La historia política del continente sudamericano se caracteriza por una interferencia recurrente de Estados Unidos y un movimiento pendular con gobiernos que a veces se inclinan más hacia la izquierda y otras veces más a la derecha, además de ciertos momentos de equilibrio entre los dos espectros políticos.
En 2011, por ejemplo, en el primer año de Dilma Rousseff (del Partido de los Trabajadores, PT) al frente del gobierno brasileño, diez de los 12 presidentes sudamericanos estaban vinculados a la izquierda o a la centroizquierda, con un centrista en Colombia (Juan Manuel Santos) y un liderazgo de centroderecha en Chile (Sebastián Piñera). Dos décadas antes, en 1991, con Fernando Collor (entonces del Partido de Reconstrucción Nacional) en el Palacio de Planalto, ocho de los países de la región tenían presidentes vinculados a la derecha o la centroderecha, con solo tres líderes de centroizquierda.
Actualmente, con la investidura del ultraconservador José Antonio Kast en Chile, los dos espectros políticos se encuentran en relativo equilibrio: Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador y Paraguay son gobernados por la derecha, mientras que Brasil, Colombia (que celebrará elecciones a finales de mayo), Guyana, Perú (que cuenta con un presidente interino y celebrará elecciones en abril), Surinam y Uruguay están liderados por la izquierda.
Esta división tiene consecuencias. En la Argentina de Javier Milei, un brasileño condenado por el intento de golpe de Estado del 8 de enero de 2023 recibió un asilo inédito. En la investidura de Kast, lo más destacado para los brasileños fue la presencia del senador y candidato presidencial Flávio Bolsonaro (del Partido Liberal) y la ausencia del presidente Lula (PT), representado por el ministro de Relaciones Exteriores, Mauro Vieira.
Si bien la elección de una ola de políticos de derecha o izquierda en países sudamericanos no implica necesariamente que otras naciones del continente sigan el mismo camino, la historia demuestra que el contexto regional es capaz de influir en el resultado. Para entender cómo el escenario actual en Sudamérica influye en las elecciones brasileñas de este año, Agência Pública planteó esta cuestión a tres especialistas en la política del continente. A continuación, se presentan las perspectivas de los expertos en relaciones internacionales consultados.
Ensayo general en Valparaíso
Regiane Nitsch Bressan es doctora del Programa de Posgrado en Integración Latinoamericana (Prolam) de la Universidad de San Pablo (USP), profesora de la Universidad Federal de San Pablo (Unifesp) y especialista en Integración de América Latina.
Lo que vimos en Valparaíso, [en Chile], con la investidura de Kast, no fue solo una ceremonia diplomática, fue un ensayo general para las elecciones brasileñas. La presencia de Flávio Bolsonaro y la ausencia de Lula cristalizan esta nueva dinámica en la región. A diferencia de 2022, cuando Lula surfeaba en una ola rosa –no como a principios de siglo, sino en un escenario algo más moderado–, ahora nos encontramos ante un escenario de un péndulo que se dirige con fuerza a la derecha.
Que Flávio Bolsonaro estuviera allá y dijera al votante brasileño que el modelo conservador es la regla, no la excepción, representa una enorme victoria [para el campo de la derecha]. La foto de Flávio junto a Kast y Milei sirve para nacionalizar las promesas de éxito que él está plantando, como “prueba” de que este podría ser el mejor concepto para Brasil.
La decisión de Lula de no asistir después de que Kast invitara al senador Flávio demuestra que Itamaraty (la cancillería) y Planalto (el Palacio Presidencial) consideraron que el costo doméstico de la imagen superaba el beneficio diplomático. Entonces Lula evitó la trampa de ser un mero figurante en un evento dominado por la estética de la nueva derecha. Sin embargo, esta ausencia alimenta la narrativa de la oposición de que el gobierno actual está aislado en una región que cambió de color. El riesgo para el PT es que la integración regional, que antes era una vitrina, se convierta en un flanco abierto para críticas de ineficiencia ideológica.
Es importante decir que la victoria de Kast se decidió sobre la base del binomio seguridad e inmigración, los mismos temas que encuestas como las de Atlas y Datafolha señalan como el talón de Aquiles de Lula. La retórica de mano dura que ahora emana de Santiago y Buenos Aires para acá, sobre todo con tanto apoyo de Washington, presiona mucho el debate brasileño hacia el campo de la derecha, no puede ser de otra manera.
Las elecciones de 2026 no se limitarán a la economía, van a ser sobre quién ofrece la sensación de orden, porque algo que hemos debatido mucho en los congresos internacionales es cómo la cuestión de la violencia [en el ámbito] local es un punto neurálgico en las discusiones políticas actuales. A veces da la impresión de que el continente está buscando eso a cualquier precio.
Entonces, con el giro en Chile y la tensa situación en Venezuela, Brasil llegará a octubre con muchos desafíos. Y si la derecha gana aquí, el proyecto de integración progresista va a entrar en una hibernación profunda. Pero si el gobierno actual se mantiene en el poder, Brasil se convertirá en una isla de centroizquierda rodeada de gobiernos de derecha disruptivos. Es una situación difícil, muy delicada.
“Lula dialoga muy bien con todos los partidos políticos en el poder”
Clarissa Franzoi Dri es doctora en ciencias políticas por el Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Burdeos, profesora en la Universidad Federal de Santa Catarina (Ufsc) e investigadora colaboradora del Observatorio Político Sudamericano.
La presencia de la extrema derecha en el poder en diversos países es una realidad mundial, no es solo una característica de América Latina. De hecho, existe una división. Hoy en día no tenemos una mayoría de gobiernos de extrema derecha en el continente.
Es cierto que las elecciones en Brasil van a ser muy reñidas y polarizadas. El continente siempre tiene una influencia, por supuesto, pero no creo que el debate internacional sea el factor que más va a pesar. Creo que las consecuencias económicas de los acontecimientos internacionales pueden tener más peso que la realidad política de los países vecinos. Las consecuencias de la guerra con Irán, el aumento de los precios, del costo de vida, del precio de los combustibles y los alimentos. Esto puede tener mayor presencia en el debate electoral que las presidencias argentina y chilena.
El presidente Lula dialoga muy bien con todos los partidos políticos en el poder. Y dialoga muy bien inclusive con el presidente [estadounidense, Donald] Trump, que no tiene una ideología cercana a la del gobierno brasileño. Busca seguir una línea de diálogo, de mediación con diferentes fuerzas políticas, sin intervención en intereses domésticos, como es tradición en la diplomacia brasileña. Esto no era una realidad durante la presidencia anterior. En el caso del presidente [Jair] Bolsonaro, existía una gran alineación con Estados Unidos bajo el primer gobierno de Trump. Con la elección de [Joe] Biden, esto cambió radicalmente y el presidente Bolsonaro comenzó a visitar al presidente ruso [Vladimir Putin], por ejemplo. No es esa la práctica del actual gobierno brasileño, que se relaciona con estados más que con presidentes.
El canciller de Brasil asistió a la toma de posesión del presidente chileno y le entregó una carta del presidente Lula. Es natural que no haya una afinidad ideológica entre ellos, precisamente porque pertenecen a alas ideológicas opuestas, pero Brasil no tiene interés en distanciarse de sus vecinos sudamericanos o cortar relaciones bajo el actual gobierno, a diferencia de lo que sucedió durante el gobierno anterior.
Diversas tensiones y conflictos en el mundo
Gustavo Menon es investigador postdoctoral en Derechos Humanos por la Universidad de Salamanca, profesor acreditado en Prolam/USP y catedrático en la Universidad Católica de Brasilia.
El escenario en la región es de fragmentación política y desintegración económica, en medio de un mundo en conflagración. Desde el punto de vista del plano internacional, diversas tensiones y conflictos difusos pasan a dirigir cada vez más la actuación de las fuerzas políticas de la región. Si observamos este panorama más amplio, [tenemos] la guerra en Eurasia [entre Rusia y Ucrania], los conflictos que se han extendido por Medio Oriente y el escenario de una guerra comercial entre Estados Unidos y China. Cuando los debates se trasladan a América Latina, vemos que esas corrientes, esas plataformas políticas de extrema derecha, están cobrando impulso y vitalidad en un marco que apunta precisamente al crecimiento de estos proyectos políticos.
Es lo que sucedió en Bolivia tras más de 20 años del MAS [Movimiento Al Socialismo] en el poder, este cambio que presenciamos en Chile y el fortalecimiento del campo bolsonarista frente a la realidad brasileña. Sin mencionar la propia organicidad del fenómeno Javier Milei en Argentina. Hay un arco de fuerzas heterogéneas que terminan, de alguna manera, convergiendo en estos proyectos, los cuales están muy conectados con acciones extremistas.
Cabe destacar que este campo de la extrema derecha en la región se conecta en gran medida a partir de la difusión de algunas políticas y discursos impulsados por Estados Unidos. Existe una adhesión a Trump en términos de programas políticos y económicos y este escenario termina extendiéndose por toda América Latina. Tenemos otros casos, por ejemplo, en América Central, de presidentes muy en sintonía en agendas de cercenamiento de derechos, con medidas de austeridad económica, y que siguen ese ideario articulado por parte de Washington. Este es el caso del gobierno de Nayib Bukele en El Salvador.
La izquierda, por su parte, intenta adoptar el discurso de la soberanía y la democracia para formar frentes más amplios que salgan en defensa [de esas banderas] en los países de América Latina. Este año, como es sabido, es un año decisivo a la luz de las elecciones presidenciales en Brasil y Colombia, países actualmente gobernados por proyectos que tienden más a la izquierda. Pero se puede apreciar que el marco es frágil para estos sectores, dado que a principios de año fuimos testigos de esta política de injerencia de Estados Unidos en América del Sur, que culminó con el secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro.
Además, cabe mencionar la fuerte presión ejercida por la Casa Blanca sobre el régimen cubano, presionando a la isla en este contexto de fragilidad [en términos de] una política más amplia de soberanía energética. Con la continuación de estas guerras en el ámbito internacional, es muy probable que este escenario de crecientes contradicciones se refleje aún más en la región.
En medio de este mundo en conflagración, América Latina, por ser esta región primaria-exportadora-analógica en el comercio internacional y por encontrarse en este escenario de fragmentación política y desintegración económica, [no tiene] medidas más amplias de cooperación, de coordinación regional y de integración que puedan dar respuestas efectivas a este escenario, a esta atmósfera de profundas incertidumbres y grandes inestabilidades.
Este artículo fue publicado originalmente por Agência Pública.