Un puñado de líneas negras corta el vacío en blanco de una hoja digital. Un muchacho embiste la pelota en el aire, suspendido en una viñeta que dura un segundo pero que exigió, quizás, un tendal de horas de trazo encorvado. A más de 18.000 kilómetros de Montevideo, en una habitación de una share house en Tokio, Japón, Guillermo Vitale, alias Gin, de apenas 25 años, dibuja. Dibuja la anatomía de un salto, el sudor que cae tibio sobre la madera, la tensión de una red de vóley. Dibuja entre 12 y 14 horas por día, con una disciplina que, en vísperas de las famosas “entregas”, se traga sus días, sus madrugadas, sus noches... la vida. La vida por el manga.
A su alrededor se extiende una de las capitales más densas del mundo, pero la rutina de este uruguayo es chiquitita, casi ascética, concentrada: dibujar durante casi todo el día, ir al gimnasio para que la espalda resista el sesgo de la mesa, compartir un rato con amigos que la convivencia tradujo en familia. “Es una vida muy pacífica, pero al mismo tiempo muy feliz y gratificante”, dice Gin desde tierras niponas.
Para llegar al cosmos del manga japonés no bastaba con el talento ni con la soltura del cómic norteamericano. En una línea, manga es la palabra japonesa para designar a sus historietas. Su anchísimo mercado es exigente, masivo, hipercompetitivo y ultrasegmentado. Una maquinaria comercial aceitada al milímetro. Por eso, la formación técnica en la Facultad de Artes de la Udelar y los talleres montevideanos fueron apenas el punto de partida. Por caso, la verdadera maestría exigió una artesanía más precisa: emular, calcar y desarmar página por página las obras de sus maestros para entender cómo se construye aquella narrativa, cómo chispea aquella magia.
“Desde niño estuve mucho más influenciado por el manga que por el cómic occidental, por lo que siento que la adaptación se dio de forma bastante natural”, explica. Hoy, esa devoción se plasma en una historia en la que la fragilidad y el despliegue físico se entrecruzan. De hecho, su manga Go Fun No Ace sigue a un jugador de vóley descollante pero acorralado por el cuerpo: debido a una afección cardíaca, solo puede estar en la cancha durante cinco minutos por partido. Algo así como aquel drama que vivía el talentoso Andy Johnson, personaje de Supercampeones –el mítico “manganimé” de fútbol–, otro crack que podía permanecer poco tiempo dentro del campo de juego por un problema en el corazón. Contra todo, con ese margen mínimo, pero con una bola de habilidad y energía, el protagonista intenta arrastrar hacia la cumbre al equipo que es “la vergüenza de la escuela”.
La paradoja no es casual. Gin eligió el vóley porque es el único deporte que practica, el único cuyo ritmo palpita con su propio cuerpo. Para edificar su propio universo, Gin identificó a los gigantes del género spokon (mangas deportivos): Slam Dunk, Haikyuu!! y Blue Lock. Sin embargo, su principal referencia espiritual es el famosísimo Naruto, el exitoso manga de acción y aventura, verdadero motor de su infancia. “A Naruto le debo haber elegido esta profesión”, confiesa.
Asimismo, el vínculo con el lector japonés exige una traducción invisible pero rigurosa de sus costumbres. Sin ir más lejos, en el borrador del primer capítulo, los personajes de Gin entraban al gimnasio con el calzado de calle. Un detalle menor para la mirada rioplatense, pero un error inaceptable para el ojo asiático. “En Japón es obligatorio cambiarse el calzado antes de entrar a la cancha y usar zapatos exclusivos para el gimnasio, para no ensuciar el piso. Ese detalle tuve que corregirlo”, recuerda sobre las sugerencias de Shiratori-san, su editor, con quien se reúne una vez por semana para pulir guiones, desmontar escenas y someter la historia a un cotejo necesario de qualité, verosimilitud y alma. “Cuando Shiratori-san me da un consejo, suele abrirme completamente la cabeza. Creo que es un editor excelente y me siento muy agradecido”, aclara Gin.
No obstante, debajo del estricto código japonés, late una memoria emotiva de orgullo catastral. El equipo que dibuja, Aosaki, empieza desarticulado, pero va agigantándose frente a la adversidad. “Cuanto más fuerte es el rival, más se motivan y mejor juegan. Ese rasgo me recuerda mucho a la selección uruguaya de fútbol de 2010, que tuve la suerte de vivir durante mi infancia. Siento que ese concepto se relaciona bastante con la idea de la garra charrúa. Muchos acá en Japón ni siquiera saben dónde queda Uruguay, hasta que les digo que está en Sudamérica. Y quienes sí lo conocen generalmente es por Luis Suárez o Edinson Cavani, así que creo que la imagen que tienen del país está muy ligada al fútbol”, revuelve.
A pesar de que el entorno digital acortó las distancias geográficas y permitió que dibujantes de cualquier coordenada del planeta aspiren a publicar en Japón, el oficio conserva sus inclemencias y complejidades. Como con todos los mangas, en el corazón de aquel mercado picante, las ventas determinarán si la serie llega al final que Gin ya tiene trazado en su cabeza. Cuando la primera publicación se concretó, la felicidad vino acompañada de una certeza discreta: “Todo eso me puso muy feliz, pero al mismo tiempo sentí que el camino recién estaba comenzando”, cuenta.
Guillermo Vitale.
Foto: Difusión
“La carrera de mangaka no es una carrera de velocidad, es una maratón. Muchas veces lo más importante no es quién avanza más rápido, sino quién puede seguir adelante a pesar de los fracasos”, arremete Gin. Tal vez por eso dibuje a un atleta al que se le acaba el tiempo. Alguien que tiene apenas unos minutos de aire para darlo todo. Porque el manga, así como el vóley, se yerguen como disciplinas de suspensión: una pelota que flota en el aire y una fracción de segundo para decidir su trayectoria.
