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Historias de la lectura

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Después de que publicamos el último suplemento Libros, que tenía como nota de portada la obra del historiador Carlo Ginzburg, a propósito de su muerte, me quedé pensando en la lectura como asunto en sí.

El artículo de Deborah Duarte está centrado en El queso y los gusanos, la investigación en la que Ginzburg reconstruyó las ideas en torno al origen del mundo que se había formado un campesino del siglo XVI a partir de lo que indican los documentos del proceso que llevó contra él la Inquisición. El libro es, como ella explica, un mojón micro en la forma de encarar los estudios históricos. También es un hito dentro de un movimiento de larga duración en los estudios literarios que desplaza la atención de los autores a los lectores o, dicho de otra manera, va de qué sugieren quienes escriben a qué interpretan quienes leen.

Hay toda una corriente teórica en torno a la recepción de textos, pero en esos días me quedé pensando en un libro muy accesible y, a la vez, lleno de erudición. Una historia de la lectura, del argentino-canadiense Alberto Manguel, no es un recuento cronológico o sistemático, como podría sugerir el título, sino una veintena de ensayos que dan cuenta de diversas formas de relacionarse con los libros. Muchos de ellos parten de imágenes –pinturas, esculturas, fotografías– que disparan especulaciones, y luego reflexiones muy fundadas, sobre posibles lectores y textos.

Manguel toca tanto aristas simbólicas como materiales y el libro, de algún modo, también es el relato de su vínculo con la profesión de escritor, traductor, docente. Mi capítulo favorito, “Robar libros”, no es solo la historia del conde Libri, un gran sustractor de volúmenes, sino también una bella extensión del concepto de apropiación. Les copio dos tramos de su final:

“El acto de leer establece una relación íntima y física en la que participan todos los sentidos: los ojos que extraen las palabras de la página, los oídos que se hacen eco de los sonidos leídos, la nariz que aspira el aroma familiar del papel, el pegamento, la tinta, el cartón o el cuero, el tacto que acaricia la aspereza o suavidad de la página, la flexibilidad o la dureza de la encuadernación; incluso el gusto, en ocasiones, cuando el lector se lleva los dedos a la lengua (que es el método por el cual el asesino de El nombre de la rosa envenena a sus víctimas). Muchos lectores no están dispuestos a compartir todo eso, y si el libro que desean leer está en posesión de otra persona, las leyes de la propiedad son tan difíciles de respetar como las de la fidelidad en el amor. Además, la posesión material a veces se convierte en sinónimo de apropiación intelectual. Llegamos a sentir que los libros que poseemos son los libros que conocemos, como si en las bibliotecas la posesión fuese, al igual que en los tribunales anglosajones, nueve décimas partes de la ley; que contemplar el lomo de los libros que consideramos nuestros, que hacen guardia obedientemente en las paredes de nuestra habitación, dispuestos a hablarnos a nosotros y solo a nosotros con solo pasar la página, nos permite decir, ‘Todo esto es mío’, como si su sola presencia nos llenara de su sabiduría, sin que nosotros debamos esforzarnos por aprender su contenido. En eso he sido tan culpable como el conde Libri”.

“Tal vez no queramos justificar los robos de Libri, pero el anhelo subyacente, el deseo apremiante de ser, aunque sea solo un momento, la única persona que puede llamar ‘mío’ a un determinado libro, es algo que tienen en común más hombres y mujeres honestos de los que estaríamos dispuestos a reconocer”.

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José Jorge comentó Algo parecido a un don, la reciente colección de cuentos de Horacio Cavallo. “Construye una cartografía de la fragilidad donde el cuerpo y las experiencias se convierten en un territorio expuesto a imposturas precarias o laterales”, dice.

Innovar sobre personajes de historieta muy exitosos puede ser parecido a revisitar mitos heroicos, o algo así insinúa Ignacio Alcuri en torno a una novela gráfica de Batman. Ya que estamos, escribí sobre Gabriel Mainero, un gran estudioso del cómic uruguayo y del cómic a secas, que murió este año.

Martín Bentancor, por su parte, comenta la historia de un blusero-rockero fundamental. “Lejos de las biografías obsecuentes y deslavadas sobre músicos de rock (y artistas en general), I Put a Spell on You. La extraña vida de Screamin’ Jay Hawkins no se agota en la parafernalia y el histrionismo de su protagonista, sino que documenta [...] la extrema complejidad del hombre detrás del disfraz y el decorado”, escribe.

Catalina Alonso, por su parte, comenta una novela de oximorónico título. “La resignificación del pasado es lo único capaz de cambiarnos”, anota.

El año pasado, el poeta William Johnston reunió parte de su obra, y Martín Palacio comenta la antología. Sostiene que el colega “explora el reto de hacer visible lo que siempre se escapa de la representación”.

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