El historiador Carlo Ginzburg nació el 15 de abril de 1939 en Bolonia y murió hace poco más de 15 días, el 7 de junio. Era hijo de la novelista Natalia Ginzburg y del filólogo y profesor de Literatura Leone Ginzburg, menos conocido por estos lados. Su vida estuvo marcada por numerosas experiencias asociadas al judaísmo secular, a la lucha antifascista de su padre y al compromiso científico y político con la izquierda de su abuelo, Giuseppe Levi, histólogo y candidato en las listas del Frente Popular en 1948, dijo en una entrevista con Mariano Schuster.
El nombre de Ginzburg suele asociarse a las discusiones sobre microhistoria, corriente que contribuyó a formular a partir de los debates que suscitó la publicación en 1976 de uno de sus libros más conocidos, El queso y los gusanos: el cosmos de un molinero del siglo XVI.
¿Qué es la microhistoria?
En “Microhistoria: dos o tres cosas que sé de ella”, un artículo publicado casi dos décadas después, Ginzburg explicó el contexto en que surgieron y las metas que tenía ese tipo de reflexiones teórico-metodológicas y prácticas de investigación. Según escribió, los trabajos agrupados bajo el nombre de microhistoria surgieron en respuesta a la hegemonía en la historiografía europea de las décadas de 1950 y 1960 del modelo de investigación macroscópica y cuantitativo de los historiadores reunidos en torno a la revista Annales.
A muy grandes rasgos, estas investigaciones compartían ciertas premisas, como la sustitución del estudio de personajes excepcionales y el protagonismo de la corta duración y el acontecimiento por el abordaje de procesos de larga duración. A su vez, trabajaban con ciertos procedimientos comunes: reunían gran cantidad de datos (por ejemplo, precios, cosechas, cantidad de nacimientos o defunciones, o catálogos, registros de imprentas, bibliotecas y libreros, en el caso de la historia del libro), los organizaban en series cronológicas y, a partir de la aplicación de métodos estadísticos, identificaban tendencias de largo plazo. Los gráficos y las tablas tenían un lugar de importancia en la comunicación de estos estudios.
En este contexto, Ginzburg publicó un libro que, en sus palabras, trataba de reconstruir las ideas y los comportamientos de un molinero de la región de Friuli que fue procesado y después condenado a muerte por la Inquisición, a través de la documentación producida por aquellos que lo terminaron enviando a la hoguera en 1599. El molinero se llamaba Domenico Scandella, se apodaba Menochio y sabía leer.
“Estas opiniones que he sostenido las he sacado de mi cerebro”
Entre las cuestiones que plantea El queso y los gusanos, la pregunta por la circulación de las ideas resulta fundamental para el estudio de la lectura. En la medida en que los libros son uno de los vehículos posibles en los que viajan las ideas, su difusión es también una cuestión de lectura. En las confesiones de Menochio, Ginzburg encuentra una idea de la creación que conjuga el mito con la ciencia, a partir de la analogía entre el agua del mar que fue batida como una espuma y el queso coagulado, del cual nacen gran cantidad de gusanos que se convierten en hombres y en Dios. También observa elementos de radicalismo religioso y aspiraciones utópicas de renovación social, por ejemplo, en el anhelo de un mundo nuevo y de otro modo de vivir –porque la Iglesia no funcionaba bien y habría que hacer algo para que no hubiese tantas pompas–, y de tolerancia religiosa y cultural.
Estas ideas, continúa Ginzburg, convergen con las posturas de los grupos intelectuales más refinados y conscientes de la época. Por tanto, cabe preguntarse si las ideas de Menochio son consecuencia de la reproducción de aquellas surgidas en ambientes doctos.
Si buscáramos respuestas desde el tipo de investigación macroscópica, deberíamos centrarnos en la historia del libro y su circulación, preguntándonos, por ejemplo, qué grupos sociales accedían a los libros o cuáles eran los títulos leídos en cada grupo. Esta perspectiva privilegia el análisis de las estructuras y los procesos colectivos y supone –o por lo menos deja sin problematizar– que de los datos presentados se pueden inferir las prácticas de lectura y las visiones del mundo asociadas a los sujetos individuales. Desde esta escala de análisis, no vemos a Menochio.
La microhistoria nos invita a modificar la escala de observación para focalizarnos en un episodio concreto de una vida individual. Esto nos permite advertir a un campesino que lee en el siglo XVI, pero que, además, interpreta o se apropia de lo leído con orgullo inquebrantable.
En este sentido, es conmovedora la forma en que Menochio insiste en declarar frente al inquisidor que ha sacado sus opiniones solo de su cerebro. Tanto la imprenta como la reforma crearon las condiciones de acceso y de posibilidad para la lectura y la expresión de las ideas. Sin embargo, el hallazgo más importante de El queso y los gusanos es el desfase entre la forma en que Menochio asimila lo leído y lo refiere a sus inquisidores y el contenido propio de los textos que cita.
Para construir esta afirmación, Ginzburg no se queda solo con lo dicho por Menochio, sino que recurre a la comparación entre sus ideas y los párrafos de libros citados para estudiar sus olvidos, reinterpretaciones y énfasis. En vez de gráficos y tablas, tenemos una forma de presentación de los argumentos que recurre a pasajes de libros y a técnicas propias de la literatura, como las hipótesis en forma de preguntas que se van refutando capítulo a capítulo. De esta forma, Ginzburg concluye que las opiniones del molinero no son imputables o reducibles a tal o cual libro –y son, por lo tanto, puro reflejo de ideas doctas–, sino que nos remiten a una tradición oral popular, probablemente muy antigua.
Anomalía paradigmática
El cambio de escala no solo ilumina un caso excepcional, sino que, además, nos da herramientas para volver a pensar lo global. La idea de Ginzburg de “anomalía paradigmática” recoge estas reflexiones. Lo paradigmático, en tanto sinónimo de ejemplar, vuelve a la idea del estudio de un caso que ilustra la regla. La anomalía, por su parte, nos advierte del caso que, por sus características excepcionales, señala un lugar de incongruencia.
Algunas de las ideas que Menochio declara en los interrogatorios son incomprensibles para el inquisidor, en el sentido de incalificables, y viceversa. Esta imposibilidad de comunicación nos indica la existencia de dos lógicas de interpretación no conmutables: una proveniente de la tradición oral campesina y otra docta.
La singularidad de Menochio, señalada por varios testigos citados, dado que lee y posee un deseo imparable de expresar su opinión, pone de manifiesto la existencia de un global dividido en por lo menos dos formas de ver el mundo. Además, y no menor, ilumina el etnocentrismo académico propio de la circulación vertical de las ideas al diversificar los focos que dan a luz ideas de tolerancia, estima de sí y anhelos otros modos de vivir.
El queso y los gusanos: el cosmos según un molinero del siglo XVI. 304 páginas. Península, 2019.