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La mayoría del Uruguay es pobre... ¿porque quiere?

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Existe un Uruguay que se contempla desde algunos ventanales de la costa montevideana, desde la paz blindada de los barrios privados de Canelones o desde el confort estival de Punta del Este. Es el Uruguay del hábito de trabajo, de las cenas de fin de semana y del consumo exclusivo en negocios establecidos. Para quienes habitan este microclima, la inseguridad es un “tema de adicciones” y la crisis un titular de diario. Sin embargo, ese país de la cuna de oro es hoy una isla de cristal rodeada por un océano de uruguayos para quienes el “paisito” es, en realidad, una trampa de costos impagables.

Los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) son una bofetada a la autocomplacencia de quienes juzgan la realidad desde su privilegio. Mientras el discurso oficial habla de recuperación, la estadística de la calle cuenta una historia de supervivencia: la mitad de los uruguayos vive hoy con un ingreso per cápita de apenas 28.531 pesos mensuales. ¿Cómo se le explica a ese 50% de la población que su falta de bienestar es por “falta de hábito”? ¿Cómo se le dice a un trabajador que cumple 44 horas semanales por un salario mínimo líquido de 20.250 pesos que su esfuerzo es insuficiente? En Uruguay el trabajo dejó de ser un ascensor social para convertirse apenas en un salvavidas de plomo.

La crisis es estructural, no moral. El dato real es que hay un millón de uruguayos que están en el Clearing de Informes. Si restamos a los menores de 18 años, concluimos que casi cuatro de cada diez adultos en este país tienen su firma manchada. No son un millón de “vagos” o “adictos”; son un millón de ciudadanos que tuvieron que elegir entre pagar la factura de UTE o sacar un préstamo para arreglarse los dientes, comprar los útiles escolares o renovar una heladera en cuotas que terminaron siendo una sentencia. Es la muerte civil financiera de más de un tercio de la población adulta.

Mientras la élite se jacta de consumir solo en comercios establecidos, pagando sobreprecios que son un insulto al bolsillo popular, la mayoría de nuestros niños crece en hogares que no llegan a cubrir una canasta básica digna.

Lo más doloroso de esta fractura ocurre en el inicio de la vida. En este “invierno poblacional” en el que hasta se lamenta la baja natalidad, la pobreza sigue ensañada con los más chicos. Mientras la élite se jacta de consumir solo en comercios establecidos, pagando sobreprecios que son un insulto al bolsillo popular, la mayoría de nuestros niños crece en hogares que no llegan a cubrir una canasta básica digna. Comprar en el supermercado de cadena o en el shopping no es una “elección de valores”, es un lujo de minorías. El resto del país estira el peso en la feria, en el mayorista o en la frontera, porque no tiene otra opción para que la comida llegue al día 30.

Uruguay es, efectivamente, un país de gente solidaria, pero la solidaridad no es sentir lástima por el flagelo de las adicciones desde la comodidad de una camioneta fabricada en la última década. La verdadera solidaridad empieza por reconocer que el sistema está roto para la mayoría. No se puede juzgar la realidad nacional desde el privilegio del que puede salir cuando tiene ganas, mientras se ignora que gran parte del país vive a una enfermedad, a un despido o a una cuota de distancia del abismo absoluto.

Es hora de romper la burbuja. El paisito de los pocos no puede seguir viviendo de espaldas al Uruguay de los muchos. Porque cuando la brecha se vuelve tan profunda, lo que termina por quebrarse no son solo los números, sino el propio contrato social.

Facundo González Ferraro es periodista.

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