La impopularidad del primer ministro Benjamin Netanyahu no impidió que la mayoría de los israelíes aprobara masivamente la ofensiva contra Irán. Más allá del trauma derivado del ataque del 7 de octubre de 2023, esta unión sagrada pone de manifiesto las contradicciones de la sociedad y su negativa a iniciar cualquier autocrítica respecto a la estrategia beligerante de Tel Aviv.
Estas líneas se escriben entre dos pausas, entre el aullido desgarrador de las sirenas que ordenan dirigirse rápidamente a los refugios. Incluso el sonido de una notificación en un celular resulta aterrador, sobre todo cuando aparece en medio de la noche. Desde hace dos semanas, diez millones de israelíes tienen que refugiarse varias veces cada jornada. El primer día de la guerra lo hicieron 21 veces, al menos en las inmediaciones de Tel Aviv. En ciertas zonas del país, en especial en los sectores con una población predominantemente árabe, no hay refugios.
El precio que la guerra exige a la sociedad israelí es enorme, incluso si todavía resulta difícil de evaluar. Probablemente se necesitarán varios años para medir el alcance de los daños causados por el enfrentamiento con Irán y la intervención militar en Gaza. Esto concierne a la economía, a la seguridad, a la posición internacional de Israel y al destino de sus habitantes, sin mencionar, por supuesto, el derramamiento de sangre, la devastación causada y la angustia que nos atormentarán todavía durante muchos años más. Las quiebras de las empresas se multiplican y el sistema educativo está completamente paralizado. La gente está colapsando mentalmente. Este país, que se considera normal, vive desde octubre de 2023 en condiciones que no son normales. Cada israelí pagó el precio de esta situación y lo seguirá pagando de una forma u otra.
A ojos de la mayoría de la población, lo ocurrido en Gaza tenía una justificación absoluta: los ataques de Hamas.1 Para muchos israelíes, su ejército no solo tenía el derecho sino también la obligación de librar una guerra de exterminio. Por lo tanto, la sociedad aceptó ese costo con relativa facilidad, incluso en el plano moral. Los medios de comunicación prácticamente no mostraron ninguna atrocidad en el enclave palestino. El país tiene un argumento imparable para desestimar la indignación que llega desde el exterior: el mundo es antisemita y odia a Israel.
Todos los partidos judíos y sionistas en la Knesset [Parlamento] apoyaron y siguen apoyando la guerra en Gaza. Una sociedad más sana habría sabido plantear preguntas más precisas sobre su conducta, sobre las líneas rojas que se estaban cruzando y sobre los crímenes que se estaban cometiendo. Tampoco hay mayores debates sobre el resultado del conflicto. Para todos, fue una guerra coronada por el éxito. Eso es lo que afirman los medios de comunicación, lo que Netanyahu repite sin descanso. La liberación de todos los rehenes, vivos o muertos, bastó para calificar como un éxito la masacre de 70.000 personas y la destrucción casi total de un territorio donde hay dos millones de habitantes. La sociedad no siente arrepentimiento alguno y, si los israelíes pudieran retroceder en el tiempo, probablemente librarían una guerra aún más bárbara.2 El hecho de que Hamas todavía exista, que no haya sido desarmado y que Israel no esté más seguro hoy que al comienzo del conflicto debería haber llevado a más israelíes a reflexionar sobre los límites del poder y la superioridad militar. Nada de eso pasó.
Cinco meses después del cese del fuego, Israel sigue ocupando una parte importante de la Franja de Gaza, y Hamas controla el resto. No se vislumbra una solución seria para “el día después”. Es difícil considerar todo esto como un éxito estratégico a largo plazo. El enclave devastado seguirá siendo un foco de turbulencias políticas, sociales y, más adelante, militares, que Israel seguirá controlando, recurriendo únicamente a la violencia y a una fuerza militar ilimitada.
A favor de la guerra
Fue en este contexto que comenzó la guerra contra Irán. Los ataques del 7 de octubre de 2023 llevaron a Israel a la conclusión de que necesitaba reforzar su control militar sobre la región. La idea de derrocar a los dirigentes iraníes siempre obsesionó a Netanyahu. Pero ¿cómo explicar que una sociedad agotada por dos años y medio de conflicto –en Gaza, en el Líbano y contra los hutíes en Yemen– pueda aceptar pasar por nuevas pruebas igual de espantosas? Un jefe de gobierno al cual al menos la mitad de la población odia y desprecia más que a cualquiera de sus predecesores –y a quien una parte de esa misma población lleva años exigiendo que renuncie– logró involucrar al país en una nueva aventura militar, más peligrosa que las anteriores, con una facilidad desconcertante.
Los israelíes judíos apoyan la acción militar contra Irán en un 93 por ciento (el 63 por ciento de los ciudadanos árabes se opusieron).3 Ninguna sociedad democrática puede lograr una mayoría semejante en un tema tan importante. Esto contradice la idea misma de pluralismo dentro de una sociedad libre. Es una cifra que asusta y que nos dice mucho sobre el estado de ánimo dentro de Israel, pero no resulta sorprendente.
Es cierto que las guerras reciben siempre un fuerte apoyo en el momento en que se desencadenan, sobre todo cuando se elimina a los dirigentes enemigos. Los objetivos declarados, repetidos hasta el hartazgo, refuerzan el consenso: la eliminación de la amenaza iraní, del riesgo nuclear y de los misiles balísticos. Sin embargo, ninguno de estos objetivos parece haber sido alcanzado: ni el cambio de régimen, ni la eliminación de la amenaza nuclear. No obstante, después de dos semanas transcurridas dentro de una realidad de confinamiento enloquecedora, no emerge ni el más mínimo esbozo de cuestionamiento de esta guerra en el discurso público.
Quienes en los últimos años se manifestaron en contra del gobierno de Netanyahu ahora lo avalan dócilmente en cuanto se trata de la guerra.4 Los pilotos que amenazaban con negarse a servir en la fuerza aérea parten alegremente en misiones de bombardeo a miles de kilómetros de su país, y sin duda alguna. Hasta donde sabemos, ni un solo piloto se negó a volar, ningún técnico se negó a armar los aviones. Se escucha un coro unánime de apoyo a una guerra cuyo resultado es incierto. Cuando el gobierno libanés hizo saber que estaba dispuesto a llevar adelante negociaciones con su homólogo israelí, este último rechazó la oferta de forma desdeñosa.5 Hubo un tiempo en Israel en que la paz con el Líbano o cualquier otro país árabe era un sueño. Hoy, solo se habla de los F-35, tanto israelíes como estadounidenses, y sobre ese punto todos están de acuerdo. Es una pesadilla. Volvió la antigua consigna característica de los conflictos pasados: “¡Silencio, disparen!”.
El ethos de la guerra permanente
El pueblo israelí pretende no olvidar nada, pero tiene poca memoria. A principios del verano de 2025, se le anunció que la amenaza de misiles balísticos iraníes había sido erradicada.6 Y he aquí que, ocho meses más tarde, los misiles caen sobre Israel. También se afirmó que el ejército había destruido el programa nuclear iraní y el resto de sus capacidades militares, y resulta que ahora empezó una nueva guerra para destruir dicho programa… En 2025, Netanyahu declaró en repetidas ocasiones que Israel había vencido a Hezbolá y que prácticamente no quedaba nada de esa organización. Y he aquí que parece estar de vuelta con ataques incesantes en el norte y el centro del país.
¿Por qué la sociedad israelí, tan dinámica, alerta, ruidosa, animada y poderosa, hace silencio ante la guerra? ¿Por qué se une de forma tan completa frente al peligro, real o imaginario? La respuesta podría residir en la propia formulación de la pregunta. Israel necesita guerras. Este no es solo el ethos dominante de su relato nacional, sino también una necesidad existencial. La guerra permite que una sociedad dividida y desunida –en los planos político, social, religioso y nacional– se una, enmascare sus debilidades y fracturas, desvíe la atención de otros problemas, como la vergüenza de la ocupación de las tierras de otro pueblo –los palestinos–, para la cual no hay ningún final a la vista.
La idea de que no hay alternativa a la guerra en Medio Oriente y de que solo se expresarán las armas es, sin embargo, peligrosa al extremo. Sin haber aprendido nada, Israel se lanza una vez más en la trampa libanesa. La única salida a este círculo vicioso tendría que salir de un profundo examen de conciencia. Pero no hay nadie para liderarlo. Y aunque hubiera alguien, no tendría posibilidad alguna de hacerlo: el sistema se encargaría de deslegitimarlo. Silencio, disparamos.
Gideon Levy, escritor y periodista en el diario Haaretz (Tel Aviv). Traducción del inglés: Akram Belkaïd. Traducción del francés: Merlina Massip.
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Ver “Por qué la mayoría israelí apoya un genocidio”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, octubre de 2025. ↩
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Alain Gresh, “L’effacement des Gazaouis, une obsession”, en “Gaza: témoigner, comprendre, résister”, Manière de voir, 205, febrero-marzo de 2026. ↩
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Tamar Hermann, Lior Yohanani y Yaron Kaplan, “A majority of Jewish Israelis believe that the Iran war goals are attainable; majority of Arab Israelis believe they are not”, The Israel Democracy Institute, Jerusalén, en.idi.org.il, 12-3-2026. ↩
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Charles Enderlin, “Aires de rebelión en Israel”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, octubre de 2023. ↩
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NdR: En 2023, más de 10.000 reservistas israelíes, incluyendo pilotos de combate y unidades de élite, amenazaron con suspender su servicio voluntario en protesta por la reforma judicial impulsada por Netanyahu. El movimiento, liderado en parte por la organización Brothers in Arms, fue considerado la mayor crisis de desobediencia civil-militar en la historia del Estado de Israel. La mayoría se reincorporó tras el 7 de octubre de 2023. ↩
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“Le Liban va former une délégation pour négocier avec Israël” e “Israël affirme qu’aucune négociation directe n’est prévue avec le Liban”, AFP, 14 y 15-3-2026, respectivamente. ↩