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El tránsito y la teoría de juegos: alguien tiene que ceder

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En algunas calles, manejar es un ejercicio de negociación. Para quienes no estén familiarizados con el fascinante mundo de la teoría de juegos, se trata básicamente de una forma de pensar qué puede pasar cuando lo que vos hagas depende de lo que haga otra persona, y viceversa. No habla de juegos de mesa ni de entretenimiento, sino de decisiones muy reales: negociar, ceder, amenazar, cooperar o chocar.

Uno de los modelos más conocidos es el llamado juego de la gallina, que suele explicarse con una escena de película. Dos autos vienen uno de frente al otro, a toda velocidad. Cada conductor tiene dos opciones: desviarse o seguir derecho. Si uno se desvía y el otro no, el que sigue “gana” y el que se desvió queda como un “gallina". Si los dos se desvían, no hay choque, pero tampoco hay victoria. El problema es cuando ninguno se desvía. Ahí chocan y pierden los dos. Ese es el conflicto del juego. Cada uno quiere que el otro ceda, pero nadie quiere ser el primero en hacerlo.

Lo que sigue es una experiencia personal, una muestra chica y nada representativa, así que sepan disculpar. Pero quiero contar algo que pasa en mi barrio —y sospecho que en muchos otros también—. Este año me mudé a Pocitos, el infierno de Pocitos —en términos de tránsito y estacionamiento—; encontrar un lugar para dejar el auto se volvió una actividad de alto riesgo. Seguramente esto también suceda en otros puntos de Montevideo, pero lo que está claro es que algo no está funcionando del todo bien. No tengo el dato exacto, pero la relación entre autos y espacio disponible en Pocitos parece haber alcanzado algún tipo de equilibrio... claramente poco eficiente.

Desde que tomé un curso de teoría de juegos, mi vida cambió. Desde que me mudé, soy una gallina. Y todos los días, en algún cruce de Pocitos, agradezco profundamente que no todos estemos dispuestos a seguir derecho hasta el final.

Hay dos calles que se cruzan: Alfredo Baldomir y Prudencio Vázquez y Vega. Ambas son de doble mano, ambas son más angostas de lo deseable y, para completar el cuadro, en ambas se puede estacionar. En Vázquez y Vega, incluso, de los dos lados. Desde que me mudé y transito diariamente por estas calles, aprendí algo importante sobre mí. Soy una gallina.

Hace un par de años tomé un curso de teoría de juegos y mi vida no volvió a ser la misma. En estas calles, que funcionan como conexión entre Bulevar España y Bulevar Artigas, cada día es una nueva oportunidad para cooperar o morir. Son calles doble mano, pero no deberían serlo. Entre los autos estacionados y el espacio disponible, no pasan dos vehículos al mismo tiempo. Cuando vienen de frente, no hay negociación posible. Alguien tiene que ceder. Correrse a una entrada de garaje, meterse en un huequito improbable o confiar en que exista, por una vez, un lugar libre. Si nadie lo hace, gana el chapista. El costo de evitar el choque es claro. Yo, sistemáticamente, coopero. Me desvío. Cedo el paso. Evidentemente, soy gallina.

Desde que tomé un curso de teoría de juegos, mi vida cambió. Desde que me mudé, soy gallina. Y todos los días, en algún cruce de Pocitos, agradezco profundamente que no todos estemos dispuestos a seguir derecho hasta el final.

Eva Schroeder es licenciada en Desarrollo.

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