Del desarrollo de software a la gestión pública, Silvia Nane ha construido una trayectoria atravesada por la tecnología y la innovación. Analista en programación y sistemas, fundó y dirigió empresas especializadas en calidad de software y mejora de procesos, y entre 2020 y 2025 fue senadora por el Frente Amplio, con participación en ámbitos parlamentarios vinculados a ciencia, tecnología, energía y derechos humanos. Actualmente está al frente de la Dirección de Desarrollo Sostenible e Inteligente de la Intendencia de Montevideo.
En esta edición del Cuestionario Futuria de la diaria reflexionó sobre los desafíos que enfrenta Uruguay en un contexto marcado por la inteligencia artificial, las tensiones geopolíticas, la transición energética y la creciente desigualdad, y planteó la necesidad de pensar el futuro en escenarios múltiples, construir una gobernanza de la innovación orientada al bien común y aprovechar la escala humana del país para impulsar un proyecto de desarrollo con propósito.
Si hoy tuviera que explicarle al mundo en qué punto está Uruguay en materia de agregación de valor mediante conocimiento e innovación, ¿cómo lo definiría? ¿Qué indicadores describen la situación del país?
Uruguay tiene elementos en su ecosistema de innovación que han producido un valor enorme. Pensemos en los test que surgieron durante la pandemia, en la vacuna contra la garrapata o en las startups de perfil biotecnológico que está impulsando el Institut Pasteur. También hay investigaciones nuevas en la Facultad de Ingeniería vinculadas a materiales de construcción.
Uruguay tiene motorcitos funcionando en muchos lugares, que están generando resultados sumamente interesantes. Lo que creo que nos está faltando, y forma parte de la tarea que hoy tienen la Secretaría Nacional de Ciencia y Valorización del Conocimiento y el programa Uruguay Innova, es empezar a construir un sistema que se retroalimente y pueda reutilizar no solamente conocimientos, sino también equipos e infraestructura. Que esas startups puedan, en conjunto, empezar a generar un ecosistema más integral.
En materia de innovación pública tenemos que hacer un doble clic. Hay cosas que se hacen desde los gobiernos locales que son innovadoras en sus contextos territoriales, pero que no terminan convirtiéndose en conocimiento compartido a nivel nacional. Todavía nos falta conectar los distintos niveles de gobierno: el municipal, el departamental y, sobre todo, el nacional.
Lo que vemos en el Estado nacional es cierta transversalidad porque, al tratarse de instituciones nacionales, de alguna forma más o menos eficiente terminan relacionándose entre sí. Uno puede recorrer espacios que van desde lo que era la Dinacyt [Dirección Nacional de Innovación Ciencia y Tecnología] hasta la actual secretaría de Presidencia; del Instituto [de Investigaciones Biológicas] Clemente Estable al Institut Pasteur; de algunas cátedras de la Universidad de la República a Agesic [Agencia de Gobierno Electrónico y Sociedad de la Información y el Conocimeinto] a distintos ámbitos de las empresas públicas. Existe un andamiaje medianamente armado.
Lo que creo que nos está faltando es una dimensión más vertical, que conecte a los gobiernos territoriales con los niveles departamental y nacional. Ahí hay una pata importante. Por ejemplo, el Congreso de Intendentes tiene una Secretaría de Ciencia y Tecnología que sería muy interesante que empezara a actuar como un factor integrador.
También me parece interesante pensar indicadores vinculados a cómo desde lo público se genera valor en materia de innovación y tecnología. Tenemos muchas investigaciones que se gestionan desde el sector público y muchos sistemas públicos que generan información. Esa información, muchas veces, termina dando lugar a productos tecnológicos o procesos de innovación.
Pensemos en la movilidad del área metropolitana. Allí existe una infraestructura pública que genera datos de manera permanente, los administra, los almacena y luego los pone a disposición en repositorios abiertos para que puedan ser utilizados en investigaciones o por actores privados.
Ese valor de la información pública que luego habilita innovación privada o pública me parece muy importante. Sería interesante empezar a generarle un valor. No hablo de ponerle un precio, sino de reconocer su valor. Muchas veces parece que los sistemas públicos que generan información o infraestructura fueran gratuitos, cuando el hecho de que algo sea público no implica que carezca de valor.
Lo público supone conocimiento compartido y también implica que, cuando existe un retorno económico, se reconozca que parte de ese valor fue posible gracias a información o capacidades construidas colectivamente. Ahí hay indicadores interesantes que todavía no tenemos y que sería bueno empezar a desarrollar.
Si tuviera que resumir dónde estamos hoy, diría que Uruguay tiene buenos elementos para empezar a armar un sistema que integre y gobierne las prioridades y que de alguna manera marque los rumbos. El país está elaborando una Estrategia Nacional de Desarrollo que incorpora muchos de estos componentes. El desafío es empezar a perfilar ese rumbo. Los indicadores tradicionales que utiliza la ANII [Agencia Nacional de Investigación e Innovación] siguen siendo útiles, pero necesitamos otros que permitan valorar mejor el aporte de lo público a la innovación, la ciencia y la tecnología.
¿Qué debería modificarse en el sistema innovador para cambiar la matriz productiva?
La matriz productiva tiene hoy muchísimas dimensiones porque está atravesada por circunstancias y desafíos que no son los mismos que teníamos hace algunos años, ni siquiera hace seis meses.
Uruguay tiene una matriz productiva altamente dependiente de sus exportaciones. En ese contexto, necesariamente tenemos que pensar cómo esa matriz se ve desafiada por cuestiones vinculadas a la energía. Existe un sistema agroexportador que representa una parte enorme de la producción del país y que depende, todavía hoy, de los precios de los combustibles. En el estado actual del mundo tenemos muy poca capacidad de incidencia para pensar escenarios de estabilidad que permitan hacer proyecciones.
También es una matriz productiva atravesada por la cuestión de las energías sostenibles. Por suerte, Uruguay cuenta con una matriz energética que es prácticamente un 98% renovable. Pero, al mismo tiempo, tenemos industrias muy condicionadas por los precios internacionales del petróleo y por la situación geopolítica.
Hay otra dimensión geopolítica que también es relevante. Uruguay es muy dependiente en materia de tecnología de mercados que hoy mantienen relaciones complejas con otras partes del mundo. Un porcentaje muy importante de las exportaciones tecnológicas uruguayas tiene como destino Estados Unidos. Por lo tanto, las tensiones geopolíticas que se han intensificado durante el último año, después del 4 de enero, ponen en tensión otros elementos de la matriz productiva que quizá hace un año no parecían tan trascendentes como ahora.
Eso nos obliga a incorporar una lógica de prospectiva. Tenemos que trabajar con escenarios. Para un país como el nuestro es fundamental contar con distintos planes y con estudios prospectivos de acuerdo con los escenarios de las tensiones mundiales.
No podemos analizar la matriz productiva de los próximos cinco años sobre la base de un único escenario. Y además tenemos otro elemento relevante: las prospecciones vinculadas a la eventual existencia de petróleo en Uruguay. Son factores que hoy ponen en tensión el pensamiento sobre la matriz productiva.
¿Qué sectores poco conocidos podrían presentar un mejor potencial de cara al futuro?
Hay sectores vinculados a la biotecnología que tienen un potencial enorme, pero que necesitan marcos de gobernanza claramente definidos y respaldados por acuerdos de largo plazo. No hablo de acuerdos partidarios, sino de políticas de país, casi de políticas de Estado.
En torno a la biotecnología existen experiencias muy particulares. En Roatán, Honduras, por ejemplo, hay iniciativas que funcionan prácticamente como ciudades autónomas, con servicios privatizados, policía privatizada y esquemas de funcionamiento que poco tienen que ver con los sistemas democráticos tradicionales. Son espacios donde grandes inversores tecnológicos, dueños de la tecnología del mundo, hacen experimentos que, si bien tienen componentes de ciencia y tecnología, también plantean componentes sociopolíticos muy reñidos con el concepto de democracia y de libertad tal como lo entendemos nosotros.
Cuando hablamos de sectores con potencial, por supuesto, aparece la inteligencia artificial. También la computación cuántica. Hay oportunidades muy importantes en tecnologías aplicadas al agro, al cuidado del agua, al monitoreo ambiental.
El punto es que todas estas tecnologías emergentes necesitan desarrollarse dentro de marcos de gobernanza acordados. El avance tecnológico no viene siendo neutral. Cada país, en función de su autonomía y de su soberanía, tiene que empezar a definir cuáles serán los marcos desde los cuales gobernará la innovación por el bien común.
Usted menciona la necesidad de empezar a pensar en escenarios, algo que no suele hacerse en el país. ¿Qué relatos sobre el futuro dominan hoy en Uruguay y cuál debería ser la estrategia para proyectar una imagen de país hacia adelante?
Hay algunas tendencias globales que se vienen consolidando y que debemos tener en cuenta. Una de ellas es la creciente desigualdad. Esa desigualdad se expresa en términos económicos, pero termina traduciéndose en diferencias concretas en las condiciones de vida, en el acceso a derechos como la alimentación, la salud, a vivir cinco o diez años más, la vivienda o la educación.
Si uno observa informes internacionales, como los de Oxfam y otros organismos, encuentra que, si las tendencias actuales continúan, la desigualdad seguirá creciendo. Además, un enorme porcentaje de la riqueza que se transferirá en las próximas generaciones provendrá de la herencia y no de la producción. Eso sigue incrementando la desigualdad.
Por otro lado, las tensiones geopolíticas ponen en conflicto la disponibilidad de recursos materiales, energéticos y ambientales. Seguimos tensionando los límites ambientales del planeta.
A eso se suma la revolución tecnológica, que pone en tensión el poder político, el cual antes pertenecía a los estados y hoy se está poniendo en manos de grandes corporaciones. Cuando se relaciona esto con las tensiones materiales, encontramos, por ejemplo, el uso del agua para enfriar los data centers.
También está el conflicto, que históricamente ha sido motor de desarrollos tecnológicos. Cuando se combina el conflicto con la desigualdad aparecen los movimientos migratorios, que representan enormes desafíos para las demografías de muchos países.
Si a todo esto le sumamos el envejecimiento de la población, vemos cómo los sistemas productivos comienzan a verse tensionados por cuestiones vinculadas a los cuidados y a la seguridad social. Vivimos más años, pero esas mejoras también están atravesadas por desigualdades.
Cuando uno intenta proyectar escenarios a diez, 20 o 50 años, necesariamente tiene que trabajar con escenarios múltiples y evaluar cuáles de estas líneas prevalecen sobre las otras.
Si prevalece el avance tal como viene ocurriendo en las tecnologías de datos y en la inteligencia artificial, ¿hacia dónde vamos? Si esa tendencia termina imponiéndose sobre las otras tres, o si dos de esas tendencias se combinan, los resultados son distintos. Es lo que hablábamos hoy respecto de la matriz productiva. Me parece que hay elementos para empezar a trabajar en esas prospectivas y que debemos incorporarlos en la forma en que pensamos el gobierno del Estado.
¿Cómo puede hacer Uruguay, siendo un país tan pequeño, para pensar su futuro frente al avance de la tecnología?
Creo que Uruguay tiene una gran ventaja en todo esto, y es que sigue siendo un país de escala humana. Me parece que hay que pararse sobre esa fortaleza. Cuando hablo de escala humana me refiero a que es un país que uno puede recorrer de punta a punta en ocho horas. Uruguay tiene un suelo privilegiado en términos productivos, una matriz energética prácticamente compuesta por energías renovables, aguas que, si las cuidamos, todavía son recuperables y una reserva muy importante en sus acuíferos.
También tenemos un sistema político que mantiene un nivel saludable de vínculos y de civilidad, algo por lo que todos velamos. En esa escala humana, Uruguay tiene muchas posibilidades de construir una comunidad con propósito. Y creo que la clave está justamente en eso: en ponerle propósito al rumbo.
El gran problema no es dar el primer paso. El primer paso puede consistir en aprobar cuatro o cinco leyes importantes, generar acuerdos políticos y sociales. En un país con tradición de diálogo como Uruguay eso todavía es posible.
El gran desafío es hacerlo sostenible en el tiempo. Para que sea sostenible hay que construir las redes que lo sostengan. Hay que generar una dinámica permanente de discusión sobre esos escenarios. Esa discusión no puede quedar solamente en los ámbitos de las élites políticas. Tiene que llegar a los barrios, a las comunidades. El propósito de una sociedad se genera en el día a día, con el vecino, en la puerta de la escuela, en los ámbitos donde estamos todos. Después, va tomando forma de cuestiones más formales en la medida en que va pasando por lo institucional y se hace parte de alguna de las partes del Estado.
Por eso creo que Uruguay tiene que apoyarse en su escala humana y también en sus tiempos, que nos permiten parar un poco. Todavía somos una sociedad que puede detenerse a reflexionar. Esa reflexión tiene que venir desde los gobiernos, desde los parlamentos.
Después está la cuestión de quién coordina y ordena esos procesos. Pero me parece que la gran fortaleza de Uruguay sigue siendo esa escala humana.
Y si miramos un poco hacia adelante, aparecen oportunidades enormes para poner estas ideas en valor. Vamos a tener una transformación muy importante de la movilidad metropolitana con el proyecto de transporte metropolitano. Ahí existe una oportunidad enorme. Incluso asociada a una inversión muy significativa, hay una posibilidad de construir propósito alrededor de esa transformación.
Lo mismo ocurre con la forma en que Uruguay va a adaptar su producción a los acuerdos entre el Mercosur y la Unión Europea. ¿Cómo alineamos nuestros escenarios productivos y nuestros productos con un propósito que no sea solamente económico, sino también ambiental?
Ahí hay un desafío interesante para la investigación agropecuaria centrada en la agroecología. Por tanto, hay elementos concretos para empezar a pensar en esas direcciones, pero creo que hay que ordenarlo con propósito propio.
Para pensar el futuro: las recomendaciones de Silvia Nane
La directora de Desarrollo Sostenible e Inteligente de la Intendencia de Montevideo recomienda lecturas que combinan reflexión sobre Uruguay, geopolítica, democracia y transformaciones tecnológicas.
- Territorios. Claves para entender el Uruguay de hoy, coordinado por los politólogos Gerardo Caetano y Ernesto Nieto.
- Uruguay en el siglo incierto, de Amparo Menéndez-Carrión, Rodrigo Alonso y Gabriel Delacoste.
- La derrota de Occidente, de Emmanuel Todd.
- Epidemia ultra. Del fascismo europeo a Silicon Valley: anatomía de un fenómeno que está conquistando el mundo, de Franco Delle Donne.
- Una vida en nuestro planeta. Mi testimonio y una visión para el futuro, de David Attenborough.