuestas terapéuticas son estudiadas y avaladas en los varones, y hay un desconocimiento de la enfermedad cardiovascular propia de las mujeres”. A modo de ejemplo, apuntó que “el signo de insuficiencia cardíaca clásico siempre fue la falta de aire”, pero que se trata de “la presentación clásica de los varones”; hasta hace poco tiempo, no era reconocido en las mujeres como señal de posible insuficiencia cardíaca. “Si a vos te faltaba el aire y te hacían un ecocardiograma y tu función era normal, [te decían] que estás gorda o que te falta entrenamiento o capaz que es porque sos asmática, pero a nadie se le pasaba por la cabeza que tuvieras insuficiencia cardíaca, causa de internación, de sufrimiento, de muerte”, ahondó, y agregó que “tal es así que hasta hace muy poquito tiempo no había fármacos efectivos probados que cambiaran el pronóstico de insuficiencia cardíaca en mujeres, que es la mitad de los casos de insuficiencia cardíaca”.
La docente propuso algunas ideas para disminuir estos sesgos. Para empezar, “incorporar el sexo femenino en las investigaciones, en los trabajos, en los trials de cualquier tema cardiovascular, la comparación, identificar y ajustar los resultados que presenta el grupo femenino”. Además, dijo que es necesario “hacer investigación en las mujeres, en las enfermedades que tenemos las mujeres, y generar conocimiento, que en este momento no tenemos”. “El mundo no tiene información sobre el sufrimiento cardiovascular en las mujeres”, afirmó. En este sentido, adelantó que desde la Unidad Académica de Cardiología están trabajando en un proyecto de investigación que radica en el estudio de la fisiología coronaria en aquellas mujeres que tienen ángor o sufrimiento isquémico y no tienen lesiones coronarias.
Procesos que afectan solo a las mujeres: entre lo rezagado y lo inexplorado
Las enfermedades cardiovasculares afectan tanto a hombres como a mujeres, pero ¿qué pasa con enfermedades o procesos que solo atraviesan las personas con útero? Un ejemplo es la endometriosis, que en estos días estuvo en la agenda pública a raíz de que se empezó a reglamentar la ley en nuestro país. Se trata de una enfermedad crónica, inflamatoria y sistémica que puede generar dolor pélvico crónico, menstruaciones dolorosas, alteraciones digestivas o urinarias, infertilidad y un impacto significativo en la calidad de vida de quienes la padecen, que en Uruguay afecta al 10% de las mujeres en edad reproductiva, y para la que todavía no existe cura definitiva.
Pero antes de llegar al tratamiento hay que poder diagnosticarla, y ahí está el principal problema: se estima que el diagnóstico de endometriosis puede demorar entre siete y diez años desde la aparición de los síntomas, lo que agrava su impacto en la salud y en la vida cotidiana de las mujeres que atraviesan esta enfermedad. En parte, esto sucede porque “hay una subestimación del síntoma o una normalización del proceso del dolor”, explicó Nozar a la diaria. Es decir: porque los malestares se consideran dolores menstruales comunes y el sistema médico tiende a minimizarlos.
Algo parecido pasa cuando las mujeres entran en el climaterio. Si bien hubo un avance en los últimos años, en parte gracias organizaciones y referentes que empezaron a trabajar en difundir información sobre el tema, poco se habla de los cambios asociados a esta etapa que hoy en día abarca un tercio de la vida de las mujeres. Como resultado de esta invisibilidad, muchas llegan a ese momento sin información sobre cuáles son los síntomas, cómo impactan en la vida cotidiana y, sobre todo, qué atención requieren.
Entre la treintena de síntomas asociados al climaterio, los más comunes son las irregularidades en el ciclo menstrual, sofocos y sudoración, insomnio, irritabilidad, cambios de humor y ansiedad, lagunas mentales y dificultad para concentrarse, sequedad de la piel y de las mucosas (incluida la vaginal), cambios en la libido y aumento de peso, según señala la organización argentina No Pausa. Muchas veces, cuando las mujeres van a consultar por estos síntomas, no hay un abordaje integral de la salud y se pasan meses o años entre neurólogos, nutricionistas, endocrinólogos y psiquiatras sin dar con una solución, porque en realidad todo responde a una caída hormonal natural, cuestiona la asociación civil, que se dedica a divulgar información sobre el tema.
Nozar coincide en la necesidad de un abordaje más integral de la salud de las mujeres. Por ejemplo, respecto de ginecología, que es su especialidad, planteó “no solo concentrarnos en el proceso reproductivo o en la genitalidad, sino ampliar la visión”. “Las afecciones clínicas específicas del aparato genital no surgen exclusivamente allí [...] No centralizar la reflexión clínica en la genitalidad también es cambiar y tener una perspectiva de género diferente”, propuso.
Primer paso: incluir la perspectiva de género en la formación
La titular de la Clínica Ginecotocológica B hizo énfasis en la necesidad de “cambiar la currícula y la formación en salud y en otros aspectos del desarrollo académico”. “Cambiarla todos”, insistió: “Tener la perspectiva de género no necesariamente tiene que vincularse con ser mujer. Si no hay modificación en las prácticas, no la podemos lograr. Es algo que nos tiene que involucrar a todos. Indudablemente, ser mujeres nos sensibiliza, nos genera la posibilidad de una humanización cuando estudiamos, analizamos y asistimos a mujeres en procesos en los cuales nos podemos o no sentir identificados. Pero no significa que por ser mujer no tengamos un sesgo de género, porque en nuestro proceso formativo, cultural y social el impacto ya existe”.
Sobre esto también profundizó Aurora Otero, estudiante de quinto año de la Facultad de Medicina, integrante de la Asociación de Estudiantes de Medicina y presidenta del claustro de ese centro de estudios en representación estudiantil. “En la práctica clínica cotidiana estos sesgos se expresan en muchos niveles. En la relación médico-paciente, donde siguen persistiendo distintos estereotipos que asocian a las mujeres con lo emocional, con la exageración, con lo inespecífico [...], pero también en la parte de la reproducción, donde las terapéuticas están atravesadas por mandatos de género, donde se puede someter la autonomía a juicios implícitos sobre la maternidad, el cuerpo, la sexualidad”, expuso durante el coloquio. “Desde el punto de vista estudiantil, en nuestra formación de grado y de posgrado estamos constantemente sesgados por estos estereotipos de género”, agregó.
Otero dijo que responder a la pregunta de “cómo operan, cómo se sostienen y cómo transformamos estos sesgos” implica entonces “revisar críticamente la formación en salud, promover la investigación que tenga un enfoque de género y fortalecer prácticas clínicas reflexivas, que reconozcan a las mujeres como sujetas de derecho con experiencias corporales y sociales legítimas. En definitiva, pensar la voz de las mujeres no como un subcampo de la medicina”. En esa línea, aseguró que es “una oportunidad para revisar qué fundamentos tenemos y qué entendemos por buena práctica clínica, buena producción de conocimiento y buena formación”.