La reforma de la movilidad en Montevideo y su área metropolitana ha generado una serie de reflexiones en cuanto a las posibles fórmulas para la mejora de la movilidad. Ante todo, es indispensable tener presente que la reforma del transporte no puede considerarse al margen del resto de las dinámicas del desarrollo urbano. Una mejor movilidad debe no solamente considerar tiempos de traslado, sino todos los efectos que pueden producirse en el resto del escenario urbano.
Las distintas propuestas en consideración, básicamente desde la perspectiva de un sistema troncal complementado con líneas alimentadoras, seguramente tendrán efectos sustantivos en el conjunto de la ciudad.
Un aspecto de suma trascendencia es el impacto en 18 de Julio. Esta avenida padece desde hace ya varios años un proceso de decadencia física y social. Abandono de población residente, cierre de los comercios más prestigiosos, vandalismo nocturno, espacio para las personas en situación de calle, entre otros fenómenos.
Se han aplicado varias medidas y distintos tipos de intervenciones para intentar contrarrestar esta decadencia, pero sin lograr su propósito. Mucho se ha hablado de la revitalización, pero sin lograrlo; revitalizar es devolver vida, o sea población residente, que es lo que la avenida ha perdido junto con sus barrios adyacentes.
Para entender esto, es necesario remontarse al siglo XX, cuando 18 de Julio estaba llena de vida y esplendor. La configuración de la ciudad es una expresión de los procesos sociales en curso. En ese período de auge, 18 de Julio fue sede de los principales agentes del consumo y la recreación. Las salas de estreno cinematográficas, las principales confiterías de la época, grandes bares, teatros, etcétera. La avenida era un lugar de consumo, pero, por encima de todo, un paseo en el que destacaban las elegantes vidrieras de los comercios, especialmente acondicionadas por expertos del diseño.
A ese público de clase media alta se sumaba, en horas de oficina, un voluminoso contingente de trabajadores y gente de a pie, que también llegaban al Centro de la ciudad básicamente a través de 18 de Julio. Todo ello conformaba un ecosistema de intensa vida social a toda hora que lo alimentaba.
Los años 70 marcaron el inicio de la decadencia. Por un lado, comienza a producirse un fuerte corrimiento de población en un doble sentido: sectores de clase media abandonan el Centro y los sectores sociales de menor ingreso son presionados por la nueva política de alquileres que impuso la dictadura, generalizando los lanzamientos; uno de los ejemplos más notorios de esto fue la expulsión de la comunidad afrodescendiente hacia la periferia.
A su vez, un importante cambio cultural opera en las transformaciones de las formas de consumo: la aparición de los centros comerciales. Una nueva modalidad desconocida en la que se busca recrear una ciudad en la ciudad, pero sin los inconvenientes de la ciudad real. Acondicionamiento ambiental, seguridad propia, múltiples alternativas de recreación y oferta variada de gastronomía, entre otras alternativas. Se trata de convertir el consumo en una experiencia de la que se pueden derivar diversas formas de consumir.
Tal vez hay que replantearse si quince minutos más de celeridad en los traslados justifican la perpetuación de 18 de Julio degradado y la continuidad del vaciamiento del centro de la ciudad.
Es así que el encanto y el “glamur” de 18 de Julio se desdibuja, dando lugar a un nuevo espacio con las características ya anotadas. Todas las intervenciones que se han hecho a lo largo de los últimos años no pudieron revertir esta situación. Rediseño de las plazas, modificaciones en el alumbrado, nuevas normas de tránsito, arbolado, etcétera. Fueron intentos fallidos. 18 de Julio siguió siendo una avenida populosa a lo largo de la jornada de trabajo, que recibe a varias decenas de miles de personas diariamente; estas han continuado viniendo al Centro o por trabajo o por trámites, pero puntualmente, ya que se retiran al caer la tarde.
18 de Julio y el Centro en general son básicamente un mercado de consumo de tiempo parcial y básicamente para el consumo popular. Las principales tiendas que permanecen son de consumo masivo, las que están acompañadas de una numerosa gama de pequeños comercios.
La reforma de la movilidad va a ofrecer, en caso de éxito, un mejor acceso y salida al Centro de la ciudad. La proximidad inmediata al eje estructurador que será 18 de Julio en principio poco puede alterar este escenario. Es más, puede convertirse en un nuevo factor expulsor de población, en la medida en que ofrecerá mayor celeridad de conexión con los espacios suburbanos, en particular en la franja costera del departamento de Canelones. Se trata de promover que la nueva movilidad no sea un expulsor de población, sino un factor de arraigo.
18 de Julio no volverá a ser lo que fue. Se trata de consolidar ese mercado de tiempo parcial que ofrece, y agregar alguna otra oportunidad. En el presente siguen desaprovechadas, y por momentos semiabandonadas, las galerías que otrora engalanaban la avenida. Es posible imaginar nuevos usos sociales y económicos que le devuelvan a ese espacio actividad. Hay que tener presente que son espacios que ofrecen una muy buena conectividad con el resto de la zona metropolitana. Si a ello se agregan estímulos fiscales, financieros y urbanísticos específicamente proyectados, puede operarse una efectiva revitalización.
A ello es imprescindible agregarle una política urbana para el entorno inmediato que sea capaz de ofrecer vivienda en todas sus modalidades. La actual política de vivienda promovida demuestra la existencia de una muy buena demanda para la vivienda céntrica en todas sus modalidades y para diversos sectores sociales.
El eje estructurador, 18 de Julio, debe ir en la superficie como forma de atender a esa población flotante que conforma el mercado de tiempo parcial que se anotaba. La desgarbada avenida que es hoy 18 de Julio no puede revitalizarse con gente que llega soterrada para emerger directamente al destino final.
Por otra parte, es indispensable la promoción urbana del entorno, básicamente en lo referido a vivienda en todas sus modalidades y nuevos aprovechamientos como el que se mencionaba de las galerías.
Debemos preguntarnos si los más de 500 millones de dólares que costará el proyecto, sumado a los efectos negativos de esa megaobra durante el prolongado proceso de construcción, no pudieran encontrar un mejor destino en el desarrollo urbano revitalizador de una política activa e intensa en materia de vivienda. Tal vez hay que replantearse si 15 minutos más de celeridad en los traslados justifican la perpetuación de 18 de Julio degradado y la continuidad del vaciamiento del Centro de la ciudad.
Álvaro Portillo fue docente de Sociología Urbana en la Facultad de Arquitectura e integra la dirección del MAS-959, Frente Amplio.