A escala mundial, la afirmación históricamente sostenida de la modernidad como “salida” de la religión se enfrenta hoy a una radicalización y a una forma de “desprivatización” de las creencias religiosas que durante mucho tiempo se ha preferido ignorar. El tabú de lo religioso, reprimido en numerosas sociedades posmodernas, se ve sacudido más que nunca. En muchos ámbitos de la vida privada, el tradicional estribillo “aquí no se habla de religión” ha quedado obsoleto. Fenómenos religiosos brotan por doquier donde menos se los esperaba. ¿Está amenazada la secularización, caracterizada por la disminución de las prácticas religiosas y la erosión de las creencias?
En todos los continentes, formas religiosas, entre ellas radicales, reconfiguran el espacio público y, en ocasiones, la democracia, incluso en sociedades laicas. Actualmente, desde la India hasta Israel, desde Estados Unidos hasta Brasil, nuevas mutaciones moldean las sociedades transnacionales. Estas mutaciones se expresan en la invocación casi rutinaria de lo religioso por parte de altos responsables políticos.
Así ocurrió por ejemplo en 2025 con la creación del presidente estadounidense, Donald Trump, en la Casa Blanca de la White House Faith Office (Oficina de la Fe), con el baño ritual ampliamente mediatizado en las aguas del Ganges del primer ministro indio, Narendra Modi, durante la gran festividad hindú de la Kumbh Mela, o con el léxico empleado por el presidente ruso, Vladimir Putin, quien presenta a Ucrania como una figura satánica. La emergencia omnipresente de líderes televangelistas en varias escenas políticas en América Latina ya no requiere descripción. La lista de estas mutaciones crece día a día, dando testimonio de una visibilidad mucho mayor de lo que podríamos denominar lo “religioso impuesto”.
Por otra parte, en el campo religioso, la proliferación de calificativos –radicalismo, fundamentalismo, integrismo, extremismo, etcétera– no cesa. La raíz del término radicalismo resume bien el denominador común de esta tendencia global a querer imponer fundamentos religiosos a menudo fantasiosos. De modo que el análisis del pensador Max Weber según el cual la modernidad consuma la salida de lo religioso y el “desencantamiento” del mundo parece refutado, en tanto nuevas formas de imposición religiosa en el espacio público sacuden la secularización de las políticas públicas y de las sociedades. Nuevos espacios que se perfilan explican esta reafirmación de lo “religioso impuesto”, una forma no esperada en el siglo XXI en particular en sociedades laicas.
Impulsado por profundas mutaciones mundiales, el siglo XXI muestra de este modo un rostro asombroso: es ahora abiertamente en nombre de Dios que numerosos poderes autoritarios y absolutistas justifican su acción política.
Esta profunda mutación se acompaña de una paradoja que ilustra, por ejemplo, la irrupción en el campo político a finales de los años 1980 de la derecha evangélica ultrarradical brasileña a partir del retorno de la democracia en ese país. Esta corriente tomó impulso al agregar descontentos y al encontrar en Jair Bolsonaro, en el poder de 2019 a 2023, un candidato cuyo mandato respondía a la “providencia divina”, a imagen de su eslogan: “Brasil encima de todo, Dios encima de todos”.
En Europa, un diagnóstico igualmente paradójico puede constatarse: el auge de un identitarismo cristiano se mantiene correlacionado con un descenso general de la fe religiosa y de sus prácticas en sí. Aunque no todos los partidos populistas invocan la identidad cristiana, está presente en formaciones políticas como los Verdaderos Finlandeses, en Vox en España o en el Prawo i Sprawiedliwość en Polonia. La referencia cristiana sirve ante todo como marcador identitario y no corresponde en absoluto a un retorno de la fe religiosa como tal. Por lo tanto, según el politólogo francés Olivier Roy, “la caída de la fe y de la práctica es paradójicamente un factor de radicalización”, porque esta deriva se produce al margen de los controles institucionales que representaban algunos mecanismos de iglesias dominantes y de estados laicos.
Así, en Israel, mientras que el judaísmo ortodoxo era inicialmente hostil al sionismo, hoy el gobierno de Benjamin Netanyahu está abiertamente guiado por el mesianismo en su guerra en la Franja de Gaza. Si bien el sionismo fue una ideología laica, una minoría dentro del mundo ortodoxo le había atribuido una dimensión religiosa. Pero fue en 1967, con la Guerra de los Seis Días frente a los países árabes vecinos, cuando se produjo el auge del sionismo religioso que ve en las conquistas territoriales de Israel una recuperación de tierras llamadas “bíblicas”. El fenómeno más significativo reside en la consolidación de un sionismo religioso que ve precisamente en el retorno a las fronteras imaginadas de un Israel bíblico una necesidad para hacer advenir al Mesías.
Por su parte, la India de Modi encarna uno de los poderes religiosos más radicales y violentos de este país-continente, en particular contra los musulmanes. El Rashtriya Swayamsevak Sangh, grupo nacionalista hindú y paramilitar, es un precursor de esta resurgencia radical de lo religioso. El supremacismo hindú constituye un caso interesante por su estrategia: apostó durante largo tiempo por una táctica de infiltración de la sociedad desde abajo, antes de insertarse en la arena política con el Bharatiya Janata Party en los años 1980. Esto favorece un control de la sociedad india de una envergadura inédita en materia de condición de las mujeres, costumbres y rechazo de las minorías. Impulsado por profundas mutaciones mundiales, el siglo XXI muestra de este modo un rostro asombroso: es ahora abiertamente en nombre de Dios que numerosos poderes autoritarios y absolutistas justifican su acción política. Este auge de lo religioso impuesto y de radicalismos es un fenómeno que atraviesa la mayoría de las sociedades, incluso las laicas, y se impone como uno de los hechos más estructurantes de nuestro tiempo, sin que América Latina quede al margen de esta perspectiva.
Alain Garay es abogado de la Corte de París.