Cada año, cuando se acerca el 8 de marzo, muchas mujeres anticipamos con cierta incomodidad las campañas que vendrán. Mensajes de felicitación con flores, experiencias de spa, té con amigas, publicidades que celebran “la esencia femenina”, promociones en tonos pastel para que consumamos más. Una fecha que nació en el marco de luchas políticas por derechos laborales y participación pública termina convertida en una efeméride de reconocimiento simbólico para gastar dinero que, encima, muchas veces no tenemos. El desplazamiento no es menor, porque cuando el conflicto se transforma en homenaje, la memoria pierde filo.
La historia de esta fecha nos ayuda a entender ese desplazamiento: El 8 de marzo se consolida tras la huelga de mujeres en Petrogrado en 1917, cuando miles salieron a reclamar por pan, trabajo y el fin de la guerra en plena crisis del Imperio ruso. Su origen está ligado a las luchas obreras y socialistas de comienzos del siglo XX. Con el tiempo, sin embargo, esa genealogía fue reemplazada por relatos más neutros –como la historia de una supuesta protesta en una fábrica de Nueva York– que funcionan como versiones despolitizadas del origen. Convertir el 8M en una tragedia laboral aislada borra su inscripción en una disputa más amplia sobre trabajo, derechos y organización social que atravesaba al movimiento socialista internacional.
Más de un siglo después, la pregunta que atravesaba aquellas luchas sigue vigente. El debate contemporáneo sobre igualdad de género suele centrarse en indicadores de representación y/o liderazgo. Sin embargo, en gran parte del Sur global la discusión cotidiana aparece en las condiciones materiales que sostienen la vida y las estructuras culturales que organizan jerarquías entre los géneros. A su vez, los avances normativos y los cambios en el lenguaje público conviven con desigualdades persistentes en el acceso al tiempo, al ingreso, a la autonomía y al reconocimiento social.
La organización social del cuidado muestra con claridad toda esta tensión. Las tareas que permiten que la vida continúe –criar, acompañar, alimentar, sostener– siguen distribuyéndose de manera desigual. En América Latina las mujeres dedican muchas más horas que los varones al trabajo doméstico y al cuidado no remunerado. Esa diferencia no solo afecta trayectorias laborales e ingresos, también expresa una expectativa cultural profundamente arraigada sobre quién debe hacerse cargo de sostener la vida cotidiana.
Los avances normativos y los cambios en el lenguaje público conviven con desigualdades de género persistentes en el acceso al tiempo, al ingreso, a la autonomía y al reconocimiento social.
El mercado de trabajo refuerza ese escenario. En la región, la informalidad laboral sigue siendo una condición estructural que afecta de manera desproporcionada a las mujeres. La precariedad no implica únicamente salarios más bajos, también significa ausencia de licencias, de seguridad social y de previsibilidad. Cuando el trabajo se organiza bajo esas condiciones, planificar la vida –la salud, la crianza, el envejecimiento– se vuelve mucho más incierto.
Por otra parte, la violencia de género sigue siendo probablemente la deuda más profunda de nuestras sociedades con las mujeres. No se trata solo de los femicidios que cada año conmocionan a la región. Existen también formas psicológicas, simbólicas, políticas y económicas que atraviesan la vida cotidiana y limitan la autonomía. Todas responden a patrones culturales que durante siglos legitimaron la dominación masculina y naturalizaron desigualdades en los vínculos. Su persistencia demuestra hasta qué punto esas jerarquías siguen organizando la vida social.
Desde el Sur global, el 8 de marzo nos invita a mirar las distintas dimensiones como parte de algo más grande. Las desigualdades de género no se explican solo por una variable económica ni únicamente por una tradición cultural particular. Se producen en la intersección entre estructuras materiales –trabajo, ingresos, acceso a derechos– y marcos simbólicos que ordenan expectativas, roles y formas de poder. El sentido político de la fecha permanece ligado a esa discusión. El 8 de marzo no surgió para celebrar identidades ni para acumular gestos de reconocimiento, sino para disputar cómo se organizan el trabajo, el tiempo, el cuidado y los derechos en sociedad.
Por eso, el saludo amable siempre nos queda corto. El 8 de marzo no es una invitación a festejar lo que ya está resuelto. Es un recordatorio de las tensiones que siguen atravesando la vida cotidiana de millones de mujeres. Mientras esas desigualdades sigan estructurando nuestras sociedades, la fecha seguirá siendo un festejo del consumo estéril, en lugar de una interpelación potente. Feliz será el día en que no tengamos que usar una fecha del calendario para recordar las desigualdades que siguen organizando nuestras sociedades.
Agustina Kupsch es antropóloga, investigadora especializada en cambios culturales y fundadora de Panóptico Cultural.