A mediados de agosto, el investigador francés Roger Chartier volvió a Uruguay. El 17 dio una conferencia en la Facultad de Información y Comunicación de la Udelar, con los decanos Federico Beltramelli, de esa facultad, y Nicolás Duffau, de Humanidades, y al día siguiente dialogó con las investigadoras Florencia Dansilio y Vania Markarian en la sala Verdi.
Fueron dos propuestas distintas. La primera, titulada “Nudos y cuerdas, cartas de una peruana y quipus de las luces”, giró en torno a un estudio acerca de la posibilidad de traslación de la cultura escrita indígena, representada en los quipus incas (un conjunto de nudos y cuerdas que implicaban una forma de comunicación), a la escritura europea occidental, tomando como punto de partida la obra de Françoise de Graffigny (1695-1758) Cartas de una peruana, que desde el siglo XVIII nunca fue reeditada en español.
La novela de Graffigny se compone de 41 cartas en las que una princesa inca relata críticamente a su prometido de Perú su llegada como esclava y estadía en París. Uno de los temas principales es la educación de la protagonista, que le hará cuestionarse la diferencia entre sexos y su posibilidad como mujer; la narradora abandonará su escritura de quipus y escribirá en francés. La historia finaliza con su decisión de quedarse en París y no casarse, ni con su prometido inca ni con otros hombres europeos, anteponiendo su amor al estudio y aprendizaje continuo.
A pesar del motivo esencialmente feminista de la obra, que Chartier mencionó, la conferencia se centró en la posibilidad de la protagonista de “traducir” sus propias cartas, escritas en quipus al principio y luego en cartas francesas. ¿Puede efectuarse dicha traslación o es una invención ficcional? Graffigny suple con ficción los pobres conocimientos que se tenían (y se tienen) acerca de esta forma de comunicación indígena, y toma como referencia la única descripción que se hizo sobre el quipus, obra del inca Garcilaso de la Vega (1539-1616) en sus Comentarios reales de los incas, publicados primero en español en 1609. Autores contemporáneos a Graffigny, citados por Chartier, fueron reacios a creer en esta forma de equivalencia entre maneras de escritura; otros, en cambio, fueron favorables a la propuesta de la novelista, y finalmente decidieron crear una entrada de “quipus” en la Encyclopédie.
Quijotescos
El diálogo del martes, “Circular, traducir, traicionar: los libros entre culturas y lenguas”, se trató de una serie de preguntas realizadas por Dansilio y Markarian. En primer lugar, Chartier disertó acerca de la posibilidad de comprensión de un texto, que permite la traducción, dando cuenta del todo que está por fuera del texto y contribuye a su sentido, como las ilustraciones, el tipo de letra y actores “invisibles”, como los libreros y editores. Afirmó que el soporte digital elimina la diversidad de sentidos posibles, al ser el texto un conjunto uniforme que elimina la diferencia entre libros pequeños de poesía y tratados voluminosos.
Otro punto destacable del diálogo fue la reflexión acerca de la posibilidad de representar una obra perdida. Comentó su trabajo Cardenio. Entre Cervantes y Shakespeare (Gedisa, 2012), en el que aborda el vínculo de los dos escritores emblemáticos a través de una obra que no se conserva, que motiva a escritores y estudiosos a intentar representarla.
En cuanto a la representación y posibilidades de “traición” de una obra literaria, Chartier ha señalado el concepto de latencia (subraya que fue extraído de Pierre Bourdieu), que supone que un texto tiene sentidos sumergidos, que no son evidentes inicialmente y pueden activarse en un futuro, como en el caso del Quijote, considerada una obra paródica y burlesca en su época y luego símbolo anarquista en algunas interpretaciones del siglo XIX.
Como contrapartida, Chartier ha señalado el riesgo de anacronismo. Tomó como caso al editor del Quijote Francisco Rico (1942-2004) y su proposición de que el texto está delimitado por sus referencias inmediatas, lo que invalida la polisemia infinita. En contraposición, sucesos políticos del presente son muchas veces el disparador para la toma en consideración de una obra literaria antigua, como en el caso que propuso el investigador, la obra Ricardo II, que fue centro del primer festival de Aviñón, en 1947, ya que Jean Vilar (1912- 1971) tomó la obra de Shakespeare por su densidad de conflictos sobre el papel del rey, que resonaban con la incertidumbre de la posguerra.
También era posible encontrar ese tipo de vínculo político entre obras de antaño y actualidad allí en la sala Verdi: el escenario de Manos sucias, versión libre de la obra de Sartre a cargo de Marianella Morena, sirvió de marco a la charla.