El maltrato animal puede ser una señal de violencia de género y de maltrato infantil. En contextos de violencia doméstica, el vínculo de las mujeres con un animal es otra herramienta que usan los agresores para controlar, amedrentar y dañar a la víctima. Las amenazas, las lesiones, la retención o incluso el asesinato del animal son algunas de las formas que puede asumir esa violencia. Si bien en nuestro país no hay datos estadísticos que permitan dimensionar este fenómeno, expertas y quienes trabajan en servicios de atención coinciden en que estas situaciones aparecen de forma recurrente en los relatos de las mujeres y advierten que el miedo a dejar al animal en manos del agresor o no tener adónde llevarlo puede convertirse en un obstáculo para salir a tiempo de una situación de violencia.
“La violencia es una sola. El violento no lo es solo con los animales, con las mujeres o con los vecinos: es violento y manifiesta esa violencia a través de lo que para él son distintos instrumentos, según lo que quiera obtener”, sostuvo en diálogo con la diaria la abogada Verónica Ortiz, especializada en derecho animal e integrante del Colegio de Abogados del Uruguay (CAU). En situaciones de violencia de género, los “objetos de uso” de los agresores para someter a la mujer son, principalmente, sus hijas e hijos –lo que se conoce como violencia vicaria–, pero también pueden ser los “animales de estima” por el lugar que ocupan hoy en algunas familias, señaló, y apuntó que para muchas mujeres en situaciones de violencia son “su único refugio, su único amigo, su único apoyo, su contención emocional”.
Ese vínculo afectivo puede ser explotado por los agresores con distintos objetivos: demostrar poder, generar miedo, controlar las decisiones de la mujer, impedir que abandone el hogar o forzarla a regresar, y castigarla o vengarse cuando ya se fue. En diálogo con la diaria, Claire Niset, trabajadora social e integrante del colectivo La Pitanga, recordó algunos de los casos con los que se encontró a lo largo de cuatro décadas de trabajo con mujeres en situaciones de violencia en Bélgica y en Uruguay: un hombre que arrojó al perro de su pareja por una ventana de un sexto piso; otro que, según él, “se equivocó” y metió el gato en la lavadora; uno que tenía “una jaula grande con un felino” y amenazaba a la mujer con encerrarla junto al animal.
Niset señaló que fue en el intercambio con sus compañeras que advirtió cuántas mujeres dudaban en salir de situaciones de violencia por miedo a lo que podía suceder con sus animales, pero en aquel entonces no se hablaba de esta intersección de violencias ni del lugar que los animales podían ocupar dentro de la familia.
En esa línea, recordó la historia de una mujer que llegó al refugio donde trabajaba en Bélgica con “10.000 problemas para arreglar”. “Yo era joven, no sabía con qué empezar y tuve el atrevimiento de preguntarle: ‘¿Qué tema te parece más importante? ¿Con qué empezamos?’. Y ella me contesta: ‘Yo quiero saber qué pasó con el perro que dejé en casa’”, contó. En ese momento, Niset pensó que el animal era “como lo último” de una larga lista de prioridades, pero después entendió que, si la mujer no tenía una respuesta sobre eso, no iba a poder ocuparse de todo lo demás. Una vez que supo que el perro estaba bien, pudo avanzar con el resto. “Muchas veces en mi carrera me encontré con ese tema y no le di valor porque no me daba cuenta. Eso me lleva a decir lo importante que es nombrar las cosas”, señaló, y agregó: “Lo que no se nombra no existe, siempre decimos”.
Un indicador de riesgo
Ortiz explicó que pueden distinguirse dos tipos de violencia según el vínculo de la mujer con el animal: violencia vicaria, cuando lo considera parte de su familia, y violencia instrumental, cuando no existe ese vínculo, pero el animal es agredido con un fin específico; por ejemplo, “cuando una mujer va caminando por la calle con su pareja, que sabe que a ella le importan los animales, y le pega una patada a un perro. La violenta a través de un animal que no es suyo, pero es instrumental a ese momento”.
Por su parte, Natalia Fernández, abogada especializada en violencia basada en género y que integra el grupo de trabajo del Observatorio de Violencia Basada en Género hacia las Mujeres que actualmente avanza en una conceptualización de la violencia vicaria para Uruguay, señaló a la diaria que la definición que están manejando refiere al ejercicio de la violencia sobre las personas del entorno afectivo de las mujeres para dañarlas, pero no se ha incorporado a los animales hasta el momento. De todas formas, señaló que el maltrato animal es un “factor de riesgo alto” para la seguridad integral de las mujeres, niñas, niños y adolescentes en contexto de violencia.
“Para quienes trabajamos en el diagnóstico y la evaluación de riesgos, tanto en entrevistas con mujeres como con niñas y niños en estos contextos, que el agresor ejerza conductas violentas contra los animales es un factor de riesgo que no puede minimizarse y que tiene que poder visibilizarse”, sostuvo Fernández, y enfatizó: “Cuando alguien mata impunemente un animalito que no tiene ninguna capacidad de defenderse para dar una señal, eso debería prendernos muchas alertas”.
Más allá de cómo se conceptualice, ambas expertas coincidieron en que la respuesta a estas situaciones no puede esperar a que exista una definición específica. En ese sentido, sostuvieron que este tipo de violencia “encaja perfectamente” en la definición de violencia psicológica que contempla la Ley 19.580 de violencia de género, entendida como “toda acción, omisión o patrón de conducta dirigido a perturbar, degradar o controlar la conducta, el comportamiento, las creencias o las decisiones de una mujer, mediante la humillación, intimidación, aislamiento o cualquier otro medio que afecte su estabilidad psicológica o emocional”. “Hoy podemos tener una duda sobre si lo ubicamos en la violencia vicaria o la violencia psicológica, pero tenemos marco suficiente [para actuar]”, afirmó Fernández.
“A los jueces tú les vas a pedir una medida cautelar sobre un animal de estima y te dicen que no, que no tienen competencia sobre los animales. Y tú les decís: ‘Pero el animal, en este caso específico, es un objeto a través del cual se está haciendo daño’, y les cuesta. Va más allá de lo que tú consideres del animal. Yo, en este caso, te estoy diciendo que es un animal-objeto, que es utilizado para violentar a la mujer y a los niños, en muchos casos”, señaló Ortiz.
Precisamente, demostrar que estos casos pueden ser abordados con el marco legislativo vigente y aportar herramientas frente a este tipo de obstáculos fue uno de los objetivos del trabajo Estudios sobre la interseccionalidad entre el maltrato animal y la violencia de género e infantil. ¿Puede el juez adoptar como medida cautelar la restitución del animal no humano?, publicado en junio de 2025 por las abogadas de la Comisión de Derecho de los Animales del CAU Irina Aguiar, Georgina Jaen y Valentina Santimauro. El estudio, pionero en el área en Uruguay, obtuvo “resultados determinantes” que confirman que “no somos la excepción a la interrelación entre estas formas de violencia”.
En el documento, las expertas concluyen que “el abogado de la víctima puede solicitar ante el Tribunal, como medida cautelar, la restitución del animal no humano”, amparándose en la Ley 19.580, particularmente en sus artículos 6, literal B, donde se define la violencia psicológica; 9, sobre los derechos de niñas, niños y adolescentes en los procesos administrativos, en el literal D que establece la protección “en su integridad física y emocional”; 64, sobre medidas cautelares genéricas; y 65, sobre medidas cautelares especiales. “Si esta medida no se adopta, la violencia psicológica persiste, no cesa”, advierten las abogadas.
Entre la evidencia y la falta de registros
En el mismo estudio, Aguiar, Jaen y Santimauro presentan un panorama actual de este tema en Uruguay. Frente a la inexistencia de estudios estadísticos, las abogadas realizaron una serie de pedidos de acceso a la información pública a distintos organismos del Estado, entre ellos el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres), el Ministerio del Interior (MI) y el Instituto Nacional de Bienestar Animal (INBA). También se reunieron con integrantes del colectivo Mujeres de Negro y realizaron una encuesta dirigida a refugios y protectoras independientes de animales de todo el país.
Las abogadas mencionan que Inmujeres “no contempla en su entrevista inicial preguntas enfocadas en situaciones de violencia en las que el agresor maltrate animales” y que, como consecuencia de esa omisión, no dispone de registros al respecto. Sin embargo, el organismo reconoció que es un tema presente en los relatos de las mujeres que concurren a sus servicios. Algo similar ocurre en el MI: en la recepción de denuncias de violencia doméstica “no existe un apartado específico” sobre estas situaciones y tampoco es posible rastrearlas de forma automática porque la información queda en la narración de las denuncias.
En tanto, desde el INBA, si bien aclararon que no tienen competencia para determinar si en un acto de violencia hacia los animales existe también violencia hacia las personas, afirmaron haber recibido “ciertas denuncias” en las que se advirtió “un posible nexo maltrato animal-violencia de género o maltrato animal-violencia doméstica”, que fueron derivadas a los organismos correspondientes.
Por último, la encuesta, difundida de manera online, obtuvo 29 respuestas. “Muchos de los encuestados indicaron que habían recibido animales cuyas tutoras eran víctimas de violencia de género, señalando que las condiciones físicas y etológicas de estos animales eran, en su mayoría, malas o regulares”, sostienen las autoras. Además, la gran mayoría señaló que no cuenta con mecanismos específicos para abordar estos casos.
Para las especialistas, el desafío empieza por comprender estas situaciones “desde la cabeza hasta los dedos de los pies, no solamente como una cuestión racional” y sensibilizar sobre ellas. Asimismo, si bien advierten que el bajo presupuesto para las políticas de género dificulta avances en la respuesta a estas situaciones, aseguran que es una obligación del Estado.
Una violencia documentada
La intersección entre maltrato animal y violencia de género está ampliamente investigada. Entre los antecedentes “más relevantes”, las abogadas de la Comisión de Derecho de los Animales del Colegio de Abogados del Uruguay citan en su estudio una encuesta realizada en 1993 con 38 mujeres alojadas en un refugio de Utah, Estados Unidos. Entre quienes convivían con un animal, 71% señaló que su pareja había amenazado con dañarlo, lo había maltratado o matado. La encuesta también reveló que 87% de esos episodios ocurrió en presencia de las mujeres y 75% frente a niñas, niños y adolescentes, mientras que entre 25% y 54% de las mujeres no podía dejar a sus animales por temor a represalias.
Casi tres décadas después, en 2020, el programa español VioPet, de acogida temporal de animales de mujeres víctimas de violencia de género, registró cifras similares: 80% de las mujeres manifestó que su agresor la amenazó con matar al animal y hasta 54% no denunciaba ni abandonaba el hogar también por miedo a una posible venganza.
“Es curioso que, a pesar de las diferencias en el contexto temporal y geográfico, los estudios presentan proporciones estadísticas muy similares. El hecho de que los resultados sean persistentes a lo largo del tiempo y en distintas culturas refuerza, sin lugar a duda, la idea de que estos fenómenos están interconectados”, afirman las autoras de este trabajo publicado en 2025.