la diaria América

Ilustración: Ramiro Alonso

¿Qué podemos esperar del auge de la extrema derecha en América Latina?

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En el transcurso de poco tiempo, el tablero geopolítico de América Latina se ha pintado de partidos de extrema derecha. Desde el triunfo de Nayib Bukele en El Salvador en 2019, la derecha latinoamericana ha ido cosechando sucesivos triunfos en países como Argentina con Javier Milei, Ecuador con Daniel Noboa, Bolivia con Rodrigo Paz, Chile con José Antonio Kast, Perú con Keiko Fujimori y Colombia con Abelardo de la Espriella. Si sumamos la cantidad de población que la derecha va a gobernar ahora en la región, llegamos a la impresionante cifra de 192 millones de habitantes, un 32% del total de América Latina.

En este contexto cabe preguntarse: ¿qué puede esperar la democracia en América Latina de este giro a la extrema derecha? Para diversos estudios –entre ellos el reciente informe titulado “Democracias bajo presión” (PNUD 2026)–, la polarización, el personalismo y el populismo son los grandes síntomas de la crisis democrática en nuestro continente. Los líderes de la derecha, ahora triunfantes, prometieron superar estos males, los cuales identificaban exclusivamente en la vereda de la izquierda.

Con respecto a la polarización, todavía tiene oxígeno para largo. Milei divide a su país en torno a su discurso contra “la casta”, Noboa explota políticamente el encono contra el expresidente Rafael Correa y Nayib Bukele divide la política de forma binaria entre los “buenos ciudadanos” y los “terroristas aliados de las pandillas”. Por su parte, ni Keiko Fujimori ni Abelardo de la Espriella ni Rodrigo Paz ganaron buscando el voto del centro político; por el contrario, todos ellos movilizaron a su electorado sobre la base de radicalizar la confrontación y el resentimiento.

En cuanto a la práctica populista, las cosas tampoco parecen estar cambiando. Estos líderes se presentan como los auténticos representantes del “pueblo bueno, trabajador y honesto” frente a “la casta o la élite corrupta”. Se instrumentaliza un discurso moral contra las políticas de inclusión de la izquierda para buscar la reinserción de lo que consideran la “verdadera democracia” o los “valores verdaderos”. Mención aparte merece el actual presidente de Chile, José Antonio Kast, quien elabora discursos y políticas de control migratorio muy cercanos al populismo nativista europeo y norteamericano, identificando al migrante como el principal culpable de la inseguridad en su país.

Con relación al personalismo y el caudillismo, gozan de salud para rato. Todos los candidatos de derecha emergieron sobre sistemas de partidos en profunda crisis de organización y representación; por ello, las siglas que los promueven descansan completamente en su figura y marca personal. Los nuevos presidentes eluden la fiscalización del Parlamento y sus partidos funcionan como cámaras de eco de sus determinaciones individuales. El partido de Fujimori, Fuerza Popular, opera casi como una dinastía familiar; en Bolivia, la sigla que llevó a la presidencia a Rodrigo Paz, el PDC, ocupa un rol muy secundario en la toma de decisiones, y el nuevo mandatario de Colombia, De la Espriella, se erige como un outsider absoluto frente a un movimiento diseñado a su medida, rompiendo los marcos de los partidos (conservador-liberal) que tradicionalmente han gobernado Colombia.

En definitiva, la notable presencia de gobiernos de extrema derecha en la región no avizora diferencias sustanciales con sus antecesores: resultan igual de caudillistas, polarizadores y populistas. Se van instalando gobiernos que intentan “puentear” sistemáticamente el rol del Poder Legislativo: Bukele, Milei, Noboa y Paz gobiernan sobre la base de decretos presidenciales o mecanismos de excepción que minimizan el rol del Congreso. Paralelamente, se van desplegando políticas que, bajo el manto discursivo del apoyo a la producción, promueven el daño ambiental y favorecen a grupos corporativos ilegales.

El paso de la izquierda populista por el poder dañó el tejido institucional bajo la premisa de que era necesario romper o burlar las instituciones para lograr inclusión e igualdad. Con la extrema derecha en el gobierno, corremos el riesgo de continuar exactamente con el mismo proceso de erosión, pero bajo el ala de garantizar el mercado y la libertad. Ante este panorama, resulta imprescindible releer a los maestros Daron Acemoglu y James A Robinson y tomar en serio su consejo de que para salir de estos problemas necesitamos dos fortalezas equilibradas: un Estado con la capacidad de hacer cumplir el orden y la ley y una sociedad civil capaz de controlarlo.

Este artículo se publicó originalmente en Latinoamérica21.

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