Argentina acaba de sumar un nuevo hito en su renovado alineamiento con Washington. Hace unas semanas, funcionarios de ambos países sellaron el denominado Acuerdo Marco para el Comercio y la Inversión Recíproca (ARTI). En Buenos Aires, la firma se celebró como un triunfo de la política de apertura económica y como un paso decisivo en la reinserción del país en el mundo. Sin embargo, el ARTI es mucho más que un simple pacto arancelario. Por sus alcances y exigencias, es la muestra perfecta de lo que Estados Unidos busca hoy en “su hemisferio” y de lo que está dispuesto a ofrecer.
Desde el retorno de Donald Trump al poder, la política exterior estadounidense ha sacudido el escenario global y América Latina volvió a ser un foco de atención primordial para la Casa Blanca. En poco más de un año, episodios inéditos como la captura de Nicolás Maduro y los choques con otros líderes de la región encendieron las alarmas. Pero Washington no se mueve únicamente a través de la confrontación y el uso de la fuerza. Negociaciones silenciosas y acuerdos diplomáticos como el ARTI son la otra cara de esa misma estrategia, y cobran relevancia para entender el nuevo orden que se está diseñando para el sur del continente.
El acuerdo bajo la lupa
Si bien la información oficial sobre el tratado es escueta y todavía restan las aprobaciones parlamentarias para su entrada en vigor, los lineamientos difundidos por ambos gobiernos permiten identificar el carácter de lo firmado. El documento publicado por la Oficina del Representante Comercial de los Estados Unidos (USTR) hace un especial hincapié en el capítulo comercial, donde detalla las condiciones para que los productos argentinos ingresen al mercado estadounidense. Aunque en términos generales la negociación no incorpora grandes modificaciones al flujo actual entre ambos países, se destaca un beneficio considerable para los sudamericanos en el comercio de carne bovina.
El acuerdo incrementa la cuota anual de las 20.000 toneladas actuales a un máximo de 100.000. Esta cifra, que quintuplicaría la capacidad de exportación actual, asegura un ingreso de divisas extra que resulta crítico para Argentina en su necesidad de afrontar compromisos con acreedores externos y estabilizar su frente financiero.
Al margen de lo estrictamente arancelario, Argentina accede mediante este acuerdo al estatus de “socio preferencial no-OTAN”. Más allá del título, esta categoría le brindaría una protección clave frente a la denominada Sección 232 de la Ley de Expansión Comercial de Estados Unidos. Esta normativa es el artilugio legal mediante el cual el presidente Trump se arroga el derecho de imponer aranceles discrecionales a sus rivales de turno, alegando cuestiones de seguridad nacional.
Más allá de lo comercial, el acuerdo también incluye el compromiso de Washington de apoyar proyectos de inversión por medio de organismos financieros como la Corporación Financiera de Desarrollo y el EXIM Bank. Es importante precisar que no se trata de desembolsos directos, sino de un compromiso político de respaldar proyectos en recursos estratégicos. En este esquema, la industria del litio aparece como el objetivo principal, un sector visto en Washington con especial atención.
El acuerdo establece que este apoyo se materializará siempre y cuando los proyectos involucren a empresas de Estados Unidos. Para Buenos Aires, esta condición representa una oportunidad que le permite asegurar que su producción minera ingrese de forma directa en la cadena de suministros estadounidense, garantizando un comprador de peso y estabilidad para sus exportaciones. Por el otro lado, se comienzan a trazar los límites de lo que Argentina podrá negociar con otros actores interesados en sus recursos.
Lejos de las doctrinas de libre comercio, hoy la política comercial estadounidense es un brazo ejecutor de su seguridad nacional: beneficios para aliados y aislamiento para el resto. Argentina ha ingresado con gusto en esta red.
Restricciones: el precio de la alineación
Es precisamente en este punto en el que el ARTI revela su dimensión más política: las restricciones y las condiciones impuestas a Argentina. Estos condicionamientos están alineados con el objetivo central de la Casa Blanca en la región, que no es otro que desplazar la influencia de China del hemisferio. El documento menciona una serie de vetos y compromisos que los socios regionales deberán aceptar a cambio de un acceso preferencial al mercado estadounidense.
Entre los puntos más destacados, Argentina se compromete a utilizar, en sectores críticos, solo proveedores de “naciones confiables”. El tratado menciona expresamente los sectores de tecnología nuclear y telecomunicaciones; una cláusula que en la práctica obtura la posibilidad de adquirir reactores nucleares de diseño chino o de utilizar su tecnología 5G. Al mismo tiempo, plantea una “cláusula espejo” en materia de sanciones: Buenos Aires deberá aplicar medidas restrictivas similares a las dictadas por el Salón Oval y, además, hacer sus mayores esfuerzos para que las empresas radicadas en el país no puedan eludir las normativas de Washington para acceder al mercado estadounidense.
Finalmente, el control también se extiende a la entrada de capitales extranjeros. El país se “autoobliga” a informar a Estados Unidos sobre inversiones entrantes para que este evalúe sus riesgos de seguridad nacional. Además, la Casa Rosada deberá combatir las prácticas de empresas estatales controladas por terceros países en una clara alusión a las firmas chinas que buscan explotar recursos locales. Argentina se asegura tecnología y crédito estadounidense a cambio de cerrar la puerta a las inversiones del gigante asiático en los sectores que Washington considera vitales para su seguridad.
La maniobra de pinzas y el fin de la ambigüedad
Esta red de incentivos y restricciones plasmada en el ARTI no es un hecho aislado, sino el pilar de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) de Washington. El documento es taxativo: el hemisferio occidental es la prioridad y la incursión de potencias extrarregionales ya no es aceptada. Bajo esta lógica, la Casa Blanca opera mediante una maniobra de pinzas sobre el continente. Por un lado, el brazo de la diplomacia comercial -representado por el ARTI- que premia la alineación con acceso a mercados y financiamiento. Por el otro, el brazo de la fuerza y la presión extrema que se aplica sobre los focos que Washington considera una amenaza directa a su seguridad.
Lejos de las doctrinas de libre comercio, hoy la política comercial estadounidense es un brazo ejecutor de su seguridad nacional: beneficios para aliados y aislamiento para el resto. Argentina ha ingresado con gusto en esta red, pero el precio ha sido ceder su libertad para asociarse con otros actores globales.
Facundo Fredes es licenciado en Economía con posgrados en Geopolítica. Una versión más extensa de este artículo fue publicada originalmente en latinoamerica21.com.