Dentro de El Taller del Chucho hace tanto calor como afuera. Guadalajara está húmeda. La ropa se pega al cuerpo y hasta los párpados sudan. Al cruzar la puerta, lo primero que cambia es el sonido. Casi nadie habla. Afuera, la ciudad ensaya cómo responder ante posibles bloqueos carreteros. Adentro, un grupo de artistas intenta que un muñeco parezca que respira. Para ambas cosas se necesita precisión.
Detrás de la puerta, el trabajo está dividido en áreas. Cada una se ocupa de una parte distinta de esa ilusión.
El recorrido comienza en Vestuario, una sala de costura para personajes que, en su mayoría, no superan los 15 centímetros de altura. Hay máquinas de coser, planchas, hilos, estambres y agujas. Nueve personas cosen alrededor de una mesa, guiadas por la luz de las lámparas y el aumento de las lupas. De un tendedero cuelgan camisas y vestidos de pocos centímetros. A un costado, cajones de plástico llevan nombres propios: cada personaje guarda ahí su ropa, como si tuviera un clóset.
En Construcción el ambiente cambia. Todos llevan mandil y tapabocas. Se escucha el roce de las lijas contra la madera y huele ligeramente a tíner. Hay cartón, yeso, pegamento, taladros y pintura acrílica. Sobre una mesa, varias réplicas de comida en miniatura esperan ser barnizadas con un impermeabilizante que afuera serviría para proteger una pared de la lluvia. Más allá aparecen árboles fabricados con madera y algodón, relojes, televisores y la réplica de un librero con plantas y un Buda en la parte más alta. Todo parece pertenecer a un mundo de Polly Pocket construido por adultos.
En los foros de animación, el ruido vuelve a desaparecer. Los espacios están separados por enormes telas negras que impiden el paso de la luz. Aquí la oscuridad y el silencio forman parte del proceso. Hay cámaras, lámparas y títeres inmóviles frente a escenarios en miniatura. Un teclado inalámbrico permite disparar cada fotografía sin tocar la cámara. El animador mueve apenas unos milímetros al personaje, se aparta del set y hace clic. Luego vuelve a entrar, corrige el movimiento y repite. Una fotografía detrás de otra hasta fabricar la ilusión de que el muñeco está vivo.
Casi todos llevan audífonos. Trabajan en silencio, concentrados en objetos que, vistos fuera de ahí, podrían confundirse con juguetes.
Desde el exterior, El Taller del Chucho, el centro de animación especializado en stop motion fundado por el director Guillermo del Toro, parece una enorme bodega instalada en Calle 2, un complejo cultural de la Universidad de Guadalajara ubicado en Zapopan, uno de los municipios que forman la zona metropolitana de Guadalajara. Por dentro, el espacio se divide en diez talleres y tres foros de animación. Cada área se ocupa de una parte distinta del mismo engaño: coser ropa diminuta, fabricar árboles de algodón, construir habitaciones en miniatura o mover un muñeco unos milímetros hasta convencer al espectador de que está vivo.
Jugar antes
Para muchos de quienes trabajan ahí, esos gestos no son del todo nuevos. Antes de aprender un oficio, jugaron. Lo hicieron con Barbies, Hot Wheels, plasticina, luchadores, videojuegos y personajes inventados. Ninguno imaginó que aquellas horas, tan inútiles a los ojos de muchos adultos, terminarían siendo la preparación más larga de sus vidas.
Francisco Gámez nunca jugó con los juguetes del todo. Le interesaba más averiguar cómo estaban hechos. Observaba cómo se articulaba una muñeca, cómo caía una tela sobre un cuerpo diminuto o por qué un autito funcionaba de cierta forma. Hoy trabaja en el Departamento de Vestuario de El Taller del Chucho. Confecciona prendas de pocos centímetros que deben parecer de mezclilla o gabardina, aunque estén hechas con algodones y telas ligeras capaces de conservar el movimiento entre una fotografía y otra. Antes de coser una camisa necesita saber quién es el personaje: cómo camina, si corre, si trepa árboles o si lleva días sin cambiarse de ropa.
Cecilia Lagos siempre prefirió construir el escenario antes que jugar la historia. De niña levantaba casas para sus muñecas con cajas de zapatos, cartón y cualquier material que encontrara. Dedicaba tanto tiempo a los espacios que muchas veces ya no le quedaban ganas de hacer actuar a sus personajes. Ahora es diseñadora de arte. Ha participado en obras como el cortometraje de René Castillo Hasta los huesos y su trabajo consiste, precisamente, en imaginar los lugares donde otros personajes vivirán: decidir cómo luce una casa, qué objetos la habitan y qué materiales pueden contar una época o una emoción.
Cecilia Andalón abría muñecos de tela con unas tijeras porque jugaba a ser doctora. Les metía borradores, sacapuntas o cualquier objeto que encontrara y después los «operaba» para devolverlos a la vida. Años después dirigió Dolores, un cortometraje de stop motion nominado al Premio Ariel como mejor cortometraje animado en 2025. Su protagonista también es una niña que solo quiere jugar. Esa aventura la conduce a una tumba de tiro —una antigua cámara funeraria subterránea del occidente de México— en la que encuentra criaturas hechas de hojas de maíz. Andalón dice que en el stop motion uno nunca deja de jugar. Cambian las reglas. Aparecen los horarios y el trabajo en equipo.
Sergio Valdivia llegó al stop motion por otro camino. Primero quiso ser músico. Después descubrió la escultura y comprendió que prefería trabajar con las manos antes que frente a una computadora. Modelar figuras dejó de ser suficiente: quería darles vida. En Pinocho, la película de Guillermo del Toro que marcó un antes y un después para la animación mexicana, convirtió esa inquietud en oficio. Hoy describe la animación como una especie de meditación. Mueve un títere unos milímetros, toma una fotografía y vuelve a moverla. Durante horas. Hasta que el tiempo desaparece.
Aranza Engle siempre inventaba historias. Reunía a sus muñecos, les asignaba personajes, organizaba aventuras y convencía a sus amigos de seguir el guion que había imaginado. Ahora coordina producciones de stop motion en El Taller del Chucho. Su trabajo consiste menos en dar órdenes que en conseguir que decenas de artistas puedan seguir creando. Calcula presupuestos, organiza tiempos y permite que experimenten y se equivoquen, siempre que la historia llegue a tiempo.
En 2015 comenzó a tomar forma el proyecto que terminaría reuniendo a muchos de ellos. Impulsado por Guillermo del Toro y la Universidad de Guadalajara, El Taller del Chucho abrió oficialmente sus puertas en 2021. Hoy es el estudio de animación stop motion más grande de Latinoamérica.
Pero el juego no se quedó dentro de esa bodega.
En otra parte de Guadalajara, una generación comenzaba a construir mundos con pantallas, motores gráficos y líneas de código.
Aranza Engle.
En 2004, Jorge Suárez pasaba las noches jugando videojuegos con sus amigos. Entre una partida y otra escribieron una especie de manifiesto: «Ojalá pudiéramos vivir de lo que hacemos cuando nadie nos ve». Veinte años después dirige Amber Studio, una empresa de desarrollo de videojuegos con más de 850 profesionales distribuidos en cuatro continentes. Desde Guadalajara, sus equipos trabajan conectados con oficinas en San Francisco, Los Ángeles, Bogotá, Montreal, Bucarest y Manila.
Aquella noche, Jorge y sus amigos no querían solamente jugar videojuegos. Querían aprender a hacerlos. Las licencias de los motores de desarrollo podían costar entonces cifras inaccesibles para ellos, así que comenzaron por lo que sabían hacer: dibujar. Vendieron arte para cómics y, poco a poco, se acercaron a la industria de los videojuegos.
Nada de eso apareció por generación espontánea. Guadalajara llevaba décadas formando a artistas, cineastas y narradores. Lo que cambió fue que una generación comenzó a encontrar los espacios, las herramientas y las empresas necesarias para convertir esa imaginación en un oficio.
Sin tiempo
Nadie corre dentro de El Taller del Chucho. No tendría sentido. Aquí el tiempo avanza de otra manera.
La lentitud se repite en cada departamento. En Vestuario, Francisco Gámez trabaja bajo una lupa. Él llama a su oficio «el arte de aparentar». Una manga tiene que sugerir el peso y el movimiento de una tela real, aunque permanezca inmóvil entre una fotografía y otra. Todo consiste en fabricar una mentira capaz de convencer al ojo.
Sergio Valdivia vive ese tiempo de otra manera. Cuando anima, dice, deja de mirar el reloj. Puede pasar horas moviendo un títere entre fotografía y fotografía. El movimiento casi no existe, la concentración sí. Por eso compara la animación con una forma de meditación: durante ese tiempo, el mundo exterior desaparece.
Aquí la única que mira el reloj es Aranza Engle porque es la encargada de recordar que la fantasía también tiene costos. Un cambio de vestuario en el tercer mes de producción puede significar semanas de trabajo perdido. Cada minuto de animación implica horas pagadas, materiales, equipos y fechas de entrega. Mientras los artistas intentan que un personaje respire, ella calcula cuánto tiempo pueden dedicar a conseguirlo.
El reto, dice, es no pedirle a una producción pequeña los acabados de una superproducción. Aprender a hacer stop motion también ha significado aprender a presupuestarlo, organizar equipos y especializar los oficios. Convertir el juego en trabajo exigió construir una industria capaz de sostenerlo.
En la infancia, nadie calcula cuánto cuesta una tarde jugando. En El Taller del Chucho, cada segundo de fantasía tiene un presupuesto y una fecha de entrega.
Una comunidad
Pero ningún mundo se construye en solitario. La productora Vanessa Romo está convencida de que Guadalajara nunca decidió convertirse en un polo creativo. Lo que ocurrió fue mucho más lento. Antes de que existiera una industria, existió una comunidad.
Cuando mira hacia atrás no ve un momento preciso en que todo cambió. Encuentra una cadena de personas que fueron abriéndose camino unas a otras: caricaturistas, cineastas, ilustradores, fotógrafos y animadores compartían ideas mucho antes de compartir edificios.
Menciona a Guillermo del Toro y a una generación de realizadores que convirtió Guadalajara en una referencia del stop motion mexicano: René Castillo, Rita Basulto, Sofía Carrillo y Juan Medina, directores y animadores cuyas obras han ganado algunos de los principales premios cinematográficos de México y han recorrido festivales internacionales. Vanessa no los enumera como figuras aisladas, sino como integrantes de una conversación que comenzó hace décadas. Guadalajara era una ciudad lo suficientemente pequeña para que todos terminaran conociéndose. Se prestaban herramientas, colaboraban en los proyectos de los otros y aprendían juntos.
Paulo Gutiérrez, doctor en Ciencias Sociales y estudioso de las juventudes y los delitos de alto impacto, cree que la explicación comienza todavía más atrás. Guadalajara no descubrió su vocación creativa con el cine ni con la animación.
Jalisco arrastra una larga tradición de producción visual y artística. De aquí surgieron figuras como el muralista José Clemente Orozco, el pintor y escenógrafo Roberto Montenegro y el artista plástico Juan Soriano, mucho antes de que alguien hablara de estudios de animación, videojuegos o industrias creativas.
Después llegaron los espacios para aprender el oficio. La Universidad de Guadalajara comenzó a abrir aulas, talleres y proyectos dedicados al cine. Jaime Humberto Hermosillo participó en la formación cinematográfica y un joven Guillermo del Toro transitó por esa comunidad antes de convertirse él mismo en maestro y referente para otros. Poco a poco se formaron personas en distintas áreas del cine. Una generación comenzó a enseñarle a la siguiente.
El académico no encuentra una explicación única. Habla también de coincidencias, de personas que se encontraron en el mismo territorio y, sobre todo, de creadores que enseñaron a otros a hacer lo que ellos mismos apenas estaban aprendiendo. La industria apareció después, primero estuvo la gente.
Francisco Gámez.
Con los años, las instituciones comenzaron a reconocer lo que esa comunidad ya estaba construyendo. En mayo de 2026, Jalisco se convirtió en el primer estado de México en aprobar una ley dedicada al desarrollo y el fomento de las industrias creativas. La legislación contempla mecanismos para financiar proyectos, formar talento y articular al gobierno, las universidades y el sector privado. La ley llegó tarde a una historia que llevaba décadas escribiéndose, pero su aprobación reconocía algo que los creadores ya sabían: la imaginación había dejado de ser un asunto marginal para convertirse también en una actividad económica.
En esa ciudad de complicidades nació el stop motion contemporáneo mexicano.
A finales de los años noventa, René Castillo y Antonio Urrutia apostaron por algo que rozaba la terquedad: hacer un cortometraje animado en plasticina llamado Sin sostén. Filmar en celuloide ya era costoso; animar cuadro por cuadro personajes hechos a mano parecía una extravagancia. Pero los amigos aparecieron.
Por eso cuando, en 2021, abrió oficialmente El Taller del Chucho, el edificio no inauguró una industria: le puso casa a una generación de artistas que llevaba años formándose.
Con el tiempo, esa red creativa también comenzó a transformar la economía de la ciudad. Tan solo en 2025, las producciones apoyadas por Filma Jalisco generaron un derrame económico superior a los 826 millones de pesos —unos 45 millones de dólares—. Lo que durante décadas fue visto como un pasatiempo terminó convirtiéndose en una industria capaz de generar empleo y atraer producciones internacionales.
La comunidad no terminó en la animación. Jorge Suárez encontró una lógica parecida en los videojuegos. Cuando recuerda cómo comenzó todo, no habla primero de Amber Studio ni de los cientos de personas que hoy trabajan con él. Habla de Cara Oculta, una comunidad creada en 2004 por un grupo de amigos que soñaba con vivir de aquello que hacía cuando nadie los veía.
Aquel colectivo terminaría convirtiéndose en una empresa, pero Jorge insiste en que una empresa sola no construye una industria: «No va a haber industria si todos los estudios nacen y se mueren», dice.
Vanessa y Jorge utilizan palabras distintas para describir un fenómeno parecido. Ella habla de comunidad. Él, de industria. Paulo mira hacia atrás y encuentra generaciones que enseñaron a las siguientes. Los tres terminan hablando, de una forma u otra, de personas que decidieron no guardar para sí lo que habían aprendido.
Eso no significa que vivir de la imaginación haya sido sencillo. «Lo más difícil en este medio es cobrar», dice Vanessa entre risas. Jorge recuerda que durante años manejó un Uber por las noches mientras intentaba sostener su estudio y llegó a convertir su apartamento en un Airbnb para pagar la nómina.
Vivir de la imaginación no era un sueño romántico. Era una carrera de resistencia. Para entonces, Guadalajara ya había demostrado que podía convertir la creatividad en una industria. Pero esa no era la única historia que crecía en la ciudad.
Mundos que conviven
El 13 de julio, el mismo día que visito El Taller del Chucho, Guadalajara ensaya cómo reaccionar ante una emergencia. Militares, policías y cuerpos de seguridad participan en un simulacro de bloqueos carreteros en distintos accesos de la zona metropolitana. Las autoridades advierten que no hay motivo para alarmarse. Es solo un ejercicio.
En Jalisco, sin embargo, la posibilidad de la violencia hace tiempo que dejó de ser una abstracción. Al 28 de febrero, el Registro Estatal de Personas Desaparecidas contabilizaba 16.094 personas desaparecidas. Más de 3.000 estaban clasificadas como privadas de la libertad mediante el uso de la fuerza. Mientras una parte de Guadalajara construye películas, videojuegos y personajes animados, otra aprende a reconocer fichas de búsqueda pegadas en postes, camiones y muros.
Cuando le pregunto a Paulo Gutiérrez cómo pueden convivir esas dos ciudades, cuestiona el punto de partida y responde que «pueden coexistir perfectamente».
Paulo lleva casi ocho años trabajando con jóvenes privados de libertad y estudiando la relación entre masculinidades y delitos de alto impacto. La violencia, explica, no se distribuye de manera uniforme sobre una ciudad. Puede ser «casi quirúrgica», hiperlocalizada. Dos personas pueden vivir en Guadalajara y habitar realidades completamente distintas.
En buena medida la clase social también importa. Las desapariciones, el reclutamiento y otras formas de violencia golpean con especial crudeza a los sectores populares. Las industrias creativas, en cambio, se han desarrollado entre jóvenes de clases medias y medias altas, con acceso a universidades, equipos, redes profesionales y la posibilidad de dedicar años a un proyecto que quizá no genere ingresos.
La ciudad es la misma. La experiencia de vivirla, no.
Durante un tiempo, Paulo dio clases de dibujo a jóvenes privados de libertad en el Centro de Atención Integral Juvenil del Estado de Jalisco. Llegó con lápices, hojas y la idea de enseñarles a dibujar. Ellos llenaban el papel de pistolas, cráneos, catrinas, Santas Muertes, mujeres y retratos de sus novias. Él intentaba convencerlos de hacer autorretratos. No siempre querían.
Al principio pensó que bastaba con ofrecerles libertad para crear. Después comenzó a notar que muchos dibujaban lo que creían que un adulto, un académico o la propia institución esperaba de ellos: la familia, Dios, el arrepentimiento, las drogas que debían abandonar.
Paulo conocía sus expedientes y sus historias. Sabía que para algunos la familia también había sido un espacio de violencia. Entonces entendió que el arte tampoco estaba libre de discursos aprendidos. Por eso desconfía de una idea repetida con frecuencia en programas públicos y discursos políticos: que basta con cambiar un arma por un pincel o una guitarra para alejar a un joven de la violencia. «La creación no es un antídoto contra la violencia», enfatiza. Un joven puede dibujar, tatuar o cantar rap y haber cometido un delito violento. El arte no vuelve buena a una persona. Tampoco puede reparar, por sí solo, las desigualdades que atraviesan una ciudad.
La experiencia de Paulo complica la pregunta con la que llegué a esta historia. Tal vez la creatividad de Guadalajara no sobrevivió a pesar de la violencia. Tampoco necesariamente nació como respuesta a ella. Ambas crecieron en el mismo territorio, atravesando de manera distinta a quienes lo habitan. Eso no significa que las historias que una ciudad produce estén desconectadas de su realidad.
Cecilia Andalón, Cecilia Lagos, Aranza Engle, Francisco Gámez y Sergio Valdivia en El Taller del Chucho.
Sergio Valdivia dice que el arte y el juego sirven para interpretar el mundo. Paulo coincide, pero agrega una precaución: ningún creador debería estar obligado a convertir cada película, cada dibujo o cada videojuego en una denuncia. En un territorio marcado por las desapariciones, hablar de la violencia puede parecer explotación; no hacerlo, indiferencia.
Los creativos y los artistas viven en medio de esa tensión. Esta crónica también nació, en parte, del intento de esquivarla. Después de una historia sobre narcobloqueos, desapariciones y miedo, quería mirar la otra Guadalajara: la que fabrica muñecos, desarrolla videojuegos y construye mundos en miniatura. Pero la violencia seguía apareciendo en los márgenes del relato.
Dentro de El Taller del Chucho, los artistas siguen moviendo muñecos unos cuantos milímetros entre fotografía y fotografía. Afuera, militares y policías ensayan cómo mantener abiertas las vías de la ciudad. Ambas cosas ocurren en Guadalajara. Al mismo tiempo.
Defender el asombro
Ninguno de los artistas que entrevisté habló del juego como una forma de escapar de la realidad. Sergio Valdivia lo explica de otra manera: el arte y el juego funcionan como una manera de interpretar tu propia realidad.
Cada personaje que se mueve cuadro por cuadro, cada respiración inventada, cada gesto diminuto parte de observar el mundo. Vanessa Romo piensa algo parecido. Dice que un creador no puede dejar de sorprenderse. El oficio consiste en seguir mirando aquello que los demás dejaron de ver: una conversación, un insecto, una casa, una historia escondida entre la gente. Esa capacidad de asombro —tan asociada a la infancia— se convierte, con los años, en una herramienta de trabajo.
No es un antídoto contra la violencia. Paulo Gutiérrez insiste en ello. Un lápiz, una cámara o una guitarra no corrigen por sí solos la desigualdad ni impiden que un joven sea reclutado por el crimen organizado. Crear tampoco vuelve buena a una persona. La relación entre arte y violencia es mucho más incómoda.
Pero imaginar permite construir sentidos, compartir conocimientos y formar comunidades. Eso es lo que Vanessa reconoce cuando reconstruye la historia de la animación en Guadalajara y descubre una cadena de artistas ayudándose unos a otros. Es lo mismo que Jorge Suárez intenta explicar cuando habla del futuro de los videojuegos. Casi nunca empieza por la tecnología. Habla de enseñar, de formar a personas, de conseguir que quienes vienen detrás no tengan que comenzar desde cero.
Quizá ahí esté una de las claves para entender Guadalajara. No en su capacidad de producir artistas excepcionales, sino en la manera en que algunos de ellos aprendieron a encontrarse.
Las películas, los videojuegos y la animación empiezan mucho antes de una computadora o un set de filmación. Empiezan cuando alguien observa, desmonta, construye, inventa reglas y convence a otros de participar en el juego.
Tal vez esta historia nunca fue únicamente sobre el stop motion ni sobre los videojuegos, sino sobre una generación que encontró la manera de convertir esa curiosidad en trabajo. Y sobre una ciudad donde, mientras unos ensayan cómo responder al próximo bloqueo, otros siguen aprendiendo a fabricar mundos.
Mónica Ocampo (Ciudad de México, 1985) es periodista y antropóloga social. Coordina el colectivo Marchando con Letras y es coautora de Ayotzinapa: la travesía de las tortugas (Proceso, 2015) y de Eduardo Galeano, un ilegal en el paraíso (Siglo XXI, 2017). Actualmente es profesora de periodismo en la Universidad del Valle de Atemajac y la Universidad de Guadalajara.