Lento Ensayo

Ilustración: Juanma Díaz

Ese viejo futuro perdido

El dualismo entre humanos y naturaleza es una falacia fomentada por un hechizo capitalista que borra la interdependencia. La ideología del crecimiento económico y la libertad individual se basa en expolios irreversibles de materia y energía de nuestro planeta. En este ensayo, el ecólogo e investigador Mauricio Lima les corre el velo a creencias desarrollistas y sus quimeras, como la que tiene que ver con las energías renovables. «Ignorar la segunda ley de la termodinámica solo puede conducir a la más profunda humillación y al colapso», dice.

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«El futuro llegó hace rato. Todo un palo, ya lo ves», decía el recientemente fallecido Indio Solari en esta canción de fines de los ochenta de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, como una premonición de que las cosas parecían ir en el sentido contrario a los discursos de la esperanza y el crecimiento material para todos. De alguna manera esa canción me conecta con lo que decía Frederick Soddy (1922), premio nobel de química, hace más de un siglo sobre el ocaso de nuestro «efímero y extravagante» período de riqueza material. Pareciera que nos cuesta aceptar un futuro diferente al del crecimiento económico permanente.

Seguimos obsesionados con la idea del crecimiento y de una nueva economía verde impulsada por energías renovables. El discurso dominante prevé un futuro de progreso económico y tecnológico. Por lo tanto, la opinión pública parece reacia a debatir la posibilidad de que las cosas empeoren. Los políticos quieren ser reelegidos, las empresas desean generar más ganancias, los padres quieren que sus hijos vivan en una sociedad más próspera que la suya y las universidades prometen a sus estudiantes que los títulos que otorgan serán útiles en el futuro. La simple idea de que esta era, de alto consumo de energía y de desarrollo tecnológico, pueda convertirse en un breve período transitorio suele descartarse como ridícula y apocalíptica.

Aceptamos sin ninguna reflexión que el crecimiento económico es consecuencia de los esfuerzos activos de los individuos, la innovación y la inversión, ignorando el papel fundamental de los flujos de energía y materiales, lo que nos impide desarrollar un entendimiento relacional que conecte el mundo humano y el natural. Esta separación entre mundos sigue limitando nuestra comprensión integral del planeta que habitamos y nos aleja cada día más de afrontar las consecuencias ecológicas y sociales de nuestro desarrollo demográfico y económico.

Existe una larga tradición de separar lo vivo de lo no vivo y de considerar a los seres humanos como algo diferente del resto del mundo biológico. Este dualismo relativista nos impide vincular la dinámica de ambos mundos y nos deja sin esperanza de resolver los problemas que afrontamos como civilización global; de hecho, los agrava. El futuro dependerá principalmente de nuestra capacidad para abandonar las viejas concepciones y fusionar el mundo natural y el social.

Hace más de un siglo, el matemático y filósofo Alfred North Whitehead propuso que «la naturaleza es un proceso» (1919). La filosofía de Whitehead postula que para comprender la dinámica de los procesos naturales y sociales debemos tratar el tiempo y el espacio como abstracciones del pasaje de los eventos y sus relaciones. Poniéndolo en forma simple, la naturaleza comprende todos los procesos que podemos percibir; no solo las puyas florecidas y los picaflores gigantes que veo todas las mañanas desde mi ventana o la llovizna que golpea en el techo, sino también el ruido de los motores en la calle, los bocinazos, la música en el parlante de un auto y el aire contaminado de la ciudad de Santiago.

Como ninguno de estos procesos ocurre espontáneamente, es necesario que exista siempre un intercambio de energía, y en cualquier tipo de cambio material siempre intervienen flujos de energía de algún tipo: nivel, calidad o cantidad. Esto nos lleva directamente a la primera ley de la termodinámica, en que la energía y la materia, que también es energía almacenada, unifican los cambios que ocurren dentro y entre estos mundos, el «natural» y el «social».

Esta noción de movimiento, como el flujo de los eventos, representa la dinámica creativa de la naturaleza, que se conecta con el concepto de energía; la palabra griega energeia significa «actividad» o «fuerza en acción» y representa la capacidad de actuar, transformar y poner en movimiento. Las poblaciones humanas y sus sociedades son sistemas abiertos que intercambian energía y materiales con sus respectivos entornos, sistemas abiertos disipativos, según la termodinámica del no equilibrio definida por el premio nobel de origen ucraniano Ilya Prigogine (1978).

Estos sistemas logran organizarse y generar «estructuras disipativas» complejas importando energía y materiales desde su entorno y exportando energía y materiales inutilizables de baja estructura y alta simplicidad; en otras palabras, deshechos y entropía (Wessling, 2023). Los flujos de energía entre sistemas determinan su dinámica, su cambio; el sistema y su entorno coevolucionan según el principio de panta rhei: «todo fluye» (Heráclito). Por lo tanto, «nadie se baña dos veces en el mismo río, pues ni el río ni la persona son los mismos».

Nos hemos alimentado de fantasmas

La población humana se ha expandido a costa de destruir los ecosistemas que le dieron origen; su propia existencia se debe al consumo de los materiales y la energía de estos sistemas. En este proceso de expansión, hemos incrementado la producción de entropía en nuestro entorno (ecosistemas naturales) a niveles que superan con creces los que existirían si fuéramos una sociedad más simple, pequeña y austera. El problema fundamental radica en que la entropía generada por la economía humana es exportada a los ecosistemas y no puede ser irradiada desde la estratosfera terrestre hacia el universo, lo que se manifiesta en forma de materia inservible y ruina ecológica. Somos la consecuencia de haber disipado los gradientes químicos y biológicos de nuestro entorno.

De hecho, sería imposible explicar la tremenda aceleración demográfica y económica, así como los cambios tecnológicos, culturales, artísticos y científicos de los últimos 200 años, sin mencionar la inmensa cantidad de energía solar acumulada durante millones de años y a lo largo de millones de hectáreas (tiempo y espacio) por los organismos fotosintéticos del pasado. Los combustibles fósiles nos permiten utilizar la energía solar acumulada y procesada por las superficies y los tejidos de organismos del pasado. La expansión demográfica, económica y tecnológica de los últimos 200 años es consecuencia de la energía solar que llegó a la Tierra y que se acumuló y enriqueció durante millones de años mediante la fotosíntesis. Hemos accedido a una reserva oculta sin precedentes de energía acumulada, una herencia solar, en el sentido termodinámico, ecológico y político. La desconexión entre el mundo socioeconómico y los fundamentos biofísicos del mundo natural se ha acentuado hasta el punto de que somos incapaces de comprender las consecuencias de nuestro modo de vida para las generaciones futuras.

Lo maravilloso y aterrador al mismo tiempo es darnos cuenta de que este corto período de prosperidad que mi generación ha disfrutado es responsabilidad de las plantas. A pesar de toda nuestra tecnología, ciencias y artes, seguimos dependiendo de los cuerpos y la carne de otras vidas. Hemos encontrado un pozo de energía acumulada lentamente durante millones de años y lo hemos consumido a una tasa millones de veces más rápida.

En este último siglo hemos sido testigos de la expansión humana y la expropiación de otras vidas y otras historias. Una expansión que, ante la escasez de nuevos territorios y de otros planetas vivos para explotar, ha comenzado a utilizar los cuerpos de criaturas que habitaron el planeta hace millones de años. Nos hemos estado alimentando de fantasmas, de cadáveres que contienen la luz solar arribada a la Tierra hace mucho tiempo y que, desde ese pasado, nos propulsan para permitir que consumamos el futuro y nos recuerdan al Indio Solari, «vivir solo cuesta vida», una frase que resume la segunda ley de la termodinámica de una manera simple y bella.

Es a través de esta manera «descarnada» (sin materialidad) de entender el mundo que la idea del progreso material infinito impregnó el inconsciente colectivo de las sociedades modernas. De repente, parece que la energía proviene de un pozo insondable e inagotable y, como por arte de magia, la idea del crecimiento económico se convirtió en el instrumento del discurso político dominante. El sistema para organizar la vida material y el marco conceptual para describirla se fusionaron, un ejemplo clásico de la falacia de la idea o concreción errónea, planteada por el matemático y filósofo Alfred North Whitehead (1925), que resulta de confundir una idea o un concepto abstracto con un proceso físico real.

Nuestra ilusión de libertad y autonomía se sustenta en el consumo, que solo es posible mediante la quema de carbón, gas natural y petróleo. Se trata de una desconexión que opera como un hechizo, la hechicería capitalista que nos mencionan Pignarre y Stengers (2011). Parece ser un acto de magia que hace desaparecer los fundamentos biofísicos del mundo que nos sustentan.

Una economía es un sistema que se nutre del flujo de energía proveniente de un entorno rico en energía libre, utilizando recursos naturales y generando una circulación continua de materia y energía. En consecuencia, a medida que el sistema socioeconómico disipa y consume el gradiente de energía de alta calidad de su entorno, exporta entropía y degrada su entorno; esto es inevitable.

Cuanta más energía y materiales extraemos del medioambiente, más prósperas se vuelven nuestras sociedades, lo que conlleva un aumento de la población y del consumo. Para mantener ese consumo, necesitamos aún más energía para que nuestra economía siga funcionando. El crecimiento económico, la generación de residuos y el agotamiento de los recursos finitos del planeta son dimensiones de un mismo fenómeno. El hecho de que la mayoría de los economistas no reconozcan el papel central de la dinámica del desequilibrio ni la importancia de los flujos de energía es quizás una de las razones que profundizan la inestabilidad de la economía global.

Esta dinámica conduce a la insostenibilidad de nuestra sociedad, ávida de energía. Por lo tanto, el estancamiento y el colapso económico son la expresión de una profunda contradicción entre la búsqueda del crecimiento y la acumulación de excedentes y el funcionamiento de las leyes de la termodinámica dentro del sistema terrestre. Por ello, es importante concebir nuestras sociedades como sistemas que interactúan e intercambian continuamente energía, materiales y entropía con otros sistemas bióticos y abióticos disipativos en desequilibrio. Este marco permite evaluar la capacidad de acción humana dentro de las limitaciones impuestas por los flujos de energía y las leyes termodinámicas, así como evitar el dualismo entre humanos y naturaleza.

La trampa de las energías renovables

Por lo tanto, transformar nuestro enorme sistema económico global, que consume 20 teravatios de energía, y construir sociedades más equitativas implica mucho más que cambiar políticas. Existe la creencia generalizada, tanto entre el público como entre los políticos, de que todo depende de soluciones tecnológicas que descarbonicen la matriz energética, lo que resolvería los problemas del calentamiento global y la crisis ecológica. Por ejemplo, las energías renovables suelen considerarse la solución para construir sociedades sostenibles, pero en la mayoría de los casos, la exportación de entropía a la naturaleza que genera el sistema de producción de energías renovables no se tiene en cuenta.

Lo que ganamos en descarbonización y reducción del calentamiento global, podemos perderlo en función de los ecosistemas, los residuos de la minería, la degradación de materiales, la biodiversidad, el uso del suelo y la disponibilidad de agua. El químico alemán Bernhard Wessling (2025) cuestiona la sostenibilidad de muchas de las soluciones energéticas actuales aplicando los principios de la termodinámica del desequilibrio y la producción de entropía.

Wessling propone un enfoque pragmático de la termodinámica para abordar los problemas ecológicos, económicos y sociales que estamos enfrentando. En términos conceptuales, es tratar de entender las consecuencias de nuestras acciones productivas, de consumo y reproducción a escalas de las relaciones entre sistemas, incorporando las exportaciones de entropía a nuestro entorno de manera más directa. Wessling sostiene, y tiendo a estar de acuerdo con él, que aquellas sociedades más sostenibles (o menos insostenibles) serían aquellas que tienden a alcanzar una tasa mínima de exportación de entropía a su entorno. En términos sencillos, ralentizar el funcionamiento de nuestro sistema económico y productivo fomentaría la sostenibilidad. Pero cuidado: en un mundo global muchas sociedades localizan geográficamente sus exportaciones de entropía, si no veamos el caso de China con los cultivos de soja en Argentina, Paraguay, Brasil y Uruguay, o el cobre en Chile, o Finlandia con las plantas de celulosa y la exportación de entropía en forma de cultivos forestales.

En todos estos casos, al igual que en muchas inversiones de energías renovables, sean paneles fotovoltaicos, turbinas eólicas o hidrógeno verde, habría que preguntarse si no generan más impactos ambientales negativos de los que resuelven. Las preguntas que nadie hace: ¿cuánta agua se necesita?, ¿cuánta tenemos disponible?, ¿cómo se afectan los cursos de agua a utilizar?, ¿cuántos miles de hectáreas de pastizal natural estamos dispuestos a perder para poner paneles solares y turbinas eólicas?, ¿cuánta más entropía vamos a exportar a nuestro paisaje y qué vamos a ganar a cambio? Basta con mirar las plantaciones forestales y preguntarnos seriamente: ¿qué hemos logrado y qué hemos perdido?

Un ejemplo práctico es el plan nacional de forestación de Uruguay. Este plan ha sustituido áreas de pastizales templados nativos por plantaciones comerciales de eucalipto y pino. Como resultado, las plantaciones forestales comerciales han crecido de una superficie inicial de 130.000 hectáreas en 1985 a 1,2 millones de hectáreas en 2024, un aumento de 915% (MapBiomas Uruguay, 2025). Durante el mismo período, los pastizales naturales perdieron alrededor de 2,9 millones de hectáreas (Guido et al., 2025). Desde una perspectiva económica ortodoxa, el plan nacional de forestación fue una estrategia para diversificar la producción agraria y atraer inversión extranjera a zonas de baja productividad para la ganadería y la agricultura. Las plantaciones forestales aumentarían la producción de biomasa, el secuestro de carbono y el valor económico de la tierra.

Sin embargo, el aumento local de la producción de biomasa en las plantaciones forestales se sustenta en la exportación de entropía hacia el paisaje circundante. Esto ocurre, por ejemplo, mediante el incremento de la evapotranspiración y la absorción de agua subterránea (Walker et al., 2025). Mantener este sistema productivo requiere mayores flujos de materia y energía. Además, impone costos ambientales al sistema hidrológico circundante a través de la reducción de la recarga de agua subterránea, la alteración del caudal de los arroyos y los cambios en la disponibilidad de agua en el suelo (Jobbágy et al., 2006). De hecho, si calculáramos la diferencia en evapotranspiración del reemplazo de casi 1,2 millones de hectáreas de pastizal natural por plantaciones forestales, es posible que nos lleváramos la sorpresa de que equivale a más de 20 veces el consumo anual de agua potable de todo Montevideo. Pero además, la expansión del modelo forestal también ha producido cambios rápidos y negativos en la estructura social y la cohesión de los pequeños productores rurales y la población que vive cerca de las plantaciones forestales, de acuerdo con el trabajo reciente de Daniel Pena Vergara (2025).

Este ejemplo ilustra cómo los incrementos locales de orden, como la producción de plantaciones forestales, se sustentan mediante la exportación de entropía al medioambiente natural. También muestra que este proceso impone costos sociales adicionales a las comunidades rurales, aumentando así la entropía. Esto subraya que la sostenibilidad debe evaluarse a la escala del sistema socioecológico acoplado y no solo a la escala del sistema productivo y económico cerrado.

En la misma línea, el ejemplo de la crisis de agua potable de Montevideo en 2023 ilustra que aumentar el suministro de agua mediante nuevas infraestructuras no es la única respuesta —ni necesariamente la más sostenible— a la escasez hídrica. Como argumentó Goyenola (2023), la crisis expuso la vulnerabilidad del propio sistema de abastecimiento de agua. Desde la perspectiva de Wessling (2023), que considera la reducción de la entropía como criterio de sostenibilidad, esto implicaría preservar la integridad de la cuenca hidrográfica, restaurar sus funciones ecosistémicas y reducir las pérdidas de casi 50% en la red de distribución antes de expandir el suministro mediante nuevos embalses o plantas de tratamiento.

Por ejemplo, dados los diversos problemas que experimentamos a diario en nuestras sociedades —escasez de agua potable, deterioro de la calidad de los servicios, proyectos de reforestación, agricultura industrial e infraestructura—, ¿cuál de las soluciones disponibles genera la menor entropía para otros factores dependientes de la energía? Una perspectiva termodinámica podría modificar considerablemente nuestra comprensión de las decisiones cotidianas de consumo y producción. Este procedimiento nos permite superar la separación entre naturaleza y sociedad, así como la idea de que el funcionamiento de las sociedades humanas está separado de la naturaleza y se sustenta en el dominio tecnológico. Como mínimo, abre la puerta a fundamentar conceptos complejos y a comenzar a establecer criterios prácticos que guíen nuestras decisiones

Este punto de vista desafía el concepto dominante de libertad individual en la actualidad. Nos transporta a un mundo de relaciones e interrelaciones que aún se está configurando y diseñando, arraigado en la idea de patrones compartidos; un lugar donde la libertad y las libertades personales no pueden entenderse como inherentes, sino como propiedades que emergen de la interacción dentro de una comunidad y los límites ecológicos.

Las sociedades complejas suelen colapsar

La termodinámica pragmática (sensu Herrmann-Pillath, 2025) establece límites a la actividad humana. En lugar de preguntarse qué tecnología emite menos carbono, la termodinámica pragmática se pregunta qué alternativa satisface la misma función social minimizando al mismo tiempo la exportación de entropía al sistema terrestre que la sustenta.

Desarrollar una comprensión pública (según Stengers, 2021) de este tipo de sistemas dinámicos es fundamental para superar la dicotomía entre sociedad y naturaleza. Nos permite empezar a comprender que las libertades individuales que tanto valoramos, así como nuestro bienestar material, han crecido y siguen creciendo a expensas de la degradación de los ecosistemas.

Las sociedades complejas suelen colapsar (Tainter, 1988) y regresar a estados más simples. Esto no debería sorprendernos; es el destino de la mayoría de los sistemas disipativos que destruyen los gradientes de energía que los impulsan y exportan entropía a su entorno. A veces, un nuevo gradiente de energía, mediante retroalimentación positiva, impulsa aún más el crecimiento y la expansión, llevando al sistema mucho más allá del equilibrio. Sin embargo, la mayoría de los sistemas complejos fallan; son frágiles y difíciles de mantener en comparación con los sistemas menos complejos.

La transición que hemos iniciado hacia un nuevo modo de vida, aún desconocido, conlleva numerosas incertidumbres sobre las consecuencias que afrontaremos. La sociedad industrial en la que vivimos no es más que una etapa transitoria y efímera, que apenas durará un par de siglos. Nos dirigimos hacia una nueva forma de vivir y organizarnos.

Las libertades tan valoradas por las sociedades occidentales dependen de los flujos energéticos, pero también incrementan la entropía. Nuestras nociones de libertad están subvencionadas por el petróleo y cada vez más limitadas por la degradación de los ecosistemas y el crecimiento demográfico. Debemos afrontar una crisis que ya se ha producido: la Gran Aceleración ha borrado por completo la dicotomía entre el ser humano y la naturaleza.

Las entidades humanas y no humanas que conforman este conjunto de sistemas cambiantes están interconectadas. Sin otro lugar donde ir, nosotros, los «terrícolas» (Latour, 2018), humanos y no humanos, debemos vivir en este planeta sin la esperanza de progreso, pero con la perspectiva de un cambio que nos permita construir lugares y territorios habitables, tal vez con una sociedad en crecimiento que se transforme en una de la decadencia. Sin temer ese destino. Este argumento es relevante para nuestra vida cotidiana y para el debate sobre el poder del libre albedrío y la capacidad de acción humana. La capacidad de elegir y modificar nuestro camino depende de la energía que tengamos disponible para que las cosas sucedan.

El peso excesivo que se le otorga a la agencia humana en la economía conduce a la idea errónea de que el crecimiento no depende de la energía y los materiales del planeta (Krall, 2022). El problema conceptual fundamental de nuestra época es esta visión desencarnada de la sociedad humana global. La energía siempre fluye de mayor a menor densidad. Esta dinámica puede no satisfacer nuestro anhelo de libre albedrío humano. Sin embargo, en nuestros intentos por construir un futuro sostenible, comenzamos examinando la ley más fundamental que rige el cambio irreversible: la segunda ley de la termodinámica. Si bien esta nos muestra la dirección del cambio, sigue estando en nuestras manos decidir cómo queremos afrontarlo.

Quizás no sea el mensaje esperanzador que muchos desearían leer, pero no estoy en el negocio de dar esperanzas a las personas, solamente de ayudar a construir un entendimiento público del mundo que nos rodea, aunque sea incierto. Recuerden que ignorar la segunda ley de la termodinámica solo puede conducir a la más profunda humillación y al colapso. Este proyecto de una humanidad expansiva y libertaria ya ha comenzado a desintegrarse y siempre ha dependido de la apropiación masiva de otras formas de vida y recursos del planeta. Ese futuro del cada vez más y mejor está perdido; no vamos hacia una expansión, vamos hacia el futuro del cada vez menos: menos personas, menos producción y menos libertades de consumo.

Nos hemos expandido a costa de devorar y mermar el mundo no humano, aumentando nuestra población y economía, nuestro supuesto hogar. Cuando escucho las narrativas de la libertad, el crecimiento y la innovación para el desarrollo, me vuelven a resonar esas estrofas del Indio Solari, «estás llamando al gato con silbidos».

Bibliografía

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  • Jobbágy, E G, Vasallo, M, Farley, K A, Piñeiro, G, Garbulsky, M F, Nosetto, M D, Jackson, R B y Paruelo, J M (2006). Grassland Afforestation: Towards an Integrative Perspective of its Ecological Opportunities and Costs. Agriculture, Ecosystems & Environment, 115, 1-20.
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  • Wessling, B (2025). Entropy as Criterion for Sustainability (preprint). Tomado de https://doi.org/10.20944/preprints202512.2416.v1.

Mauricio Lima (Montevideo, 1961) es profesor de la Pontificia Universidad Católica de Chile, se doctoró en Ciencias Biológicas en 1998. En los últimos 15 años su trabajo se ha enfocado principalmente en los procesos que gatillan los colapsos demográficos en las sociedades agrícolas del pasado y los desafíos del nexo entre dinámica poblacional, económica y energética de las sociedades humanas y su efecto transformador de los sistemas naturales. Es autor del libro Austeridad o barbarie (HUM).

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